Evolución.

3 Nov

Haciendo balance de los últimos tiempos del Unicaja, con la victoria ante el Monbús Obradoiro el domingo, vimos que el equipo malagueño consiguió la primera victoria en casa en ACB esta temporada, se puso por primera vez con balance positivo en la competición nacional (5-4 en victorias-derrotas), está entre los ocho primeros de la clasificación y para concluir, hay siete victorias de los últimos ocho encuentros. Casi todo buenas noticias, ¿no?

Sobre todo esto quizá debería de incluir que tanto Deon Thompson como Volodymyr Gerun ya van aportando algo, al menos, suman más que restan, y la reaparición de Jaime Fernández es una muy buena noticia, tanto para él, como para el equipo y también, por qué no, para Alberto Díaz.

Lo de Alberto viene bien porque entre otras cosas, y a pesar de haberlo retratado hace unos meses como “el discípulo de Stajanov”, tampoco se podía alargar, ha sido rara la soledad en el puesto de base que ha afrontado el malagueño hasta la reincorporación de Jaime Fernández, aparte del anacronismo con el tipo de juego que se vive ahora, y dejando de lado lo bonito que ha estado ver a Pablo Sánchez o a Rafa Santos con el primer equipo. Veo necesario que Alberto, aparte de hacerme pensar que no creo que otro jugador vaya a jugar con el número nueve en la camiseta con el Unicaja, sea cuidado y mimado por la importancia que tiene para este equipo.

Más allá de las noticias agradables que hemos visto, y aún sin perder de vista el calibre de los rivales a los que se ha vencido y la esperanza que tenemos todos de que el equipo siga hacia arriba, la anarquía en el juego de Darío Brizuela estará bien siempre y cuando anote y el equipo gane, sigo pensando que el juego del donostiarra necesita ser reconducido desde el banquillo y sigue en modo “verso suelto”, aunque sus promedios en cuanto a asistencias haya aumentado en los últimos encuentros. De cómo sea capaz el entrenador de compaginar a los exteriores depende gran parte del rendimiento del equipo, porque llevar a los interiores a aportar algo y conseguir la excelencia de los exteriores quizá sea a lo máximo que puede aspirarse.

No obstante, estaría bien poder desvelar los misterios de qué es lo que ocurre con Gal Mekel, sin presencia en los últimos ocho partidos, o cómo Carlos Suárez, renovado este pasado junio, con la ascendencia que tiene sobre el vestuario y el impacto en defensa y entrega en el juego interior (cualidades huérfanas del equipo en el primer tramo de la temporada), ha pasado de ser algo extraño al fondo del banquillo, a disputar los minutos de la basura (radioactiva diría yo, porque lo de Zaragoza no lo entiendo) y a demostrar que negarle el sitio en este juego interior es temerario.

Está claro que el de Aranjuez ya jugó los mejores partidos de su carrera, que la habitual lesión muscular de cada pretemporada es un hándicap grave que empobrece su estatus en el equipo, ya que a medida que pasan las temporadas, sus compañeros de juego interior parecen peores, pero de ahí a limitar su aportación a la de de un junior es difícil de entender, mucho más cuando tradicionalmente ha venido pareciendo que en la rotación de Luis Casimiro Palomo juegan todo los integrantes de la plantilla.

Tras un mes con nueve partidos, a Unicaja le quedarán cinco por jugar en este noviembre que, lamentablemente, no sabemos si nos traerá otro nuevo confinamiento, esperemos que no, de entrada, cuando escribo esta columna, el partido de Eurocup ante el Boulogne Metropolitans 92 de hoy parece que se va a jugar a pesar de las restricciones que tiene Francia por la pandemia.

El avance en el rendimiento del equipo está siendo palpable, pero no sé si será suficiente para lo que se le quiere y -sobre todo- lo que se le puede y se le debe exigir, tampoco estamos en los objetivos de antes y las miras han de estar en otro sitio, pero de ahí a permitir que en lugar de un paso firme se deambule, va un mundo.

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