Tánger, la vieja sirena

19 marzo, 2018

GUILLERMO BUSUTIL

 

Hay novelas que se queman al sol o que el tiempo desmorona dejando en el aire el revoloteo de una huella. Hay novelas que mueren y que pasado un puñado de olvido vuelven a renacer. Sucede porque, lo ha querido Seix Barral, y porque son novelas con corazón de espejo en las que se miran los lectores de diversas épocas para soñar lo que fueron, lo que queda de un esplendor que se persigue como destino del turismo cultural. Ocurre con Tánger, mítico puerto de identidad plural con diversidad de lenguas: la jaquetía sefardí, el castellano de promesas blancas, la del espionaje bilingüe y las inglesas y francesas de un cosmopolitismo de seducción. Ciudad que fue un lugar en el que escribir de dentro hacia el sol y a piel; una escritura definida por el mestizaje de miradas, y un objeto al que la literatura le otorgó una condición de eterno protagonista.

Nada como «la vida perra de juanita narboni» para explicar esa metamorfosis de Tánger, y también el aroma y la magia de sus escenarios de papel, sus olores, del espejismo que fue un momento de su leyenda, y su historia narrada por una mujer con un monólogo en arco desde la infancia a la vejez. Su voz embriagada de belleza perdida y en soliloquio de ajuste de cuentas con los fantasmas de su hermana, la más hermosa y criatura del amor y el odio sin rival en ella, el de su madre, entre la castración y la ausencia de una ternura melancólica, y el fantasma de sí misma, al límite de la cordura, políglota su soledad, y de la mentira que siempre dice la verdad: qué difícil es vivir con humos y sin dinero, y con frío en el pasillo; qué difícil escapar por una ventana hacia un cielo con la luna tan alta que no se refleja en el agua.

Ángel vázquez, que inventó Juanita Narboni para huir de Antonio Vázquez Molina, fue del todo consciente de que más que un libro escribía una novela como topografía de la ciudad y su supervivencia. Un daguerrotipo literario en el que congelar el eco de las voces sin tiempo de aquella especie de república de judíos con dinero, de españoles con sueños de grandeza y de libertad, de ingleses y franceses seguros siempre de estar gozando de sus colonias, y de norteamericanos con pasaporte de bohemia. Una novela con alma de documental en blanco y negro y en off la conciencia –como bien supo ver Javier Rioyo al crear Tánger, esa vieja dama– en la que divertirse en el Teatro Cervantes, merendar lenguas en la Española o brindar con un dry en El Grand Café de París y por la que andar cuesta arriba y cuesta debajo de la mano y de la locura de una Juanita Narboni cautiva de un autor Flaubert a contrapelo del fracaso que la inventa y la escenifica como una angustia mustia y mutua, una penumbra de mujer en medio de una telaraña de cristal que es Tánger. El sedoso de las evocaciones de un tiempo de cabaret parisino con la piel morena; la de la trampa de la vida en la que se mezclan el monólogo de lo soñado y de lo vivido, el desmadejamiento de Juanita y el carrusel de personajes que se entrecruzan en su memoria con ella, y en ella sus voces íntimas, sus voces de asombro, sus voces de afrenta y de abandono, echándose de menos, borrándose todas, igual que Juanita en una memoria del esplendor que se desmorona. El Tánger del último Grand Tour mutando en su decadencia mientras a ella le sucede la suya: sirena varada con la existencia airada por el levante, a punto también de ser una mariposa frágil en un instante de luz quemándose en sombra.

Una novela de rica musicalidad verbal, entre lo coloquial y lo barroco, y de una sentimentalidad poliédrica, máscara y epidermis de su autor Ángel y Narboni, Juanita y Vázquez, a través de una rota feminidad y del latido dorado venido a gris de su ciudad, dos amantes cautivos de una época y de cuya expulsión del paraíso, igual que sucede en la vida siempre, sólo uno escapa y rehace su futuro.

FICHA
La vida perra de Juanita Narboni
ÁNGEL VÁZQUEZ
SEIX BARRAL
18 €

 

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