Los Castillejos, murallas íberas

Los Castillejos, murallas íberas

El yacimiento, perteneciente al municipio de Teba, es un formidable ejemplo del desarrollo de la cultura íbera, que a partir del siglo VI antes de Cristo empezó a establecerse en zonas inaccesibles y a desarrollar una casta de guerreros

LUCAS MARTÍN

Apenas cuentan los indicios. En el campo, salvo para la mirada experta, todo se diluye. El abandono, la interacción con los arbustos, hace que sea muy difícil distinguir las ruinas espirituales de la simple corrupción de la tierra. Por más que, como es el caso, los restos  llamen la atención, con un alzado entusiasta de piedras perfectamente diferenciable respecto a las construcciones que se pueden encontrar en este tipo de terrenos; las antiguas casas de herramientas, de vigilancia, de refugio.

En Teba, los vecinos, conocen  desde siempre el paraje, a ratos baldío y en otros generosamente boscoso, de Los Castillejos. Muchos niños,  en la modorra del verano, iban hasta allí en sus bicicletas.  Quizá, resguardados por el cerro, compartían entre varios su primer cigarrillo, escalaban tontamente por la muralla, ajenos en todo, como tantos vecinos, a la naturaleza militar y, en muchos casos, sagrada del espacio. Un lugar que, todavía hoy, y con decenas de interrogantes abiertos, está considerado como uno de los yacimientos íberos más importantes  de la provincia. Y cuya geografía inclinada resume de un sólo y certero golpe la historia de una civilización, sus angustias, sus divisiones, su maquinaria de guerra.

El hecho de que Los Castillejos esté en altura, a unos cuatro kilómetros de la ciudad, explica en gran medida que desde entonces ninguna casa haya asomado en el entorno. Ni siquiera en la época atolondrada del ladrillo, que trajo, eso sí, un proyecto que a la postre acabaría convirtiéndose en  una bendición: la construcción, en pleno monte, de una cantera. Una intervención que, ya en sus inicios, sirvió para sacar a flote un nuevo tramo del abundante andamiaje defensivo del complejo.    Y que, gracias a la reacción del Ayuntamiento, ejemplar y, por desgracia, poco frecuente, supuso el arranque de la excavación arqueológica.

En esos trabajos, que tuvieron lugar en 1993, Eduardo García Alfonso, Virgilio Martínez Enamorado y Antonio Morgado constataron lo que ya había sido insinuado en los estudios sobre la presencia íbera en la provincia de Ángel Recio y Juan Fernández: que el poblado de Los Castillejos supone un ejemplo singular de la cultura madura del periodo y del vínculo inseparable  entre su historia y el paisaje. No deja de ser curioso que el único elemento que queda en pie sea el que  condensa el pasado con mayor solvencia: la muralla, eje de un pueblo, el íbero, que, pese a la docilidad apreciable de su cerámica, siempre tuvo a la guerra como centro.   

Lo cuenta Eduardo García Alfonso, actualmente enrolado en la división de patrimonio de la Junta: a partir del siglo VI antes de Cristo, la población local, ya contaminada en sus costumbres por griegos y fenicios, comenzó a replegarse hacia el monte. Un movimiento que, lejos de estar motivado por la búsqueda de recursos, refleja la necesidad de defensa, toda una sociedad inestable, en permanente conflicto, que dio lugar a un tipo de casta típicamente ibérica, la de los guerreros. Y  a la que el promontorio de Teba  ofrecía mucho más que la simple provisionalidad de un refugio. Los Castillejos, como señala Javier Noriega, de Nerea Arqueología, representaban  un auténtico fortín natural, con vistas que permitían controlar todos los accesos de la zona, desde el río Guadalteba a la parte alta de la provincia y la salida al Mediterráneo.

La protección inherente al paisaje, apuntalada por la muralla, hizo que el poblado permaneciera en el territorio prácticamente hasta su disolución progresiva en la cultura romana.  En las inmediaciones de Teba, la sociedad íbera prosperó, desarrollando un mundo por primera vez atomizado, identificable y homogéno en cuanto a sabiduría y manera de vivir, pero sin continuidad política entre los diferentes asentamientos. Los íberos eran un pueblo levantisco, organizado en ciudades autónomas. En la cúspide social estaban los soldados, cuya fama llegaba hasta los cartagineses, que a menudo venían a contratarlos como mercenarios.

