Voces e imágenes de Chernóbil

24 febrero, 2018

Una reflexión acerca de la función testimonial del lenguaje y de la imagen a partir del libro Voces de Chernóbil y su reciente adaptación al cine.

JUAN NAVARRO DE SAN PÍO

Voces de Chernóbil (Crónica del futuro) es un libro estremecedor que se inscribe en la mejor tradición de la literatura de testimonio. Svetlana Aleksiévich, periodista y Premio Nobel de Literatura en 2015, compone un desgarrador coro de testimonios de los supervivientes de la catástrofe de Chernóbil: liquidadores, maestras, físicos, niños, cineastas o fotógrafos. «Somos los hibakushi de Chernóbil», dice una de las mujeres entrevistadas, que era como denominaban a los supervivientes de Hiroshima.

La adaptación al cine del libro la realizó el director Pol Cruchten en 2016. En el documental escuchamos la voz en off de los testimonios, mientras una serie de actores y actrices son filmados en lugares vinculados a la catástrofe nuclear. En lugar de las entrevistas habituales en los documentales, filmados en plano-contraplano, aquí escuchamos los recuerdos y pensamientos de los supervivientes. La belleza de las imágenes convive en el plano con las voces serenas que relatan el sufrimiento vivido.

 

Imagen de Stalker y cartel de la película de Pol Cruchten y de la portada del libro de Aleksiévich.

Imagen de Stalker y cartel de la película de Pol Cruchten y de la portada del libro de Aleksiévich.

Frente a la historia oficial, el libro de Aleksiévich trata de rescatar «la historia omitida, las huellas imperceptibles». Su intención es «captar la vida cotidiana del alma», narrar la intrahistoria olvidada. Chernóbil pone en cuestión nuestra visión del mundo y su autora es consciente de lo fácil que resulta deslizarse hacia la «banalidad del horror». Sin apenas intervenir, Aleksiévich convierte Chernóbil en una novela de Dostoyevski en la que los supervivientes se preguntan por el sentido de sus recuerdos, la fatalidad o el nihilismo que les envuelve. Chernóbil se erige, además, en símbolo del desmoronamiento de la Unión Soviética. La obra de Aleksiévich es una meditación sobre las huellas íntimas dejadas por el homo sovieticus en su ocaso.

«No sé de qué hablar… ¿De la muerte o del amor?». Así comienza el primer testimonio de una mujer embarazada que cuidó hasta el final a su marido, uno de los bomberos que extinguió el fuego del reactor de Chernóbil. Algunos testimonios evocan imágenes poéticas que son filmadas también en el documental de Cruchten. Es el caso de la vida de una familia escrita en una puerta: un hombre que volvió a Chernóbil tras la evacuación a recuperar la puerta de su casa, donde había velado a su padre muerto y en la que habían registrado con señales de altura el paso del tiempo en él y en su hijo. O el monólogo de la mujer que descubre la belleza de la muerte: «No era un incendio como los demás, sino como una luz fulgurante. Era hermoso», recuerda tras la explosión del reactor.

«¿Es verdadero el mundo grabado en la palabra?» se pregunta otra de las mujeres, para quien el sentido de su cultura se ha desmoronado tras Chernóbil. Una joven que nació en Prípiat recuerda a su madre, maestra, que le había «enseñado a vivir como mandan los libros. Y de pronto resulta que no hay libros para esto. Mi madre se sintió perdida. Ella no sabe vivir sin los libros. Sin Chéjov, sin Tolstói».
Cuando el silencio y la perplejidad cercenan la comprensión de lo acontecido, hay quien recurre a las imágenes. Es el caso del testimonio de un fotógrafo: «Somos metafísicos. No vivimos en la tierra sino en nuestras quimeras (…) En las palabras (…) ¿Por qué me he hecho fotógrafo? Porque me faltaban palabras». ¿Qué debía filmar?, se pregunta un operador de cine que fue enviado a Chernóbil. En lugar de filmar la devastación ocasionada, graba a los tractoristas leyendo el periódico Pravda. Recuerda lo que dejó entonces fuera de campo: una zanja gigantesca llena de vacas muertas. Le habían prohibido filmar la tragedia.

Tras leer el libro de Aleksiévich y ver el documental de Cruchten, me ha venido a la memoria Stalker (1979), la película de Tarkovski basada en la novela Picnic junto al camino (1972) de los hermanos Strugatski. Se trata de una fábula metafísica que transcurre en un entorno apocalíptico, inspirada tal vez en el accidente nuclear de Kyshtym (1957): allí hay una zona prohibida, similar a la que habría años después en Chernóbil, habitada por ladrones y merodeadores (stalkers), que acompañan a quienes quieren adentrarse en una extraña habitación donde los deseos se hacen realidad. De algún modo podría decirse que muchas de las voces del libro de Aleksiévich recuerdan a esas figuras espectrales de los stalkers atravesando un paisaje irreal donde el sufrimiento y la belleza, la muerte y el amor se entrecruzan inesperadamente.

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