Vacaciones

22 Jul

Cuando una parte de España está de vacaciones y la otra las anhela, contando los días que quedan hasta que llegue agosto para estarlo, alguien se ha atrevido a invocar el conjuro y desafiar el sagrado derecho al ocio anual de todos: Cristina Cifuentes, presidenta de la Comunidad Autónoma de Madrid declarando, este pasado martes, que no se irá de vacaciones este verano tampoco –por tercer año consecutivo- porque, aunque considera que los días de descanso son «una cosa muy buena», cree que no tienen que ser «una obligación» sino «una opción voluntaria». También ha aclarado que no pretende ni «polemizar» ni «decirle a nadie lo que tiene que hacer ni mucho menos» y que las vacaciones son «una conquista de los trabajadores». Así, es una decisión personal, Cifuentes prefiere quedarse trabajando en Madrid, al igual que hizo los dos pasados veranos tras su investidura como presidenta. «Me gusta muchísimo mi trabajo, me gusta quedarme en Madrid en verano y me voy a quedar trabajando». Una laboriosidad de la que también habla en su cuenta de Twitter donde la Presidenta de la Comunidad de Madrid comenta que trabaja 14 horas diarias, incluyendo algún fin de semana, que a veces come frente al ordenador y que duerme cuatro horas cada día.

En principio, nada que objetar a la laboriosidad de Cristina Cifuentes. El trabajo de político y, en esos niveles de responsabilidad, es un trabajo especial que no tiene horarios, exige una dedicación completa, reuniones, entrevistas, asistencias a actos públicos y a cambio se dispone de personal, de buenos sueldos, varios secretarios y coche oficial todo el día. Se trata de un trabajo con cierta flexibilidad y recursos para ello, para resolver una agenda, normalmente, exigente, inflexible y llena de imprevistos. En ese sentido, es incomparable con el trabajo común de los demás. Por tanto, nada que decir al estilo Cifuentes y a si desea, por decisión personal, quedarse a trabajar por gusto y responsabilidad en su trabajo. Va de suyo en el cargo, por otro lado, pero si lo que desea es crear un estilo propio, ahí quizá se equivoca. El estilo proclamado es lo que resulta peor. Decirlo en unas declaraciones, hablar de su dedicación laboral en las redes, no es lo apropiado. Si desea dar una imagen de presidenta dedicada a los madrileños, nada mejor que la vean trabajando los funcionarios en la sede de la Comunidad y los madrileños que se quedan en Madrid y si pretende ser ejemplo para su partido, también –al final todo se sabe-. Las vacaciones o el trabajo de su presidenta no son la clave que acercará los políticos a los ciudadanos, ni les hará olvidar la corrupción del PP en Madrid.

En cualquier caso, ante tanta ética del trabajo, no debería olvidar la presidenta de Madrid la sociedad en la que vive y quizás tener un poco de sensibilidad porque la Encuesta de Condiciones de Vida publicada por el INE hace un año muestra que no todo el mundo tiene su capacidad de elegir. Los datos de esta encuesta muestran que, en 2015, cuatro de cada diez españoles no podían permitirse ir de vacaciones fuera de casa al menos una semana al año ni tenían capacidad para afrontar gastos imprevistos (en 2014, el 45% no podía irse de vacaciones) El 13% tenía muchas dificultades para llegar a fin de mes y el 9% se retrasaba en los pagos relacionados con su vivienda principal. Los datos indican que entonces estábamos mejor que el año anterior pero que aún nos encontrábamos en condiciones verdaderamente mejorables. Por otro lado, el 22,1% se hallaba por debajo del umbral de riesgo de pobreza, tan sólo una décima menos que en 2014. Los hogares españoles obtuvieron unos ingresos medios de 26.092 euros anuales, lo que se traduce en una bajada constante de los salarios en los últimos años. Las Comunidades más afortunadas fueron el País Vasco, Navarra y la Comunidad de Madrid y las que menos ingresos obtuvieron son las del sur de la Península: Murcia, Andalucía y Extremadura.

