Utopias feroces

23 junio, 2015
Una niña junto a los huesos y calaveras de víctimas de los Jemeres Rojos. Heng Sinith /A. P.

Una niña junto a los huesos y calaveras de víctimas de los Jemeres Rojos. Heng Sinith /A. P.

ENRIQUE BENÍTEZ

La Historia de la humanidad muestra la reiterada utilización de los jóvenes para implantar nuevas sociedades puras y limpias. El régimen de los jemeres rojos en Camboya fue una de esas utopías que se saldó con la muerte de millones de personas. Dos libros nos sirven para conocer qué ocurrió.

La apelación a la juventud y sus valores no es nueva en la Historia del ser humano. Si bien durante siglos en casi todas las civilizaciones se concedía un respeto a los más ancianos, como reconocimiento a su experiencia y a su capacidad para atesorar y transmitir el aprendizaje colectivo, los totalitarismos del siglo XX concedieron a los jóvenes un papel decisivo en la construcción de nuevos órdenes aparentemente llenos de utopía pero ferozmente atroces en su implantación práctica.

Ya en el primer tercio del siglo XX Hitler y Mussolini quisieron construir sobre la juventud inmaculada esa nueva sociedad feliz, trabajadora e imparable. El caso de Alemania fue mucho más extremo, con la creación de las Juventudes Hitlerianas y su conversión en una maquinaria delatora al servicio de un partido enfermo. En la extraordinaria Historia de los jóvenes (Taurus), el autor del capítulo dedicado al Tercer Reich, Eric Michaud, recuerda que en 1927 se acuñó el lema «Dejad paso, viejos», como constatación de la superioridad imberbe. Además, aporta otras anécdotas menos conocidas pero reseñables. Los nazis organizaron campamentos de verano para instruir a sus pupilos, pero la alegre muchachada hitleriana, entre consignas y desfiles, tuvo tiempo de desparramar su arrolladora vitalidad juvenil por entre aquellos verdes valles y rojas colinas, desatando una epidemia de embarazos adolescentes que obligó a los jerarcas a suspender sus libérrimas acampadas por el escándalo social y las presiones de las azoradas familias y autoridades eclesiásticas.

Pero sin duda el mayor y más cruel experimento de renovación social fue el que se produjo en Camboya entre 1970 y 1975, comandado por Pol Pot y sus jemeres rojos. Tras varios años de dictadura vergonzosa sostenida por los Estados Unidos en aquel olvidado rincón del tablero global en que se había convertido el mundo, la victoria de los guerrilleros camboyanos trajo primero la esperanza a un pueblo oprimido y más tarde la más terrible devastación de un país insólito destruido por sus propios habitantes. En su delirio enfermo, Pol Pot hizo que se vaciaran todas las ciudades, llevando a tres millones de hombres, mujeres, ancianos y niños de regreso al campo para someter a un país entero a un proceso de reeducación, cuyo objetivo era la abolición de la sociedad burguesa y la instauración de un nuevo régimen con sólo dos clases sociales: obreros y campesinos. El resultado de esa locura fue la muerte por asesinatos, torturas y hambre de casi dos millones de camboyanos a manos de sus propios paisanos, ya que Pol Pot convirtió en guardianes a los pobres campesinos analfabetos, y en asesinos cegados por el odio y la doctrina a los adolescentes curtidos en férreos campos de la muerte.

Denise Affonço tuvo el coraje suficiente para sobrevivir al exterminio, y la valentía necesaria como para plasmar sus dolorosos recuerdos en un libro indispensable, El infierno de los jemeres rojos. Hija de francés y vietnamita, secretaria de dirección en varias fábricas de la capital, Phnom Penh, es obligada a marchar al campo, donde pierde a su marido, y donde debe sobrevivir en condiciones brutalmente inhumanas, perdiendo por inanición a su hija de nueve años. Durante su infernal destierro, convertida en un objeto, testigo de excepción de la crueldad de sus semejantes, de su odio, de su absoluta y animal falta de conciencia –sustituido un país entero por la voluntad de Angkar, el todopoderoso dueño de la voluntad colectiva-, el testimonio de Affonço brota con fuerza imparable cuando, de regreso a Francia, descubre con estupor que cierta intelectualidad justifica en la televisión y la prensa lo ocurrido en Camboya. Esa misma intelectualidad progresista que en 1979 veía en Jomeini el salvador de Irán frente a la satrapía de la dinastía Pahlevi.

