Vives y Moro acuden en auxilio de la Europa en crisis

10 octubre, 2017

SILVERIO SÁNCHEZ CORREDERA

Enrique García Hernán reivindica la importancia del filósofo valenciano en las cuatro primeras décadas del siglo XVI

Enrique García Hernán es especialista en historia política y religiosa. En Vives y Moro. La amistad en tiempos difíciles (Cátedra) realiza una pesquisa detallada sobre la vida y la obra del filósofo Juan Luis Vives (1492-1540) y la reinterpreta en el contexto de su amistad con Tomás Moro (1478-1535), en los tiempos en que el emperador Carlos (España y Alemania), Enrique VIII (Inglaterra), Francisco I (Francia) y el papado (León X, Adriano VI, Clemente VII y Paulo III) entran en enfrentamientos y en alianzas urgentes para buscar la unión. Época de crisis, frente al empuje otomano, donde mantener el equilibrio de fuerzas dentro de la Europa cristiana se halla en primer plano.

La Europa de las cuatro primeras décadas del siglo XVI se halla animada por un nuevo espíritu cultural, el humanismo, uno de cuyos promotores más sobresalientes es Erasmo de Rotterdam (1466-1536). Erasmo y Moro mantienen una estrecha relación de mutua admiración, a la que se unirá un jovencísimo Vives, en los tiempos en que ser erasmista solo tenía connotaciones positivas. Pero la aparición de Lutero y sus tesis antipapistas (1517), la rebelión de la iglesia anglicana frente al sumo pontífice como consecuencia del proceso de divorcio (1527-1533) de Enrique VIII con Catalina de Aragón, para casarse con Ana Bolena (el «great matter»), la amenaza de corrientes pujantes reformadoras como los anabaptistas… todo ello sobre el fondo político de un emperador poderoso –que se afianza en la victoria de Pavía (1525) y en la del saqueo de Roma (1527)–, dibujan unas nuevas fronteras, también ideológicas, en las que hay que posicionarse: el consenso que el roterodamense suscitaba se rompe y la cultura europea –y muy marcadamente en España– empieza a dividirse en erasmista o antierasmista.

 

 

En este trance se encuentran tanto Moro como Vives: los dos se mantendrán muy próximos al autor del Elogio de la locura, pero ambos con posturas propias. Con todo, entre el canciller inglés y el filósofo español la sintonía de ideas será extraordinaria, como queda de manifiesto no solo por su íntima amistad sino en el paralelismo del gobierno de Utopía (1516), de Moro, y del Aedes Legum (1519), de Vives: los dos tras una misma sabia ciudad. El filósofo valenciano seguía sintiéndose español a pesar de que a sus diecisiete años sale hacia la Universidad de París –y luego Brujas y Oxford y de nuevo Flandes – para no regresar nunca a España, temeroso de una Inquisición –menos beligerante en los Países Bajos– que había diezmado a su familia por conversos, acusados de judaizar, y llevado a la hoguera a su padre el mismo año que se casaba en Brujas con Margarita Valdaura, otra conversa. «Mis noticias de España son tristísimas y me obligan muchas veces a lanzar mis velas al pesimismo», decía quien era de talante jovial y alegre, de natural agapetónico.

El enfrentamiento político de las nuevas naciones en formación y el forcejeo religioso ponen en peligro el proyecto del humanismo cristiano –erasmismo o vivismo–, que es unionista europeo sin dejar de ser universalista, hacia la «república de las letras». ¿Cómo reacciona la filosofía más significativa de aquel tiempo? Juan Luis Vives, que alcanza un prestigio entre los humanistas similar al de Moro y Erasmo, redactará en poco más de veinte años al menos treinta y cuatro escritos que tratan de encauzar los principales acontecimientos desgarradores que se viven en la época. Aunque en lo cotidiano vive bajo la divisa independiente del «sine querela», se preocupa muy de cerca de los conflictos internacionales: «entre los príncipes, la guerra, entre los hombres, las letras; en el seno de la Iglesia, los cismas; dentro de la unidad cristiana, el odio y la venganza». En lo cultural, mientras se va constituyendo una estela de discípulos vivistas, el filósofo converso, bien conocido y admirado en las universidades europeas, mantiene muchas e intensas relaciones, entre ellos con Ignacio de Loyola a quien considera un santo y de quien predice que será fundador de una orden religiosa.

En tiempos convulsos, pues «Vivimos unos momentos difíciles, en los que no podemos ni hablar ni callar sin riesgo», defenderá ciertas ideas políticomorales combinadas con un ideario ético: una Europa unida, con capacidad de frenar la amenaza otomana, junto con la superación del naciente nacionalismo religioso europeo, ya católico ya protestante (sobre Lutero dijo que «azuzó la xenofobia del pueblo contra todo extranjero»), alentado por un nuevo cristianismo en la línea de la «devotio moderna» y del humanismo, basado en la solidaridad del amor cristiano, atentos a una educación popular que debía ser generalizada –dentro de un pensamiento que descubre la necesidad de la pedagogía–, donde las conductas religiosas se amolden a la «imitatio Christi» y no tanto a los dogmas, pues «el insulto de hereje es cruento y atroz, y luchamos no ya contra la herejía, sino contra el hombre», y donde las pasiones se reconduzcan a partir de un profundo conocimiento de sí –muchos le consideran un adelantado de la moderna psicología, además de la pedagogía– y en el que se defendiera «la igualdad esencial de hombre y mujer, que ha de manifestarse también en el matrimonio». ¡Todo esto como programa de acción cuando empezaba el siglo XVI!

Concluyendo, entre lo más positivo del libro de García Hernán, la recuperación de la importancia de Vives, que estuvo a la altura de Erasmo y de Moro, acompañada de la denuncia histórica por retardarse en siglos el debido reconocimiento, que sus dos amigos sí recibieron de inmediato, con contextos que actuaron a favor y en contra respectivamente. Sus escritos en el índice de libros prohibidos y perseguidos los vivistas por la Inquisición, en un ambiente creciente en España de furibundo antierasmismo y de antiluteranismo, corrientes con las que, «totum revolutum», se le relacionó, en una lucha de identidades que el filósofo valenciano pretendía trascender.

Lo mejorable del ensayo: fruto del afán exhaustivo leemos noticias de tercer orden y asistimos a cruces de múltiples caminos que son meras anotaciones –se mencionan unos mil quinientos personajes–, de modo que en muchos párrafos el lector queda extenuado en la lucha por seguir el hilo conductor de la historia central de nuestros tres filósofos principales.

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