Retrato en blanco cadáver

11 julio, 2015
Manifestación en Argentina en protesta por la impunidad de la violencia contra la mujer.

Manifestación en Argentina en protesta por la impunidad de la violencia contra la mujer.

ENRIQUE BENÍTEZ

La argentina Selva Almada rescata en Chicas muertas la memoria de cientos de mujeres asesinadas en su país bajo la pasividad social y policial

El pasado 3 de junio, hace apenas un mes, cientos de miles de argentinos tomaron las principales plazas de sus ciudades para gritar «Ni una menos». Las manifestaciones se extendieron a países limítrofes como Chile y Uruguay, y lograron una gran cobertura mediática. Latinoamérica es hoy por hoy un continente azotado por la violencia de género, por el asesinato impune de miles de mujeres. No se trata sólo de Ciudad Juárez, de México o de algunos violentos países de Centroamérica: sólo en la europea Argentina han sido asesinadas casi 2.000 mujeres y niñas –sí, niñas y adolescentes– desde el año 2007. Casi 300 mujeres al año, una mujer o niña asesinada cada día. Una cifra intolerable que hasta ahora no ha sido importante para una sociedad cuyo declive económico camina de la mano de su podredumbre moral.

La gota que ha colmado el vaso de la paciencia de un país acostumbrado a tolerar relaciones de chicas muy jóvenes con hombres maduros y bien situados, a mirar para otro lado en estos casos de estupro consentido, fue el asesinato de Chiara Quevedo, una chica de 14 años, embarazada, asesinada por su novio y enterrada en el patio de su casa. Un crimen casi habitual en la sórdida historia criminal argentina, plagada de muertes violentas, de restos de chicas jóvenes encontradas en pantanos, riberas, descampados, zonas boscosas. Nic Pizzolatto habría tenido material de sobra para cualquiera de sus series, con el hándicap de tener que lidiar en Argentina con una policía corrupta y apática, y un sistema heredado de la dictadura y muy alejado de cualquier avance científico y remordimiento moral.

Selva Almada era una chica de provincias –Entre Ríos– cuando asesinaron a Andrea Danne en 1986 de una puñalada en el corazón. La noticia, escuchada en la radio, la acompañó durante muchos años. Poco a poco supo de otras muchas muertes inexplicadas, siempre con mujeres jóvenes como víctimas, apenas investigadas, muchas impunes. Y así al caso de Andrea Danne sumó los de María Luisa Quevedo, de 15 años, asesinada en la provincia del Chaco en 1983, y el de Sarita Mundín, muerta en Córdoba en 1988. Chicas muertas. Un libro en el horizonte.

Lo que más llama la atención de esta novela de no ficción, de este libro tan necesario para conocer la realidad oculta de Argentina, es la mugre que lo cubre todo. Porque no sólo descubre un machismo salvaje que perdura hasta nuestros días, sino que también fotografía unas costumbres –esa permisividad de unas relaciones claramente descompensadas, esa supervivencia rayana en la prostitución, ese mirar para otro lado de tanta gente impotente y quizás ya cínica tras tanto sufrimiento– que nos espantarían si ocurriesen cerca de nosotros. Creíamos que muchos países habían dejado atrás sus años más negros, pero la oscuridad pervive con otras formas y otros protagonistas.

Chicas muertas reconstruye estos tres casos, que como tantos otros llegaron a un callejón sin salida. La policía de aquellos años, recién superada la dictadura militar, sabía más de torturas y de sobornos que de investigaciones criminales. Muchos testimonios pero poca fiabilidad. Ni pruebas ni rastros. Y cuando los casos llegaban al juzgado se mezclaban viejas afrentas, celos, venganzas personales y ajustes de cuentas. Un caldo de cultivo idóneo para la impunidad, para la continuación de todos estos asesinatos rituales ejecutados en nombre del amor de hombre, del amor posesivo y auténtico.

«Ni una menos», gritaron miles de gargantas por fin en Argentina. Un homenaje a Susana Chávez, la poetisa y activista mexicana que en 1995 escribió un poema («Ni una muerta más») para clamar en el desierto contra los asesinatos de Ciudad Juárez y que fue a su vez asesinada en 2011. Ni una menos, gritamos todos. También deben hacerlo los poderes públicos, y por supuesto los medios de comunicación: el papel de diarios como Clarín o Crónica en la cobertura de los asesinatos de estas Chicas muertas fue más escabroso que deontológico: la muerte como reclamo, una vez más. Y fotos y testigos dudosos y acusaciones sin contrastar. Nada nuevo bajo el sol.

çDe la edición española del libro de Selva Almada llama la atención que las reseñas en su país hablen de ficción, de Faulkner, de Harper Lee. Como si la autora se hubiese inventado un territorio de ficción y estas chicas muertas no hubiesen existido nunca. Como si el mal pudiese encerrarse entre límites inexistentes, entre fronteras que no tocan la realidad. Pero Entre Ríos no es Yoknapatawpha, mal que le pese a muchos. No es un microcosmos donde conviven realidad y ficción, no es el profundo sur con sus desmanes raciales y sus injusticias sociales. Es real, palpable, casi se puede masticar. Las chicas muertas existieron, los asesinos nunca fueron descubiertos, sus familias lloraron y lloran la pérdida, incluso hay quien sigue investigando, aún hoy, quizás por el honor de la familia, o por un prurito personal en una sociedad embarcada en la difícil tarea de sobrevivir al desempleo, la corrupción y la ausencia de oportunidades.

Selva Almada también nos quiere decir otra cosa no menos importante en este libro intenso. La suerte de estas chicas podría haber sido la suerte de cualquier otra chica de su edad. Porque también ella y sus amigas con edades tempranas y deseos de libertad y emancipación cometieron imprudencias. Hacer autostop para ir a una fiesta en otro pueblo –como hicieron aquellas chiquillas de Alcásser, al parecer–, caminar de noche por zonas solitarias y oscuras, elegir la pareja equivocada. Demasiado real, demasiado cercano. No es ficción: miles de mujeres en todo el mundo conviven con el riesgo por el simple hecho de ser mujeres y formar parte así del capricho de un hombre, de la diversión de unos muchachos bebidos, del azar más tenebroso y al mismo tiempo cotidiano.

Una sociedad debe mirarse al espejo y enfrentarse valientemente a sus fantasmas y sus propios monstruos. Algunos de carne y hueso, muy familiares: hombres convencidos de que la vida de las mujeres les pertenece. Es una buena noticia que por fin en Argentina y en otros muchos países comience a hablarse abiertamente de estos temas, con valentía y rigor. La literatura debería ser como un pistoletazo en medio de un concierto. En la algarabía argentina, el libro de Selva Almada debería resonar como una auténtica explosión. Ni una menos, ni una muerta más.

Chicas muertas, de Selva Almada

FICHA
Chicas muertas
SELVA ALMADA
RANDOM HOUSE
15,90 €

La prosa nítida de Selva Almada plasma en negro lo invisible, y las formas cotidianas de la violencia contra niñas y mujeres pasan a integrar una misma trama intensa y vívida. Con Chicas muertas la autora abre nuevos rumbos a la no ficción latinoamericana. «Tres adolescentes de provincia asesinadas en los años ochenta, tres muertes impunes ocurridas cuando todavía, en nuestro país, desconocíamos el término femicidio.»

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