La narración de Affonço duele a cada línea. El hambre, la maldad, la utilización de su propia orina como desinfectante de las heridas, la pesca furtiva con sus propias heces como cebo: la planificada masacre camboyana no tiene nada que envidiar al genocidio nazi, con sus víctimas convertidas en esqueletos ambulantes, su crueldad intolerable, la superación de todos los límites del horror cometido por seres humanos contra sus semejantes. Una tragedia de una colosal dimensión moral, apenas conocida gracias a unos pocos libros y alguna oportuna película (Los gritos del silencio).

Junto a la descripción aséptica de los hechos, necesaria, también algunos supervivientes optaron por buscar respuestas. ¿Cómo se pudo llegar a ese punto de crueldad? ¿Cómo fue posible que unas miles de personas se dejaran arrastrar por aquella inexplicable voluntad de extender la muerte y dolor por todo un país? Porque si el Holocausto fue perpetrado por una sociedad enferma contra toda una raza, en Camboya fue un exterminio diseñado, planificado y ejecutado por camboyanos contra camboyanos, sin más distinción que la posesión de una cierta educación, alguna habilidad laboral o una mínima conciencia individual.

Rithy Panh se enfrenta en La eliminación a su propio verdugo, un paisano suyo que se hacía llamar Duch y que fue el responsable del centro de tortura y ejecución S21. Su libro es un largo diálogo en busca de una respuesta que no llega. Apartado al campo, se repiten las escenas descritas por Denise Affonço: desnutrición, piojos, trabajo esclavo, humillación, enfermedades, muerte, eliminación. Y también supervivencia: esa extraña fuerza interior que lleva a los seres humanos a luchar con todas sus fuerzas para vivir un día más, para mirar al horizonte con inexplicable esperanza.

Hay un punto de oscura desesperanza en el libro de Rithy Panh. No hay arrepentimiento, no hay dudas, no hay resquicios en la mente del asesino. Mucha gente débil e ignorante o ambiciosa y estúpida está siempre dispuesta a cumplir una orden o una consigna que le permita colocarse un escalón por encima del que le corresponde. Hay en la juventud arrogante y expansiva un fuerte deseo de crecer más rápido, de ocupar cuanto antes el lugar que le aguarda en el mundo. Todo eso lo saben bien los profesionales de la manipulación, los profetas de las utopías feroces, siempre a salvo en la cúspide, lejos de los gritos, de la suciedad y del dolor. Cuidado con la soberbia y la arrogancia, con los atajos y las fórmulas revolucionarias. Con el revanchismo necio y la destrucción purificadora. La Historia no miente. Recordémoslo.

El infierno de los jemeres rojos, de Libros del Asteoride

FICHA
El infierno de los jemeres rojos
DENISE AFFONÇO
LIBROS DEL ASTEROIDE
16,10 €

Este libro es uno de los escasos testimonios publicados sobre el terrorífico régimen que se mantuvo en el poder en Camboya entre 1975 y 1979 y uno de los más desgarradores relatos sobre la opresión política que han visto la luz en los últimos años.

La eliminación, de Rithy Panh

FICHA
La eliminación
RITHY PANH
ANAGRAMA
18,90 €

Treinta años después del fin del régimen de Pol Pot, que causó la muerte de 1.7000.000 personas, el niño se ha convertido en un cineasta de prestigio. Decide entrevistar a uno de los grandes responsables de ese genocidio: Duch. La eliminación es el relato de esta confrontación fuera de lo común.

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