Verdades salvajes de vidas grises

30 enero, 2018

José Luis G. Gómez

Hace unas noches, fui a ver cómo Manuel Vilas se desnudaba en público con su Ordesa (Alfaguara, 2018), libro que no se sabe si son memorias o novela, pero del que tras escucharle a él y a Guillermo Busutil, quien presentó con cariño y recato al impúdico aragonés, sí que intuyo que es un libro que se debe leer. En una gran sala, tan llena que por llegar tarde tuve que sentarme en la vergonzosa primera fila, este escritor al que aún no he leído me atrapó en su mundo de verdades grises y corrientes: trozos de vida que se parecen mucho a las vidas de tantos otros –en especial a las vidas de esos tantos otros que no hemos vivido aventuras, ni exóticas ni de ningún tipo–. No me sucede tan a menudo que estas veladas literarias me aporten tanto. Por lo general, cuando asisto a estos saraos suelo conformarme con disfrutar de un aburrimiento no muy plúmbeo o, a lo sumo, con sonreír al escuchar de nuevo alguna vieja anécdota o cotilleo. Estos encuentros tienen más de cita social que de evento literario, y por ello los esquivo cada vez más, que con los años me he vuelto todavía más huraño y perezoso de lo que era. Pero no fue así con Manuel Vilas y su Ordesa, porque lo de hace unas noches fue una genuina revelación para este lector que tira ya para descreído.

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