Málaka fenicia: vuelta al origen

Málaka fenicia: vuelta al origen

La ciudad fue hace más de 2.700 años una de las ciudades más desarrolladas del Mediterráneo, con una gran muralla, su propia moneda e intercambio continuo de mercancías. Del Cerro del Villar a la calle Císter

LUCAS MARTÍN

Había agua, una muralla casi anfibia. Muchas de las avenidas que recorren a diario los turistas, con su circuito incesante de bares y de tiendas de recuerdos, formaban parte de una maraña de arroyuelos, de accidentes geográficos. La ciudad, todavía por acotar en todo su perímetro, era muy distinta. Pero ya hacía ruido. Con mercaderes, sacerdotes, extranjeros. Y una autoconciencia que, aunque sin rastro de la densidad actual, destacaba con luz propia en el mapa rotulado del mundo antiguo.

Entonces, en esencia, era la bahía. Antes de que Málaga fuera Málaka, la floreciente y cosmopolita comunidad fenicia, existían sus asentamientos marítimos. Los más antiguos, los del Cerro del Villar y La Rebanadilla, en la desembocadura del río Guadalhorce. Y ya en el entorno urbano, la colonia en San Pablo, en La Trinidad, en la que se establecieron contactos entre los recién llegados colonos y una tribu de moradores indígenas. Eduardo García Alfonso, uno de los mayores estudiosos del periodo, cree que los primeros en llegar a lo que hoy se conoce como el centro de la ciudad probablemente provenían del Cerro del Villar, donde las cambiantes condiciones climáticas, y, sobre todo, las inundaciones, fueron deshaciendo poco a poco los poblados originales y fenicios.

La vida dio un salto histórico hacia un promontorio que más tarde sería reconocido como el corazón de Málaga. El entorno de La Alcazaba, de San Agustín, probablemente también la colina. Bartolomé Mora, arqueólogo y profesor de la UMA, alude a una ciudad de límites difusos, con núcleos desperdigados que han ido apareciendo en puntos como la zona de calle Mármoles o El Ejido. Aunque renombrada en fuentes anteriores, el conocimiento de Málaka y sus orígenes se ha ampliado en los últimos años de manera decisiva. Gracias, fundamentalmente, a las campañas llevadas a cabo, entre otros, por el propio Mora y por Ana Arancibia, de Taller de Investigaciones Arqueológicas, que han permitido sacar a flote una trama sorprendente. Málaga, como Cádiz, fue una ciudad sustanciosa antes y después de los romanos. Y cada golpe de pala revela un patrimonio que es, en este contexto, uno de los más valiosos y mejor conservados del Mediterráneo. El balance es extenso, y si bien la propia Arancibia señala que únicamente se ha encontrado la punta del iceberg, ha dado ya para varios hitos que han permitido avanzar en el estudio general de la época: los hipogeos de Mundo Nuevo, la tumba de guerrero de la calle Jinetes, las decenas de ajuares y de adornos. Vestigios, todos, que manifiestan el grado de desarrollo de un enclave urbano con más de 2.700 años de antigüedad, con lazos permanentes con otras culturas.

Sostener que Málaga no hubiera existido sin el antecedente fenicio es quizá un juicio aventurado. Pero lo que está claro es que muchas de sus señas de identidad ya estaban presentes en un tiempo a menudo clasificado por la falta de información y los cambios producidos. Mucho antes de funcionar bajo la estela del mundo clásico, la ciudad ya era un punto de tránsito, con delegaciones de extranjeros y bullicio comercial. Y una dimensión espiritual, muy reseñada por Juan Manuel Muñoz Gambero, que se remonta todavía más atrás, al siglo VII a.C. De esa fecha es el santuario descubierto en las cercanías de la calle Císter, un templo, abandonado por la propia evolución de la cultura fenicia, que sirvió de eje económico y social, dando rienda suelta al papel reservado a los sacerdotes, que eran los que dominaban la escritura, y, por tanto, también los negocios, además de las cuestiones relacionadas con los ritos y con el alboroto de la metafísica.

La prueba del crecimiento de la Málaga fenicia, de su prestigio, está en la aparición de algunos de los muros que componían su muralla. Una construcción que, según Bartolomé Mora, no respondía exclusivamente a fines defensivos. Fortificar la ciudad era también una cuestión simbólica, ligada a la reputación. De nuevo, en este punto, la delimitación exacta de lo que fue el asentamiento se vuelve confusa. Ana Arancibia proporciona un dato aproximativo: las murallas de esta época, en entornos parecidos, solían abarcar una superficie de entre siete u ocho hectáreas, por lo que no se descarta que recorriera una extensión parecida.

