Juan Domingo Aguilar: Hacia la madurez

8 abril, 2018

JUAN GAITÁN

En La chica de amarillo, la ópera prima de Juan Domingo Aguilar, las expectativas se ven recompensadas. El joven poeta jiennense se da a conocer con un libro con la madurez como tema central

 

Juan Domingo Aguilar. L.O.

Ante el primer poemario de un poeta casi todos son expectativas. El primer poemario de un poeta es una aventura, tanto para el poeta como para el crítico (no digamos ya el editor). El poeta se prueba, mide sus fuerzas, y el crítico se aventura a lo desconocido con la esperanza de encontrarse una sorpresa o con el temor de llevarse un chasco.

En La chica de amarillo, la ópera prima de Juan Domingo Aguilar, las expectativas se ven recompensadas. El joven poeta jiennense se da a conocer con un libro con la madurez como tema central. Aborda el poeta el asunto de la madurez, su llegada, sus desengaños (porque no hay mayor desengaño en la vida que hacerse mayor) con un tono de transición, de pasos finales de una edad a otra (quizás desde el punto vital en el que se encuentra), y lo hace con una de las fuerzas de la poesía, el descubrimiento, la mirada primera y esencial sobre las cosas.

Con una notable sutileza poética, Aguilar utiliza ciertos clichés generacionales (cerveza, risas, conciertos, que repite conscientemente en varios poemas, especialmente en el primero y en el último), y los enfrenta a las obligaciones que la madurez impone (sacar el perro por la mañana, pensar en el trabajo, hacer planes…). Y todo ello con un trasfondo de amor y desamor, de una muchacha vestida de amarillo encontrada y perdida, sobre todo perdida, como casi siempre se pierde el amor. Hay así, en el libro, un juego de dialécticas (juventud/madurez, amor/desamor, felicidad/nostalgia) que se solapan, se mezclan, se confunden, en un pulso poético de considerable altura que sorprende al lector por su inteligencia y brillantez.

El poemario, en su primera parte (titulada, como el libro, La chica de amarillo) gira poema a poema hacia ese sentimiento de soledad que es consustancial al desamor pero también lo es a la madurez. El poeta lo condensa magníficamente en un solo verso: «madurar es aprender a despedirse» (página 38), y algunas veces, se carga de nostalgia, como cualquiera, y desea «volver a las noches antes del verano».

De lo intimista de esa primera parte, la esencial, la más lograda del libro, transita Juan Domingo Aguilar a una segunda que, bajo el título de Todos los vestidos, ofrece una mirada más exterior, unas imágenes más universales. Sin abandonar el tema central, el poeta abre las ventanas de su mundo para observar el de fuera y sentir que hay dolor por todas partes, y que otros dolores son más intensos, más terribles, que su dolor doméstico y local, expresado vivamente en el poema Primer mundo: «mientras tú y yo discutimos a voces en Gaza los niños se duermen con el sonido de las bombas de fondo».

Cierra el poemario una tercera parte, El vestido amarillo, compuesta por un único poema largo, en la que el poeta sintetiza las dos anteriores, a modo de compendio, de recapitulación, y también de epílogo.

Tras la lectura de La chica de amarillo, al lector le habrá asombrado la intensa madurez de un poeta joven, su valentía en el trazo de un tema incómodo, el acierto del planteamiento y un cierto sabor melancólico al reconocerse en ese tránsito, en esas pérdidas, en ese espejo. Y al crítico la sorpresa de una voz a tener en cuenta, una voz que camina, como sus versos, hacia la madurez.

FICHA
La chica de amarillo
JUAN DOMINGO AGUILAR
ESDRÚJULA EDICIONES
10 €

 

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