Ronda, de taifas a ciudad nazarí

Ronda, de taifas a ciudad nazarí

La ciudad mágica del Tajo debe gran parte de su actual silueta a su fama durante los siglos de dominación árabe, cuando paso de capital de la cora de Takurunna a último fortín nazarí de la parte occidental de Al-Andalus

LUCAS MARTÍN

Se ha hablado mucho de la ciudad suspendida. Del arrobamiento de Rilke. Del desfiladero monumental que tanto excitó, entre navajas y arrobas de vino, a los viajeros románticos. El patrimonio de Ronda no es, no podría ser nunca, ningún secreto. Tampoco su singularidad, ensalzada en libros de memorias, en pinturas, en poemas. Un conjunto que, lejos de permanecer encapsulado, sigue moviéndose y ampliándose con cada nueva investigación. Especialmente, en lo que respecta a uno de sus periodos de mayor esplendor, el de la época árabe.

La vinculación de Ronda con los siglos de florecimiento islámico, su significado en la época, no es una simple trascripción de los reflejos de La Alhambra, de la cercanía relativa con Córdoba. A diferencia de otros puntos de la geografía andaluza, la ciudad no necesita de la inspiración de un archivero y de la sublimación de las ruinas para reivindicar su pasado. Las huellas, más que presentes, están vivas. Asoman en construcciones imponentes, en la configuración del paisaje natural y urbano.

Ronda, es sin duda, tierra de moro. En las últimas décadas, la arqueología, con campañas como la restauración de la Casa del Gigante, ha ido derribando viejos límites y creencias, haciendo aflorar nuevos encuadres y vestigios que hablan de una fecundidad que parece inagotable. Los años de dominio musulmán todavía tienen mucho que decir. Sobre todo, a la hora de ilustrar con testimonios directos la trama de una historia pródiga en avatares, escrita con un tinta rocosa, todavía desbordante entre árboles y palacios.

Virgilio Martínez Enamorado, reconocido especialista en el periodo, alude a uno de los aspectos menos evidentes de la herencia visible de los árabes: los campos que recorren el valle del Genal, que llenan el horizonte de la Serranía de Ronda. Difuminado por la costumbre, por un encanto trabajado y consabido, el paisaje oculta un tipo de roturación, de complicidades con el agua, que reproduce con fidelidad el modelo medieval puesto de moda por la cultura islámica. Su pervivencia y plena identificación es uno de los poderosos argumentos que hacen que la Ronda de esos siglos tenga un valor ambivalente, que repiquetea tanto en el presente como en el pasado. Señas, en suma, de un patrimonio vivo, palpable igualmente en la organización urbana, con sus arterias estrechas y empedradas.

José Manuel Castaño Aguilar, uno de los investigadores que más ha trabajado sobre el terreno, reseña precisamente el valor de este último elemento: el encaje, la silueta de la ciudad, que invita a fantasear sin esfuerzo en esa Ronda de acequias y alminares, todavía a mucha distancia temporal de las cúpulas de las iglesias y de los toros. Un asentamiento que no debe su riqueza al pulso homogéneo con el que de manera precipitada se intenta delimitar la evolución de Al-Andalus. La vida árabe de la zona fue una vida cambiante, con diferentes rangos de organización y de peso específico en la política del entorno.

De los primeros pobladores a la ramificación del califato de Córdoba, la capitalidad de la cora de Takurunna, o la protección meriní contra los castellanos. Ronda fue modelando su figura quebradiza bajo la admonición de Alá y la poderosa cultura que llegaba de África. La única constante acaso sea la influencia casi ininterrumpida del norte del Magreb, que se observa en la disposición de edificaciones como la propia Casa del Gigante, hermana de las que por aquellos mismos años se levantaban en Fez. La interrelación con el norte de Marruecos no es casual y abarca varias centurias, con la consolidación temprana de los grupos bereberes y la resistencia de los meriníes, que se convertirían en aliados del reino de Granada durante los largos años de empuje católico.

