Un libro solo o con leche

7 septiembre, 2012

Interior del Café Central de Viena.

Interior del Café Central de Viena.

ALFONSO VÁZQUEZ

En el principio fue la oscuridad, hasta que en el siglo XVII, antes del Siglo de las Luces, el paladar y el olfato de los europeos se enriqueció con el café, el llamado vino de los árabes. De 1650 data el primer establecimiento para tomar café de Europa, en la ciudad inglesa de Oxford, aunque la llegada de este brebaje sanador a Centroeuropa fue mucho más libresco: en 1683 el polaco Kolschintzky, que luchó contra los turcos en el cerco a Viena, pidió como recompensa los fardos de unos granos abandonados por el enemigo que las autoridades creían forraje para camellos.

Con esos sacos abrió el primer café vienés, colándolo y añadiéndole leche, dos decisiones vitales para el éxito del producto en Europa y América.

En España hay buenos y legendarios libros sobre cafés, entre ellos el dedicado al histórico café Pombo por su cliente más ilustre, Ramón Gómez de la Serna, pero faltaba una obra más ambiciosa sobre los cafés y su influencia en el mundo occidental, hueco que acaba de llenar ­–hasta los bordes y sin derramar una gota– el catedrático coruñés e historiador del arte Antonio Bonet Correa, actual director de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando.

El libro se llama Los cafés históricos y tiene el aroma de los trabajos completos y amenos, porque la obra, editada por Cátedra, además de bonita y plagada de grabados y fotografías, es una verdadera enciclopedia cafetera que parte del discurso de recepción en la Academia de San Fernando del autor, en 1987 (primera parte del texto) y va creciendo como la espuma de un capuchino hasta recorrer casi todas las esquinas del mundo cafetero occidental.

Los cafés históricos demuestra con creces la enorme importancia que han tenido estas modernos ágoras en el desarrollo del pensamiento universal. A España llegó el café en el siglo XVIII, el mismo en que Bach compuso su famosa Cantata del Café («¡Oh, cómo me gusta el café azucarado! Es más agradable que mil besos») y la bebida sirvió para que los cafés se convirtieran en foros de debate de la Ilustración, un papel que el propio ministro Jovellanos quiso alentar en poblaciones pequeñas de España, para acabar con la abulia, que llevaba a las malas prácticas, y ofrecer a cambio ocio y educación por el precio de una taza, en unos espacios donde se difundían las noticias y se aprendía del mundo.

Cafés ilustrados que darían paso con la llegada del XIX a cafés «con el sabor de una institución liberal, parlamento privado de unos pocos, primer paso de una solidaridad y una convivencia social hasta entonces desconocida», en palabras de Gómez de la Serna. Establecimientos donde reinaría Larra, amante y a la vez fustigador de los cafés, pues los prefiere menos lóbregos y si es posible, en terrazas al aire libre.

El carácter conspirativo de los cafés se irá perdiendo con la llegada de una clase media que los irá haciendo suyos y aburguesando, llenándolos de lujos y comodidades, para convertirse en amplios espacios de tertulia y refugio de pintores y escritores, un papel que seguirá dominando hasta el primer tercio del siglo XX (y en España con la posguerra), cuando la irrupción de bares americanos y las cervecerías les harán perder su estrellato.

El trabajo ingente del autor apenas deja un espacio por tratar. El recorrido por los cafés históricos es muy minucioso y por sus páginas desfilan establecimientos españoles unidos a la historia del arte y el pensamiento como los cafés Gijón, Pombo y Fornos en la capital de España; Els Quatre Gats en Barcelona; El Kursaal de Sevilla, y un paseo por los cafés cantantes que tanto proliferaron en la segunda mitad del XIX en Málaga, Sevilla, Jerez de la Frontera y Cádiz, y que instalados en antiguas casas andaluzas y con patios de columnas, tanto contribuyeron al fomento del flamenco, hasta convertirlo en un fenómeno nacional. Antonio Bonet Correa por supuesto no se olvida de los cafés y el papel que tuvo esta bebida fuera de nuestras fronteras y dedica completos artículos a los cafés de Francia, Italia, Viena y el resto de Centroeuropa, así como una incursión en los de Latinoamérica y América del Norte.

Junto con artistas que se nutrieron de los cafés como Picasso, Toulouse Lautrec, Cela (La Colmena, nada menos), Hopper o Verlaine, quizás el más paradigmático aunque no tan conocido es el escritor austriaco Peter Altenberg (1859-1919), que cuenta con una escultura de madera policromada y a tamaño natural en la mesa en la que solía sentarse en el Café Central de Viena, que consideraba su verdadero domicilio. En su poema Café, Altenberg resumió el espíritu de los verdaderos cafeteros de estas joyas de cafés históricos, rescatados con amenidad y precisión por Antonio Bonet Correa:

«Tienes problemas, cualesquiera que sean, ¡anda al café!/ Ella no puede reunirse contigo, habrá una buena razón, ¡anda al café!/ Llevas rotas las botas, ¡anda al café!/ Ganas 40 coronas y gastas 500, ¡anda al café!….». Habrá que ir.


FICHA
Los cafés históricos
ANTONIO BONET CORREA
CÁTEDRA
28 €

Los cafés, espacios de convivencia, tertulias, diversión y espectáculos, han sido siempre un lugar de observación del género humano, una atalaya para ver discurrir las horas y las estaciones del año, sentir el tránsito de la existencia humana. Área plena de vitalidad, es también refugio de soñadores solitarios, además de una especie de antesala de la muerte. De ahí toda la literatura melancólica que han generado los cafés. Ramón Gómez de la Serna, evocando la salvadera, el primitivo cronómetro de Saturno colocado sobre el velador, concluye que en ningún otro lugar que “en un café se siente la lámpara viva del tiempo y el sabio reloj de arena está en cada mesa”.

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