Hay, pues, una sociedad real que vive y trabaja a distancia de la sociedad oficial y para la que este tipo de declaraciones no puede representar gran cosa porque las vacaciones no son solo un derecho sino un ocio necesario que nos sirve, una vez al año, para hacer esas cosas valiosas que nadie retribuye. Y, por eso, preciosamente, son tan valiosas. Como nos recomendaba Fernando Savater en su artículo En defensa de la vida ociosa, hace casi un año, «Tómenselas a su modo, haciendo esas cosas tan valiosas que nadie retribuye, sea leerse las obras completas de Shakespeare, aprender a tocar la flauta dulce o mirar incansablemente el mar. No vendan ni uno solo de sus minutos y compren lo menos posible, pero sin agobios ni exageraciones. También hay cosas bonitas, aunque lo más bonito nunca sea una cosa. Váyanse, váyanse muy lejos, para lo que no necesitan siquiera salir de casa: viajen alrededor de su cuarto, como hizo Xavier de Maistre. Y a poco que puedan, háganme caso: no vuelvan jamás…». Presidenta, disfrute usted de su trabajo, y los demás de sus merecidas vacaciones. Precisamente por eso.

Cortázar y la cuestión catalana

9 Jul

Mirar hacia Cataluña estos días es contemplar un paso más en la historia de un desencuentro en el que la perplejidad diaria ante lo que vemos no puede ocultar la preocupación por la existencia de un problema al que hay que intentar dar una solución política.

El abismo entre Rajoy y Puigdemont es narrativo: es una contraposición entre un cuento fantástico y un juego de silencios. Como diría Cortázar, el cuento es «un orden cerrado. Para que te deje la sensación de que va quedar en la memoria, que valía la pena leer, ese cuento será siempre uno que siempre se cierra sobre sí mismo de manera fatal» (Julio Cortázar, Clases de Literatura. Berkeley, 1980, Alfaguara, 2013. Pags. 29-30). (más…)

Éxito

11 Jun

Winston Churchill dijo «el éxito es la capacidad de ir en fracaso en fracaso sin perder el entusiasmo» y fue esta actitud la que definió su manera de hacer política, su modelo de liderazgo conservador fuerte y su defensa a ultranza de Gran Bretaña como nación en tiempos difíciles y en los que se ganó una guerra, se perdió el Imperio y se luchaba por mantener una posición sólida dentro del mundo pero con una clara equidistancia británica respecto a Europa. Hay una tradición de líderes tenaces y con fuerte personalidad que pasan desde Margaret Thatcher a Gordon Brown que reconocemos en estas palabras. De algún modo, esta definición de éxito como un alguien que no gana nunca todo absolutamente, sino que más bien pierde algo pero persevera, es lo que define lo que sucede en la política y es lo que les ha sucedido a Theresa May y a Jeremy Corbyn en las elecciones británicas del pasado jueves 8 de mayo.

El brexit fue una decisión equivocada impulsada por James Cameron forzado por un partido dividido y forzado a contentar a los sectores más euroescépticos. Una estrategia defensiva que reclamaba más soberanía frente a Europa y, entre otras cosas, buscar, en teoría, respuestas mejores para Gran Bretaña para el empleo, la inmigración y al terrorismo. Fue una victoria pírrica del voto de la gente mayor, antiestablishment y de los que les había ido peor. Theresa May convocó las elecciones, precisamente, para obtener una mayoría absoluta y poder negociar el brexit con más libertad. Alcanzó 318 escaños, 12 menos de los que tenían. May ha ganado las elecciones con claridad pero las ha perdido, políticamente hablando. Las convocó para asentar su posición frente a un rival debilitado y no lo ha conseguido, sin embargo, su resultado electoral ha sido magnífico: el partido conservador logró 5,5 puntos más respecto del resultado de 2015, es decir, 2,3 millones de votos más que los obtenidos entonces por David Cameron. En el otro lado, los laboristas obtuvieron 261, 29 más que en las elecciones de 2015. De esta forma, la primera ministra quedó por debajo de la mayoría absoluta (326 diputados) a tan sólo diez días del comienzo de las negociaciones del brexit.

Los conservadores necesitan ahora el apoyo de un segundo partido, bien sea para formar una coalición o bien para constituir un Gobierno tory en minoría. A pesar del incremento sustancial de los laboristas, no parece que Jeremy Corbyn pueda gobernar solamente con el apoyo de los Liberal Demócratas y el Partido Nacionalista Escocés. Técnicamente los conservadores han ganado las elecciones, pero el resultado es, indudablemente, un fracaso para Theresa May. La primera ministra basó la campaña en su capacidad para llevar a cabo el mejor Brexit posible para los británicos, pero ahora no sólo está en peligro su futuro, sino también su visión sobre el proceso de ruptura con la UE.

