David Trueba: ‘So emotional’

9 octubre, 2017

GUILLERMO BUSUTIL

Todos conocemos el final. Y el final no es feliz. Así empieza la historia de Dani Mosca en 360º a la redonda. La metáfora de una generación, que peina canas y tararea desencantos y éxitos con cicatrices, y que como todas tiene su árbol de la vida en la infancia y en la amistad. Las dos grandes ramas de la existencia a las que todos nos subimos para trepar a la aventura del futuro y aprender crecer sin suelo, a retar lo que somos, y también lo que escondemos. Ilusión y vértigo en esos años en los que ninguno sabe que muchos besos terminan sabiendo a trapo viejo, que cuando se abre el abismo es importante que haya un abrazo que nos rescate, y que las pérdidas tienen el estribillo de una canción. Pablo Milanés, Billie Holliday, Morrisey, Los Kinks, Dylan. Hay rebeldía también en esta historia de iniciación sentimental y de viaje a la madurez con la que David Trueba ha compuesto un emotivo road movie, con un muerto en el asiento de atrás, su padre, y un conductor para el que su oficio no es fúnebre, sino todo lo contrario: una catarsis acerca de la vida y en la que cada pregunta supone el hallazgo de un mundo. Mucho pulso juega este ecuatoriano Jairo en la memoria de la voz del cantante de Los Moscas, la banda de El Animal y de Gus, un glotón de la felicidad con magia a la batería y un dandy de eterna juventud sobre el filo de todas las navajas, unidos por las letras con las que Daniel Campos hace una poesía que se le derrama romántica y existencial pero que nunca baila. “Buscaba amor y encontré guerra”, suena a balada de nocturna con tragos de memoria y una piedra de hielo. Elton John, Led Zeppelin, Alice Cooper, Bowie, ninguno nos salva, al Trueba cantante tampoco, de esa realidad con tatuaje en la piel y que tantas veces sirve, como sucede en esta novela, para que la melancolía suba al escenario y nos silbe su hit parade al oído del corazón.

Tierra de campos es el título de esta historia con paisaje de secano emocional y a lo largo del viaje por los recuerdos con los que Truena nos recuerda que las canciones s una fantasía, a veces un deseo, sentimientos reales que se transforman en sentimientos de canción. Una manera de buscarse y de escapar, girando sobre las dos caras de la vida y de uno mismo en una historia de de 45 rpm. Su estructurada es una bitácora que surca diferentes mares como carreteras de superación con un emborronado horizonte que se soñó: la relación del protagonista con sus padres –una madre hurtada antes de tiempo por el alzhéimer, un progenitor como conflicto y deuda que cumplir, ser enterrado en su pueblo natal-; un secreto oculto en el ADN cuyo descubrimiento supone una conmoción; el hallazgo de la música como conjuro de los desafectos, los fracasos, y la muerte que a veces es la curva pendiente de la droga; el valor impagable de la auténtica amistad y del amor como brújula y de naufragio. La Velvet, Cindy Lauper, Nina Simone, La Lupe. Cada pasión y su boca tienen su música alrededor de la cintura y del corazón, la certeza de que lo importante es besar más allá de la piel. Lo irá descubriendo Dani Mosca a través de los campos de su memoria, y por supuesto de Sonia -rosa y áspera, guerrillera y oeste-, de Olivia y su manera de nadar el deseo, y de Kei, la japonesa ex mujer que parece esperar que el protagonista encuentre la paz y deje de preguntarse cuando mira a sus hijos, Maya y Ryo, cuándo dejamos de hacer castillos a borde del mar.

Crecer es aprender a perder, madurar el conocimiento de lo que somos. El viaje, siempre el viaje en las novelas de Trueba, recorriendo una España que ya es fantasma y el mundo virtual en el que ahora se vive. Como otra forma de lucha y soledad. Eddie Corchran, Chet Baker, Maria Bethania, Tom Waits. Vivir es una canción a la que cada uno le pone su música y su épica de ideales, esperando siempre que en frente existan unos ojos que nos reinventen.

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