El almencino del Sagrario, como el olmo de Machado

3 May

Abrazado por una cincha metálica y con el tronco hendido por el tiempo, el almencino recuerda al olmo seco del Duero que inmortalizó don Antonio Machado.

Egregios poetas y escritores han sabido ver en la Naturaleza algo más que mosquitos y ramas que apuntan a los ojos.

Sin ir más lejos, al norteamericano Henry David Thoreau le dio por encerrarse a mediados del siglo XIX en una cabaña sin wifi y dejar que ella pasara la vida durante dos años largos. De esa experiencia salió el precioso libro Walden.

En el caso del poeta sevillano Luis Cernuda, en muchos de sus textos podemos descubrir su amor por el detalle natural, sin ayuda del microscopio: olores, colores, matices o las minúsculas yemas de las flores; todo le llamaba la atención y hasta era capaz de atrapar como nadie la belleza de un modesto huerto.

Pero a muchos escolares de los años 60 a 90, y quizás, en décadas posteriores, lo que se le ha quedado marcado a fuego ha sido el famoso poema «al olmo viejo, hendido por el rayo y en su mitad podrido», al que «con las lluvias de abril y el sol de mayo algunas hojas verdes le han salido».

Don Antonio Machado -tildado de anticatalanista por los más merluzos de la tribu- tuvo la maestría y la sensibilidad de contar en unos pocos versos el canto del cisne de un olmo seco, con lo que consiguió que este ajado ejemplar alcanzara la inmortalidad.

En Málaga no tenemos un olmo del Duero, por imposibilidad física, pero sí un árbol imponente, cargado de achaques, capaz de reforzar con su sola presencia la belleza de la portada gótica del Sagrario.

Se trata del almencino de calle Santa María, en el recinto de la Catedral, junto al mencionado Sagrario. Almencino es el término con el que en Málaga se conoce al almez (en plural, almeces). Los malagueños conocemos este árbol por el nombre de su fruto, gracias a la utilidad de esas pequeñas bolas que durante generaciones sirvieron a los niños como munición para sus canutos.

Los almeces o almencinos son unos árboles que se adaptan muy bien a las ciudades, por eso, con motivo de la última reforma del Parque, hace unos doce años llegó una buena partida de ejemplares creciditos, procedentes de un vivero de Venecia, para que acompañaran a las palmeras del Paseo del Parque.

Hace dos años, el firmante constató con el botánico y académico de Ciencias, Ernesto Fernández Sanmartín, su buena salud y ritmo de crecimiento.

No ocurre lo mismo con el almencino del Sagrario, un árbol que (posiblemente) puede rondar el siglo, y que tras conocer la dictadura de Primo de Rivera, la Guerra Civil, la dictadura de Franco, la Democracia y los tiempos del whatsapp, parece estar preparando su adiós definitivo.

Con el tronco hendido por el tiempo y abrazado con una cincha metálica para soportar la vejez, pertenece al Obispado, que hace unos años encargó un informe sobre su salud. Disfrutemos de su machadiana belleza madura mientras nos dure.

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