La música encambada
MARCAPÁGINAS / 3 julio, 2016

GUILLERMO BUSUTIL Tuvo siempre el maestro una estilográfica para trazar sinfonías de viaje, el aria de un instante de café o el tango de su mirada alrededor de todo lo que se llevaba al papel con aire de periodismo observador, furtivo y en fuga. No fue nunca Julio Camba una pluma al servicio de ninguna majestad. Tampoco un espía de esmoquin en Londres ni en Berlín, por donde anduvo siempre voltaireniano, de café en café. Igual que no ejerció de literato de prensa rebelde como Chaves Nogales. Más bien fue un tipo elegante, retratista de psicologías humanas y de ambientes, un gallego punzante al que le gustaba la vida en corto que fotografiaba con esa estilográfica impresionista de viaje, y hedonista en los caprichos de su trazo. También lo era  en su conversación. Tanto en casa Ciriaco donde comía a diario bajo la sombra de Valle-Inclán como en el bar del Hotel Palace de Madrid en el que hospedó siempre su personalidad y su sintaxis. Su magisterio es fundamental, al igual que el de Gaziel, el de Chaves Nogales, el de Pla, el de Delibes, el de Umbral y el de Alcántara, para aquellos que hacemos de la crónica y…