La Pieza del Museo de Málaga

El casco griego, localizado en la tumba del guerrero, la de calle Jinetes, es del tipo corintio y está formado por una lámina de bronce convenientemente moldeada. En su parte superior lleva un engarce que pudo servir para sostener una cimera. El casco muestra decoración repujada en su exterior, muy fina, formada por motivos como águilas y palmetas en sus laterales, una gran palmeta en su frontal y serpientes que parten de la abertura para los ojos. Es una pieza que puede ser tanto de fabricación griega metropolitana como producida en algún taller de broncistas de las colonias griegas de Sicilia o del sur de Italia. Algunos de sus adornos despiertan hipótesis sobre la procedencia del guerrero, que bien podría ser un mercenario, un soldado extranjero. Los intercambios y la influencia, en cualquier caso, eran constantes.

El trazado, en cualquier caso, se mantuvo en muchos puntos bajo la supervisión romana, que en Málaga resultó pactada y pacífica. A diferencia de otros pueblos, los fenicios de Málaka mantuvieron su autonomía. Incluso, hasta en el privilegio de acuñar monedas, que se mantuvo hasta el siglo I a.C. Mora habla de una gran cantidad de piezas de bronce, las más modernas con el nombre de la ciudad en el anverso y una iconografía con referencias a los astros y a sus antiguas deidades fenicias.
Muchas muestras de este material, recuperado por los arqueólogos, lucen en la actualidad en el Museo de Málaga, que también se nutre de parte del caudaloso patrimonio de otro inmenso yacimiento: el del Cerro de la Tortuga. Un lugar al que Muñoz Gambero acudió por primera vez en 1959, atraído por rumores que insinuaban la presencia de huesos de dinosaurios. El arqueólogo topó con miles de fragmentos de cerámica. Algunas con la suficiente enjundia histórica como para testificar a favor de lo que entonces era negado y desconocido: la existencia de un gran poblado íbero en la capital. En este caso, en relación con culturas como la fenicia. Y con un templo, cuyos restos vuelven a dejar claro que ni el malagueño ni el hombre, en algunos aspectos, han cambiado mucho: seres humanos enterrados con adornos y útiles para el otro mundo, el miedo a la muerte, el deseo de trascendencia. Málaka, el origen de la ciudad, más que sepultada está diluida en todo lo que ocurrió después, lo que no quita que haya que seguir profundizando. Queda mucho por saber. Bajo la tierra y bajo el agua: «Las últimas excavaciones nos han puesto de relieve la gran relevancia que la costa malagueña tuvo para el fenómeno de la colonización fenicia y el desarrollo púnico. La investigación tiene una gran oportunidad en la cuestión subacuática», explica Miguel Sabastro Román, de la empresa arqueológica Nerea.

 

Hacia los nuevos trabajos de campo y la difusión turística

Está lejos de ser una historia agotada. Tanto a nivel de investigación como de indagación práctica, que, en este caso van de la mano, ampliando y reorientado itinerarios a partir de excavaciones como las de la calle Císter. La Málaga fenicia aún tiene mucho que decir. Incluso, con lo que ya ha salido a la superficie, que, pese a los avances de los últimos años, sigue demandando una mayor visibilidad. Sobre todo, desde una perspectiva turística. La ciudad se ha provisto de elementos que se han ido integrado en el circuito expositivo: desde los trozos de la muralla del Museo Picasso a las piezas del museo del Palacio de La Aduana. Sin embargo, se echa de menos más celo a la hora de reseñar la importancia del periodo, que es precisamente la del origen. Por no hablar de la lentitud en la recuperación y exhibición de puntos clave como el yacimiento del Cerro del Villar y de La Rebanadilla. «Falta un proyecto de musealización. Se dan elementos para habilitar una ruta que integre todo lo que tiene que ver con la cultura fenicia», señala el arqueólogo Eduardo García Alfonso. Las críticas se endurecen a la hora de evaluar la situación del Cerro de la Tortuga. Juan Manuel Muñoz Gambero, su principal investigador y valedor, habla en este sentido de abandono «total» por parte de las administraciones públicas.

 

 

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