La grata culminación de una cuesta digna del Tour

17 Feb

Estamos pagando la factura de esos tiempos tan poco diversificados en los que media España se dedicaba a construir urbanizaciones y la otra media infraestructuras públicas: autovías y líneas de AVE hasta donde no llegaba, literalmente ni El Tato.

Quizás de esa etapa de euforia constructiva, el ejemplo de despilfarro más notorio sea el aeropuerto de Castellón, un parque temático de la España frívola y derrochadora, aunque en la Costa del Sol también hemos tenido nuestra dosis de gestores omnipotentes y horteras.

Pero no todo lo realizado se ha ido por la alcantarilla de la mala gestión pública. En estos tiempos en los que nos abochornamos del vodevil de los ERE –repartidos con la arbitrariedad del Rey Sol– hay obras que nos han venido como anillo al dedo.

Una de ellas es la que, hace unos años, desterró de la meseta universitaria del Ejido su pasado de depósito de arcilla simbolizado en un terrizo con más mierda, con perdón, que la funda del jamón.

Estaba situado al final de la calle Carrión, una dura cuesta que bien podían incluir en el Tour de Francia y que –ustedes disculpen la falta de finura del respetable– es conocida desde hace muchos años como la cuesta del coño, porque esa interjección es lo que sueltan algunos los paseantes cuando alcanzan la cima –o cuando ven que no la alcanzan–.

Dado el aspecto del terrizo, seguro que influyó y no positivamente, en el ánimo de los estudiantes. Y es que, con los calores crecientes de junio, pasar por ese inhóspito desierto de Gobi seguro que mermaba algo la capacidad de cálculo y retentiva.

Pero todo esto ya es pasado, unas obras cofinanciadas por el Ayuntamiento y la Unión Europea en tiempos mejores convirtieron este depresivo paisaje en una sucesión de bancales ajardinados a lo largo y ancho de la calle San Millán.

Aloe vera, scheffleras, cicas… la profusión de plantas parece que ha cohibido a nuestra minoría de antropoides aborígenes, de ahí que la presencia de pintadas sea testimonial. Ahí está, asombrando al mundo, la firma de un tal Hund, seguido de un tal abuelo (probablemente, un nieto con mucho tiempo libre).

La cuesta de la calle San Millán está coronada por la parroquia del Buen Pastor, que tiene delante la plaza del Cristo de la Crucifixión, una plaza cuyo diseñador seguramente nunca pensó en utilizarla. De haber sido así, no habría colocado bancos sin respaldo.

Un aparcamiento vecino, incorporado al conjunto, tiene encima la plaza dedicada al decano Alonso Pedrera pero la plaza sigue teniendo el aspecto del techo de un aparcamiento, pues además de no contar con bancos, cuenta con una pérgola de las clásicas que desafortunadamente tanto abundan en Málaga, es decir, las diseñadas para no dar sombra, pues los arquitectos y el Ayuntamiento suelen olvidarse de colocarles plantas trepadoras para que el invento sirva para algo. Pérgolas aparte, la fatídica cuesta de la calle Carrión ya no desemboca en un erial.

No todo el dinero público se gastó en aeropuertos sin aviones ni en ERE falsos.

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