Un tratado internacional en muros del XIX

2 Mar

Las paredes de la calle Marqués de Valdecañas, una vía en la que se encuentran los restos de los antiguos Baños de las Delicias se ha transformado en el Pasaje del Terror de los grafiteros metidos a vándalos.

En el catálogo de personajes dignos de pasar a la categoría de criaturas inmortalizadas por Valle Inclán en su trilogía del Ruedo Ibérico se encuentra el gobernador de Málaga Antonio María Álvarez. Se trató de un prócer local que compaginó la carrera política con la empresarial, hasta lograr que las dos se confundieran en una amalgama.

Eran otros tiempos. En nuestros días es muy posible que estuviera visitando algún juzgado con más frecuencia de la que quisiera, pero el contexto de la época le permitió obviar esas molestias y, a fin de cuentas, dejar para posteridad, en el callejero de Málaga, el producto de algunos de sus negocios inmobiliarios.

Porque además de construir la famosa Plaza de Toros Vieja, don Antonio María Álvarez nos ha dejado un pequeño barrio para la historia de la ciudad.

Lo levantó sobre los terrenos del antiguo convento franciscano de San Luis el Real, del que solo nos queda una parte, reconvertida en el antiguo Conservatorio María Cristina.
Una de las calles de los dominios de Álvarez es, faltaría más, la calle Álvarez, pero también la calle Marqués de Valdecañas, que tenía su palacio cerca del convento. Esta calle alberga además los restos de otro de los negocios del gobernador: los históricos Baños de Las Delicias, hoy un aparcamiento que conserva el templete bajo el que entró la Reina Isabel II hacia la plaza de toros.

Pero los ecos del XIX que todavía pueden verse en esta calle, jalonada por preciosos ejemplos de arquitectura decimonónica, quedan en un segundo o tercer plano ante las garfañadas pictóricas del siglo XXI, de la mano de grafiteros ungulados que han convertido los muros de estas viviendas y la de los propios Baños de las Delicias en una turbamulta de firmas con espray, a cual más chunga, y eslóganes que harían enrojecer a los jóvenes de mayo del 68.

Sin orden ni concierto, como si se tratara de un desorganizado tratado internacional con cientos de representantes, las paredes de la calle Marqués de Valdecañas están atiborradas de firmas, y no falta en los antiguos baños una pintada en Cinemascope, de un tal Koof, que suena como un ataque de tos en mitad de un concierto de cuerda.

En cuanto a las pintadas con algún mensaje que denote actividad neuronal productiva, «Tú eres mi mejor día», en realidad nos amarga el día a los demás. También hay otra contra la ley mordaza y una tercera que denota un empacho mal digerido de cine francés de la nouvelle vague: «Aburrida Idolatría Pagana Procesional» (parece obvio que al autor de esta pintada no lo veremos alquilando sillas a la Agrupación de Cofradías).

En resumen, y echando mano una vez más de Marlon Brando en el papel de militar zumbado en la película Apocalyse Now: «El horror, el horror». Un nuevo espanto con espray.

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