Una cafetera roja

6 mayo, 2018

GUILLERMO BUSUTIL

Cada día un cuento. Un golpe de mirada alrededor de los que nos viven y nos sorprende en medio de la existencia cotidiana, de lo que leemos en un libro o en un prospecto de farmacia o en el rostro o la espalda de alguien que se nos cruza, sin que lo sepamos, a propósito. Lo mismo que los antílopes y las presas que se ponen en el camino de sus cazadores. Son los víveres de las bestias, lo mismo que los extrañamientos y las criaturas son el alimento con el que un escritor se descubre así mismo una imagen, una idea, un relámpago a partir del que se construye un cuento y se lo cuenta. Primero a él para convencerse de que es bueno y original y único, de que le gustaría a sus maestros, Cortázar, Borges, Maupassant, Poe, Eloy Tizón, Sara Mesa, Juan Mayorga que los pone en escena para que tengan mejor cuerpo y cara y se muevan y nos interpelen de frente y de sombra. Es lo que suelen hacer algunos escritores e intuyo y leo que también Gonzalo Campos Suárez. Un debutante que sabe desde joven, le viene de madre pero sobre todo de padre, que el lenguaje tiene que tener un buen estado de salud, una estirpe con la que conversar y a la que explorarle los secretos, incluso a la que traicionar. Igual que sabe, le viene también de hermano, que la poesía es la temperatura del lenguaje, el latido siamés del cuento con el que comparte el detalle de lo preciso, de la contención, del final cuyo eco presiente otro final más adelante, unos versos más al envés o un cuento en el que se resuelva de todo la metamorfosis o la huida. Sin olvidarnos de que si queremos enriquecer el género como pieza moderna ha de tener, no le falta a Campos en su bagaje porque le viene igualmente de hermano, un encuadre narrativo de corto, el ritmo del cine que busca ángulos o juega a ocultarnos lo que nos enseña.

De todo ello hay algo en Mi bello Fauvel, un libro de cuentos para leer a deshoras, como todos los libros, como todos los cuentos, y más aún en los días de hoy donde leer es un acto de subversión contra la falta de tiempo o su ordenamiento uniformado. Una reivindicación de salirse de lo leído y de lo que nos lee con acento de rutina. Es Mi bello Fauvel un libro territorio con equis en su corazón. Un trazo cruza en diagonal por el París que Gonzalo Campos Suárez trasviste de personaje secundario y atmósfera entre la que suceden los personajes y atrapa al lector con aroma a croissant y a boulangerie. El otro pertenece a los hombres y es como una cicatriz que nos cruza el rostro y el secreto de lo que fuimos, de lo que en una mañana nos convertiremos al despertar, del único rastro que deja en el aire el instante de visibilidad de la desaparición. Igual que la de los prisioneros de un campo de concentración donde un disparo ejecuta el vacío de un pijama a rayas flotando en el aire. Encontraremos en ambos territorios a esposos duelistas; a mujeres fatales en un interrogatorio sobre viajeros engañados; a panaderos que ven desaparecer las recetas familiares de su mundo y a la Torre Eiffel; a un eremita cansado de la inmoralidad de sus paisanos y de la competencia de los hombres estatuas que le roban su desengaño; a parejas de rivalidades amistosas y desenlaces de felicidad con un café de corintio rojo. No le falta al índice de historias que buscan la sonrisa inteligente del lector la de un oso de peluche homicida; la de un jeque cuya vida cambia el día que entra en Shakespeare and Company y en sus anaqueles encuentra la lámpara mágica de El único y la propiedad de Max Stirner acerca de que todas las religiones e ideologías se asientan en conceptos vacíos. Extrañamiento y surrealismo, minuciosidad del detalle y plasticidad en narraciones breves en las que se nota la querencia final de Gonzalo Campos Suárez por el teatro que nos regala como colofón, antes de que cerremos el libro constatando que siempre nos quedarán la literatura y París.

FICHA
Mi bello Fauvel
GONZALO CAMPOS SUÁREZ
EDITORIAL ADESHORAS
15 €

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