Un pirata sin bandera

8 julio, 2018

GUILLERMO BUSUTIL

Un plato con sal y unas tijeras abiertas sobre la barriga. No sé si a la Transición española la amortajaron así. Tampoco si fueron esas las peculiares monedas de Caronte para cruzar al otro lado la infancia de los sesenta, de quienes entonces fueron piratas de Salgari y sobreviven hoy como cincuentañeros en los procelosos mares de la literatura. En todo caso tendríamos que preguntárselo, cerveza y libro en mano, a Rafael Reig. El novelista nacional que nunca ha creído en las señales de humo del panorama socio político cultural y continúa siendo un caníbal de sonrisa tímida y bonachona, arisca y solitaria, y al que sólo le importa regalarnos libros que él mismo vendería en el establecimiento de historias que regenta en la periferia madrileña. Y había que interrogarle a él sobre esa imagen conjuro el difunto porque esa es la estampa de Paco Ponzano, huérfano presente de cuerpo en el inicio de la última novela en la que Rafael Reig tira de daguerrotipo de la memoria y de aquella patria nacional católica donde las monjas y los curas instruían la educación de los infantes. Tanto de los que soñaban con ser registradores de la propiedad, funcionarios de oficina y delanteros centro del Zaragoza, como de aquellos cuyo reflejo en el espejo era Sandokán, el heroico y rebelde tigre de Malasia al que tantos le debemos la maestría de andar a oscuras con un cuchillo entre los dientes, tener un amigo en la batalla y los brindis –el Yáñez de Reig es el Orejudo de Sandokán-, y un amor parecido al de la perla de Labuan. Criaturas del imaginario del protagonista de Morir iguales, Pedrito Ochoa, y narrador de las peripecias de esta existencia de iniciación con ecos de Dickens y cicatrices de una memoria existencial.

está llena la literatura de huérfanos frente a la adversidad y su destino, listos como pícaros, nada se les escapa entre las manos, su sabiduría popular y su instinto individualista, a estos hijos y dueños de la tragicomedia, Pepitos Grillos de su propia vida, de una generación zurcida e hilvanada por los rotos de los mismos sueños, las ambiciones iguales, y el peso social del rencor, la exclusión, las fronteras morales con mucho de western en aquellas infancias de guapos y feos, de galgos y cuatro ojos, de lacras con denominación de origen y barrio y de identidades cortadas al patrón o inventadas por la gracia de una labia al servicio de la supervivencia de corte y confección, el éxito y los fingimientos entre el fracaso y la resurrección. De todo esto encontraremos en esta novela de Reig, afilada y cortante en lo más humano y sabrosidad del lenguaje que las anteriores en las que el autor ha ido confeccionando su universo de ajuste de cuentas con las historias, las suyas, de la Historia a la que le descose el dobladillo, le levanta la falda y le descubre las miserias y las soledades.

Lo hace Reig al igual que en Un árbol caído, con una prosa de otoño seco, amarga y descreída que nos mira a los ojos, nos interroga el estómago y nos cuestiona lo que en nuestra Historia y nuestras historias hemos decidido reinventar u omitir. En este caso el miedo, los arribismos, la corrupción, la venganza de clase, la religión, las coartadas políticas, la falsa moral que late en la progresión social del huérfano Ochoa que escapa de la tiranía de sor Águeda y es acogido por una familia franquista que le facilita estudiar Derecho y emplearse en hacerse rico, mientras el pasado no le muerda la sombra de sus zapatos, y en mantener el amor y el sexo de Mercedes y de Paquita. Otras de las estupendas criaturas que pueblan esta novela lúcida y corrosiva, galdosiana en la estampación de las descripciones y las psicologías morales de sus criaturas de ficción y carne, en la que unos se queda con la lealtad de Escurrín y otros con el sentido común y el hábil oportunismo de Pardeza. El canto a la amistad de esa infancia con ecos de Fellini en la que brilla el mejor dominio narrativo de Reig. El único territorio en el que cree y salva de toda la mierda que arrecia después la vida, todas las vidas.

FICHA
Para morir iguales
RAFAEL REIG
TUSQUETS
19 €

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