En Los Castillejos se intuye la existencia de un tholos, de rezos, de ritos funerarios. Y todo se apreciaría con mucho más esplendor si la necrópolis, cosa nada rara en la provincia, no hubiera sido salvajemente expoliada. Cuenta Eduardo García Alfonso que en Teba hubo un tiempo en el que los saqueadores venían en cuadrilla,  muchas veces desde otras provincias, provistos de detectores de metales. Del cementerio de Los Castillejos salieron cargamentos enteros de urnas, de armas, de lujosas piezas de cerámica, El Ayuntamiento, de orientación firme, hizo lo que pudo. Fundó el museo de historia municipal. Evitó a golpe de talonario que algunas obras tuvieran como destino el mercado negro. Entre ellas, el famoso carnero, pero también otras que ponen en la pista de un enigma casi colindante.

 

La Pieza del Museo de Málaga

Esta pieza apareció casualmente en la zona sur de Los Castillejos en la década de 1970. Se trata de una escultura original que los historiadores datan entre los siglos III y I antes de Cristo. Tallado en piedra arenisca, presenta una factura muy tosca, que revela la mano de un taller poco especializado, lo que era habitual en la época. Este tipo de piezas encuentra su sentido en la decoración escultórica de algunas tumbas ibéricas, al asociarse a la idea del animal sacrificado en honor al difunto, así como a la alusión a la fuerza y la fecundidad. Se conocen otras esculturas similares en diferentes puntos de Andalucía. El carnero, cuya altura ronda los 23 centímetros, forma parte de los contenidos que se exhiben de manera permanente en el Museo Histórico Municipal de Teba, inaugurado oficialmente en el año 2000, después del empeño del Ayuntamiento.

A unos tres kilómetros de distancia de Los Castillejos, también en territorio actualmente deshabitado, se emplaza el yacimiento romano de Cortijo del Tajo. Un enclave incomprensible aún sin excavar, pero de cuya opulencia dan buena cuenta los pedestales y esculturas que han ido emergiendo de manera espontánea, la mayoría empujados por  temporales. y por corrimientos de tierra. El más llamativo, el monumento a Tiberio, de época imperial, que ha sido estudiado por Pedro Ruiz Oliva y Rafael Atencia.

Las hipótesis sobre este último paraje son fascinantes, en muchas ocasiones ligadas a Los Castillejos, sugiriendo la prolongación de un mismo ramal de la historia, posibilidad que se ve refrendada por el más que presumible uso espiritual y funerario que se hizo del monte después de que la cultura romana invadiera la zona. García Alfonso va más allá y lanza una bella conjetura: que el Cortijo del Tajo sea en realidad Sabora Flavia, la famosa ciudad de la que habla Plinio y cuya ubicación en la provincia continúa siendo fuente de discusión y polémica. El argumentario cuenta esta vez con  un aval de peso: una carta firmada por Tito y encontrada en el siglo XVI en Cañete la Real y en la que el emperador responde a la petición formulada por los vecinos de Sabora para instalarse en el llano y abandonar un cerro. Cuesta creer que en plena ebullición turística nadie se ocupe de invertir en este tipo de expediciones. Y más con un municipio sensibilizado, consciente de la historia y de su riqueza.

 

Un desafío para la ciencia y todo una joya por explotar

Hay una declaración, la de Bien de Interés Cultural, que desde 2008, preserva de malentendidos desaprensivos al conjunto del paraje. También están el Museo de Historia Municipal de Teba, la excavación de 1993, y una actitud, la del Ayuntamiento, que los arqueólogos elogian por su determinación, que no ha entendido de siglas ni de cambio de gobierno. En Teba se podrían pensar que se han hecho los deberes de manera modélica; sin embargo, y ahí viene la gravedad, no deja de ser uno de los yacimientos en los que todavía restan más sorpresas por descubrir. Especialmente, si se añade el conjunto el enclave sin explorar del Cortijo del Tajo. Javier Noriega, de la empresa de arqueología Nerea, insiste que, aunque la carencia en cuanto a excavaciones es vasta, todavía existe un campo en el que es más prioritario actuar: la visibilidad y la traslación informativa y turística de lo que ya ha salido a la luz. «En Los Castillejos y en Cortijo de Tajo no sólo no se ha investigado, sino que se ha asistido a continuos expolios. Es hora de invertir para aumentar el conocimiento. Y también porque la zona lo necesita y cuenta ahí con una joya sin explotar, generadora de economía y riqueza», alega. Las dos murallas localizadas en el yacimiento, de los siglos VI y IV antes de Cristo respectivamente, poseen una extensión que se alarga en algo más de un kilómetro.

 

 

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