Un viaje feliz por el subsuelo de Málaga

31 Ene

Como todos los trabajos, el de periodista tiene sus luces y sus sombras. Angustia vital le entra a este firmante cuando igual que Champollion con la piedra Rosetta, tiene que descifrar para el lector ilegibles notas de prensa cuajadas de lugares comunes y con una catarata de anglicismos en la que no se sabe muy bien qué es lo que la administración pertinente celebra o deja de celebrar en los stands de sus meeting points para relanzar el coworking y el crowdfunding.

Por otro lado, no todos los políticos encajan las críticas ni entienden que la crítica les va en su, por regla general, espléndido sueldo, sin olvidar a esos profesionales del cargo que, con el mismo espíritu que el doctor Richard Kimble, el protagonista de la serie El fugitivo, directamente esquivan durante años la incordiante pero sana presencia de la prensa, asociándola a algún tipo de urticaria.

Es un trabajo complicado como todos, pero también tiene sus pequeñas satisfacciones, algunas de enorme carga sentimental como el poder visitar un dia el interior de la Farola de Málaga, un edificio que muy pocos malagueños conocen por dentro desde que vegeta sin uso desde hace lustros.

Otra de esas satisfacciones se produjo el pasado sábado, cuando la oficina del Metro de Málaga invitó a un grupo de periodistas de La Opinión a darse una vuelta bajo tierra y conocer los trenes.

Durante los últimos años este periódico ha seguido paso a paso los trabajos del metro –el año pasado, la obra de infraestructura más grande de España–. Pero una cosa es observar el trabajo de gigantescas tuneladoras abriéndose paso por la arena y la arcilla y otra muy distinta toparse ya con una estación de metro a la que sólo le falta andar.

En esta ciudad todavía con el complejo de nuevo rico que nos hace huir del transporte público y utilizar el coche privado de una forma tan compulsiva, el metro va a ser una verdadera revolución que en todos los sentidos nos bajará los humos y permitirá unas pautas de transporte mucho más civilizadas.

A las espera de que eche a andar en febrero de 2013, la estación del Palacio de los Deportes llama la atención por sus amplias hechuras, con suelo antideslizante, ausencia de recovecos para evitar encuentros indeseables y un tren esperando a los viajeros mientras da la hora un reloj ferroviario inglés (el segundero da la vuelta en 59 segundos y se para durante un segundo, hasta que el minutero avanza).

Presidido por el ojo de la barca de jábega, y adornado con un toro, recuerdo de la constelación de Tauro que encaja casi a la perfección con el trazado del metro, el exterior de los trenes también está adornado con un goteo de colores picassianos y en su interior resalta la comodidad de sus asientos y las pantallas informativas a lo largo de los vagones.

Un paseo desde el Martín Carpena, pasando por las estaciones de Puerta Blanca, La Luz-La Paz y El Torcal, y vuelta, de la mano del director de la oficina Enrique Salvo. Algo importante se gesta por ahí abajo y ya queda menos para que todos lo veamos y disfrutemos.

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