En qué lugar se nos queda el Parque

15 Ago

En la espesura selvática del Parque de Málaga, sobre una corona de palmeras con hojas como puñales malayos, parece mantener el equilibrio impasible, en plena meditación zen, una paloma, que de ser descubierta por el representante adecuado pasaría a formar parte del Circo del Sol.

Es sólo una ilusión óptica. En realidad, la descendiente de las palomas picassianas está haciendo sus necesidades sobre la estatua del Comandante Benítez, oculta de los mortales por esas palmeras de camuflaje.

El Parque de Málaga está lleno de rincones así, como perdidos en el tiempo. Si uno continúa en dirección al Rectorado, descubrirá en un recoveco la glorieta a Narciso Díaz de Escovar, y el paseante tendrá la sensación de visitar un templo maya, pues para muchos malagueños, no sólo turistas, este rincón del Parque es un verdadero descubrimiento arqueológico. No tenían ni idea de su existencia, y eso que convive con nosotros desde los años 30.

La acera norte del Parque, una pequeña proa verde para combartir la brutal irrupción del Málaga Palacio, tiene estas cosas. La imagen mental que muchos malagueños conservan del Parque de Málaga es el lado sur, el más rico desde el punto de vista botánico, el que tiene más estatuas, más extensión y más plantas, sin olvidar el paseo de España, el genuino paseo de los Curas que luego, por extensión, pasó a denominar la carretera.

En los últimos años y pese a la última reforma, el Parque de Málaga se ha ido quedando como reliquia. Las zonas verdes de nuestra ciudad, afortunadamente han crecido y la oferta que presentan de juegos y equipamientos supera en creces a la estatua de Platero del Parque.

Cuando hace veinte años sólo existía esta zona verde y el complejo de cemento del Parque del Oeste –hoy totalmente renovado– el tirón de nuestro Parque por excelencia era indudable. El tirón ya no es tanto porque la oferta se amplía, aunque las nuevas zonas verdes nunca llegarán a igualar la riqueza botánica del Parque a secas, sobre todo porque persiguen otros fines como divertir al personal y que este además haga ejercicio en pistas deportivas o gimnasios al aire libre.

En cualquier caso, la ciudad perdió la ocasión de acercar más el Parque a sus habitantes comunicándolo con el nuevo Puerto. Al Muelle Uno sólo se puede acceder por los dos extremos del Parque, y nuestro Ayuntamiento, en un ataque de demencia institucional, ha rematado la faena metiendo un nuevo carril al Paseo de los Curas y convirtiéndolo en más insalvable si cabe para el peatón.

El lunes, por cierto, los pivotes que separan uno de los carriles parecían agitados y revueltos, justo lo que no quiere James Bond para sus martinis. Si el Muelle Uno no funcionara a largo plazo, el Ayuntamiento podría convertirlo en una bonita carretera portuaria, permisos por delante.

En nuestros días, sólo las palomas tienen la suerte de traspasar esta barrera cada vez más grande y absurda del agigantado Paseo de los Curas. Si el Parque se está quedando en un segundo plano, es por medidas como esta.

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