Theresa May jugó a ser la nueva Margaret Thatcher del siglo XXI y lo que le espera es un liderazgo difícil en esta legislatura. Por otro lado, Jeremy Corbyn se ganó el voto de muchos jóvenes e hizo una campaña con su giro a la izquierda y no hablando del Brexit si no de políticas sociales y de combatir la desigualdad. En realidad, la campaña se polarizó entre May, una líder que reclamaba su fortaleza para negociar libremente en Europa, en teoría un Brexit duro, pero no definido en campaña y un Corbyn que cambió por un relato más social. Aquí jugó un voto antiestablishment en contra de las élites, en este caso en contra de May que animó a favor de Corbyn el voto de los jóvenes y de los que votaron por la permanencia en el referéndum del Brexit.

El futuro es difícil de predecir pero es obvio, que el camino de la derecha radical, Trump y May, con todas sus diferencias, con su defensa del nacionalismo a ultranza en un mundo global está perdiendo fuelle. Lo está haciendo en todas las elecciones desde las austríacas hasta las británicas. En este caso, parece que Theresa May a pocos días de las negociaciones con el Brexit, a pesar de una victoria importante y con este resultado, va a poder negociar con mucha menos firmeza y autoridad la posición británica de lo que ella deseaba. Su posición es delicada también dentro de su partido. Por otro lado, el magnífico resultado de Corbyn parece consolidarle en un partido que va aceptando su giro a la izquierda y también en la sociedad. Sin embargo, su éxito electoral no puede ocultar su ambigüedad con Europa y las soluciones de un programa socialdemócrata clásico. Su popularidad actual esconde una política con límites. En los tiempos actuales, Corbyn puede convertirse en un líder de transición para una renovación profunda de ideas y programas que necesita el nuevo laborismo o también puede ser el líder que provoque una escisión en el partido. El giro a la izquierda y la autenticidad son dos virtudes a favor de Corbyn pero no son suficientes para llevar a cabo la renovación que la izquierda necesita. Como dijo también Churchill, «el problema de nuestra época consiste en que los hombres no quieren ser útiles sino importantes». En la nuestra también. A ver si lo consiguen.

Alivio

14 May

Alivio es lo primero que sentí cuando supe la victoria de Emmanuel Macron, el nuevo presidente francés. Su victoria representa el intento de una política posible y europeísta frente a esa otra política del ruido y de la furia de Marine Le Pen. Si después del Brexit y de Trump el dilema de Europa era el de si se extendería la política de los nuevos reaccionarios señalando el principio del fin de la misma. Macron parece señalar un punto de inflexión en la buena dirección. Francia confirma la tendencia que comenzó en Austria y continuó en Holanda. Aunque no hay que subestimar el peso de la reacción ultraconservadora, en el poder en Estados Unidos y en Gran Bretaña o con porcentaje de votos y una representación política importante en Austria, Holanda y en Francia, lo cierto es que Europa vuelve a tener la oportunidad gracias a líderes europeístas como Emanuelle Macron. Sin embargo, queda ver qué pasa en Alemania y en Italia. El proyecto europeo depende de todos pero su impulso fundamental es el de Francia y Alemania y del difícil equilibrio de las salidas post-crisis en los países europeos. El escenario actual abre una nueva oportunidad. (más…)

La socialdemocracia necesita tiempo

2 Abr

Las primarias del PSOE y la competición por el liderazgo entre Susana Díaz, Patxi Lopez y Pedro Sánchez constituyen, sin duda, una oportunidad para recuperar el protagonismo político perdido por la socialdemocracia en nuestro país. Sin embargo, aunque la pregunta decisiva que hay que responder es ¿Quién manda ahí? Hay otras cuestiones sobre las que reflexionar.

Hace poco Felipe González en la presentación de su último libro (Felipe González, Gerson Damiani y José Fernández Alberto –Editores–, Quién manda ahí. La crisis global de la democracia representativa, Debate, Barcelona, 2017), planteaba la necesidad de «resetear la socialdemocracia» y buscar respuestas para gobernar la globalización y la revolución tecnológica, así como ofrecer alternativas ante los problemas actuales de la democracia representativa entre los que destacan, por un lado, la deriva reaccionaria y populista de ciertos líderes y partidos políticos y, por otro, la existencia de una tecnocracia sin alternativas como único discurso y política posible ante la crisis. Ante esta situación pidió una reacción y un debate de ideas. Un análisis, un diagnóstico sobre la sociedad que vivimos y sus problemas para poder hacer un programa que recupere el protagonismo de la socialdemocracia en la izquierda. (más…)