Peldaños hacia el terrorismo

8 septiembre, 2012
Originario de Sabadell, Roger Mimó vive en Marruecos desde 1989.

Originario de Sabadell, Roger Mimó vive en Marruecos desde 1989.

JESÚS LENS

Roger Mimó, autor de esta extraordinaria Veintidós peldaños, publicada por la editorial Almed, es uno de esos escritores que, afincados en un país extranjero, Marruecos en este caso, tienen una amplia perspectiva histórica, sociológica, política y cultural de lo que ocurre en su territorio de acogida y, después, saben cómo contarlo.

Por eso no es de extrañar que, después de publicar una interesantísima guía de viajes del país alauita o El largo camino africano, una narración de las aventuras que vive el autor cuando emprende un completo y complejo viaje, en un jeep artrítico, por Marruecos, Argelia, Mali, Costa de Marfil, Mauritania y Guinea Conakry; Roger Mimó se descuelgue ahora con una fascinante novela de un tema, por desgracia, de gran actualidad: el terrorismo islamista.

Veintidós peldaños lleva como subtítulo, precisamente, Memorias de un terrorista islamista y los escalones a que se refiere el autor son todos y cada uno de los estadios por los que pasa un muchacho tan brutote como noble, nacido en una zona depauperada de Marruecos, hasta verse convertido en una bomba de relojería a punto de estallar.

Cuando asistimos a acontecimientos como los protagonizados por Mohamed Merah, el joven y desquiciado asesino de Tolousse, nos preguntamos cómo es posible que alguien pueda perder la cabeza y la razón hasta ese punto. La adictiva lectura de Veintidós peldaños nos sirve para conocer un poco mejor los mecanismos que pueden convertir a una persona normal en un asesino en masa.

Reconozco que, al leer de qué iba Veintidós peldaños, me dio cierto miedo. Ojo, el tema me parecía, y me sigue pareciendo, apasionante, pero después de haber leído las novelas de Yasmina Khadra, temía que el descenso al abismo del terrorismo islamista al que nos invita Mimó me sonase a conocido. Peor aún, a repetido.

Pero no. En absoluto. No hay que tener el más mínimo recelo y cualquier atisbo de duda se disipa prácticamente desde que comienzas una lectura absolutamente recomendable, necesaria y esencial para saber muchas de las cosas que pasan ahí abajo, ahí al lado, en un país del que somos vecinos y con el que estamos felizmente condenados a entendernos.

¿Hay religión en la conversión del protagonista de la novela? Sí, claro. Pero mucha menos de la que te puedas imaginar. Y, desde luego, no del tipo que estás pensando. Porque para que un chaval normal y corriente decida convertirse en un asesino en masa, la religión tiene que venir acompañada de más cosas. De muchas más cosas. De una situación económica complicada, por ejemplo. De un entorno familiar que no es fácil. De una sociedad opresiva. De unas expectativas demasiado altas. De una realidad más dura aún. De los sueños que se rompen. De los sueños que nos roban. De los sueños que se convierten en pesadillas.

Cuando leas Veintidós peldaños –porque tienes que leerla, me lo agradecerás– hablamos de todo esto y demás. Hablamos, que el libro tiene miga y, lo que es mejor, se lee a la velocidad de un huracán.

Una vez que pasas las primeras páginas y subes el primer peldaño, ya no podrás dejar de ascender hasta alcanzar el veintidós, el más alto y definitivo. Ya verás que no haces un alto en el camino, que no buscas un rellano en el que coger aliento. ¡Todo hacia arriba!

FICHA
Veintidós peldaños
ROGER MIMÓ
ALMED
35 €

En la ciudad de Tánger, un joven militante islamista sube la escalera de un lujoso restaurante con la intención de hacer estallar allí un artefacto. A cada peldaño le viene a la memoria una etapa de su azarosa vida, recomponiendo poco a poco las circunstancias que le han llevado hasta esta situación: la pérdida de su padre, un intento fallido de emigrar a Europa, diferentes trabajos precarios, un matrimonio precipitado, un elevado número de hijos que no puede mantener, su paso por la cárcel a causa de una reyerta y, por fin, el encuentro con los fanáticos que le han llenado de nuevas ideas su escasamente cultivado cerebro.

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