Un hombre improbable

2 noviembre, 2015

GUILLERMO BUSUTIL Nadie tiene vocación de improbable. Lo escribe Francisco Solano en la página de un libro como si fuese la pintada de una pared. Incluso suena como el papel que alguién saca del fondo de una botella y con el que debe iniciar el juego de crear un relato. Conozco a un buen hombre curtido en oficios y en la vida que se preguntaría si se puede escribir un libro sobre ese principio, si merece la pena leerlo, si no es mejor hablar de lecturas que te evadan fácilmente, que no incitan al lector a acudir a ningún tipo de diccionario. Un libro cuyo lenguaje no te preocupe ni te inquiete. No es improbable que existan respuestas inteligentes y oportunas a sus preguntas. Tampoco que exista alguien capaz de impartir una excelente conferencia acerca del tema. Igual que el perfecto conferenciante que sabe a quién debe mirar su lenguaje, en qué momento ha de abrir una frase memorable que ilumine una sonrisa o un interrogante en el rostro de su público. Es un arte difícil, hay que tener pasión y pericia. Igual que el personaje de Lo que escucha la lluvia de Francisco Solano, un individuo improbable que indaga en si los recuerdos son invenciones o huellas imprevistas que salen a flote o están adiestradas para ser recordadas cuando conviene. Un escritor de paso, como todos los escritores, que se pregunta si hay intimidad en los aeropuertos, en las celebraciones funerarias, bajo la lluvia de una tarde de agosto.

El mismo hombre improbable al que no le importa si realmente existe o es alguien dibujado en sombra por la mirada de otro. Esta clase de personas saben que a los hechos los erosionan el olvido, que cada palabra es una huella, cada sonido un indicio, cada pausa un barranco de silencio. Lo han aprendido caminando a solas en medio de la gente, interrogándose incoformistamente, pensando sobre si los sueños te avisan o te traicionan. Porque leen libros que no son caramelos contra el mal aliento de la realidad ni estaciones en las que esperar que pase el tiempo. Los tipos improbables piensan que la infancia se esconde en la corriente del río, que la vida puede desgastarse en una dirección errónea, que la actualidad no es una mariposa clavada en un corcho, con un nombre de etiqueta. En sus viajes han descubierto que sólo es invisible su reflejo en los espejos de las habitaciones de los hoteles, donde también se produce una sencilla conciencia de la muerte y de la verdadera naturaleza de ser anónimo.

¿Habla de todo esto Lo que escucha la lluvia o se trata de la lectura qué hace uno de esos lectores que contribuyen a crear la parte que le corresponde y que no es otra que la interpretación? Un libro puede ser el eco repetido de una eterna aventura, una indagación en los rumores de la memoria, la rutina de la vida de otro, y también una historia que puede borrarte del lugar en el que uno cree que está o  convertirte en otra persona. Incluso en ese hombre improbable que evoca su infancia en un pueblo, que recuerda la muerte de su padre, que jugaba con un barquito en la corriente del agua, que imagina las vidas de las personas que ve desde su ventana. ¿No es lo que hacen los hombres corrientes?, ¿quién no tiene en su currículum vitae una de estas acciones? Son experiencias compartidas. Nadie se salva. Tampoco de volver la mirada atrás y comprobar si los paisajes fueron escenarios  imaginarios o un instante en el que nuestro tiempo de entonces permanece.

Hay libros que hablan de héroes, de historias que primero fueron sucesos de prensa, de puentes en los que una mujer grita el nombre de un fantasma o en los que un coche es la fuga del miedo en la noche. En sus páginas nada pesa, ni siquiera su lenguaje. En cambio hay libros que te enseñan a desconfiar de las palabras, a distinguir entre merodear y vivir, a que la lluvia no te cale los huesos de las emociones mientras atraviesas el tiempo que se abre dentro de esa cortina que cae y luego se desvanece.

FICHA
Lo que escucha la lluvia
FRANCISCO SOLANO
PERIFÉRICA
14,25 €

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