Piedra pómez para los baños

En los trabajos arqueológicos desarrollados en los baños árabes de Ronda en 1996 aparecieron dos piezas cuya singularidad radica en que son de las pocas de estas características, halladas en contexto arqueológico, que se conservan. Se trata de una piedra pómez y de un aplicador de kohl. La primera servía (como hoy) para eliminar durezas y pieles muertas, principalmente de los pies. La piedra pómez es una roca de origen volcánico que se utiliza como abrasivo. Es muy abundante en la península itálica y procede de erupciones de tipo vesubiano. Además de para la higiene se usa, desde época antigua, en la construcción para aligerar el hormigón.La segunda, el kohl, es un cosmético empleado por las mujeres para maquillarse los ojos. Sabemos que se utiliza desde la Edad de Bronce y que suele estar hecho con polvo de galena. FUENTE: MUSEO DE RONDA

Si existen dos momentos que explican el extraordinario anclaje de la cultura musulmana en la ciudad esos son indudablemente el siglo XI, con la disolución del califato y la organización de las taifas y de la cora de Takurunna, en la que Ronda desempeñaría un papel capital, y la venida de los meriníes, calificada por muchos estudiosos de protectorado, dada su subordinación al norte de Marruecos. Fue en esos años, condicionados por la ofensiva castellana, cuando Ronda se transformó en un enclave que iba más allá de la estrategia defensiva y de su propio pasado glorioso. Por un lado, estaba el valor como símbolo. Tras la caída de Algeciras, el enclave del Tajo pasaría a ser el último bastión andalusí de occidente, centelleando con sus riscos a cuestas entre el mundo católico y el reino nazarí de Granada. Una importancia que se traduciría en una arquitectura poderosa, rica en torres, en comercio, en afeites.

Los rondeños del norte de África, excelentes jinetes y guerreros, lo tenían todo: un verdor y una fertilidad a su alrededor que se asemejaba a la del Rif, casas palatinas, alfarería, baños árabes. E, incluso, una alcazaba, una de las pocas grandes construcciones que fueron borradas íntegramente del paisaje. En este caso, por las tropas francesas, en el siglo XIX.

El catálogo de accidentes, de edificios, de objetos relacionados con el auge islámico es difícil de emular en un espacio tan concentrado. Monumentos, en muchos casos, en excelente estado de conservación, con puntales como el alminar de San Sebastián, la puerta de Almocábar -que conducía a la gran necrópolis- o el mismo entramado serpenteante con que los diferentes dirigentes, de los Ben Ifran a los mereníes, fueron encajando la ciudad sobre la plantilla dejada por la edad antigua y el monte.
Javier Noriega, de la empresa de arqueología Nerea, cuenta la profunda impresión que causó la Ronda árabe en el ánimo de los conquistadores, que se quedaron impresionados con la espectacular visión de torres y piedra perfilada descansando sobre la plenitud del bosque. «Los musulmanes consolidaron su papel de cabecera comarcal y su entidad urbana. Su emplazamiento, su piel rocosa, su mundial conocida garganta excavada por el Guadalevín, y sus murallas, facilitaron la defensa de la ciudad y la dispuso en una situación estratégica», declara. Ronda sería irreconocible sin la herencia árabe. También el estudio del periodo.

 

El arrabal de San Miguel y la Ronda árabe pendiente

De Baldomero Nieto a Leopoldo Torres Balbás o el propio José Manuel Castaño Aguilar. Son muchos los investigadores y arqueólogos que se han dedicado a tratar de poner luz al frondoso patrimonio islámico de la ciudad de Ronda. Muchas las puertas que se han derribado, inaugurando nuevos cauces de estudio, dando, incluso, como con la Casa del Gigante, con nuevos elementos con los que engrosar las visitas turísticas. No obstante, todavía queda recorrido. Tanto a nivel de indagación arqueológica como de visualización turística de la riqueza. El dato lo aporta José Manuel Castaño Aguilar, que señala que en la actualidad la ciudad del Tajo únicamente explota en términos turísticos un tercio de sus reclamos históricos. A eso se añade, puntualiza, la presencia de yacimientos prácticamente inexplorados como el arrabal de San Miguel, de presencia artesanal y alfarera, que fue abandonado entre los siglos XVI y XVIII. O puntos como el que en la actualidad ocupa al historiador Virgilio Martínez Enamorado, el paraje de Mina Alta, cerca de Teba, que a su juicio pudo tener un desempeño nuclear durante la cora de Takurunna, cuya capital habitualmente se sitúa en Ronda. Retos, desafíos que forman parte de un conjunto monumenal sumamente alejado, pero aun lejos de agotarse.

 

 

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