París era otro contigo allí

17 octubre, 2014
Ernest Hemingway, con su hijo mayor Jack en París.

Ernest Hemingway, con su hijo mayor Jack en París.

MIGUEL ÁNGEL MARTÍNEZ CABEZA

Se cumplen 50 años de la primera edición póstuma de las memorias parisinas de Ernest Hemingway, tituladas París era una fiesta. La edición restaurada por su nieto Sean demuestra que París no se acaba nunca. La edición de Lumen, que acaba de reeditarse en DeBolsillo, se anuncia como definitiva, aunque quizás no lo sea del todo.

El título que eligió Mary, la cuarta y última esposa de Ernest Hemingway, para las memorias inacabadas del escritor resulta tan equívoco como el de su traducción. A moveable feast (en inglés «festividad variable») viene de un comentario que Hemingway le hizo a su amigo A. E. Hotchner sobre que si uno tiene la suerte de haber vivido en París de joven, donde quiera que vaya después, la ciudad seguirá con él porque París es una «fiesta móvil». Y París era una fiesta fue el título que el poeta Gabriel Ferrater puso a su traducción de aquella primera edición hace casi medio siglo, que se sigue conservando, ahora ampliada en más de 70 páginas por un traductor anónimo. Y ambos títulos son equívocos porque los recuerdos conservados no son especialmente festivos.

Ciertamente Hemingway fue feliz en París de 1921 a 1926, «pobre y feliz» disfrutando de la libertad ganada al abandonar el periodismo, viviendo en el mejor sitio del mundo para escribir, compartiéndolo todo con Hadley, su primera esposa, y llevando a los cafés al Sr. Bumby, apelativo cariñoso de su hijo Jack. Pero al final es un libro muy triste. Los recuerdos también incluyen retratos mordaces de Gertrude Stein, Scott Fitzgerald o Ford Madox Ford –que tenía el aliento más apestoso que el espiráculo de una ballena– y sobre todo dejan el regusto amargo del remordimiento por la infidelidad matrimonial. El caso es que Mary Hemingway tomó decisiones editoriales discutibles sobre el manuscrito inacabado en relación al orden y al material incluido y omitido. Pero parece que lo más discutible era la imagen que daban las memorias de Pauline Pfeiffer, la mujer por la que Hemingway abandonó a Hadley, nada menos que su íntima amiga, discutibles al menos para Patrick, hijo de Pauline y Hemingway, y Sean, sobrino de Patrick y nieto de Pauline. La primera edición dejaba como último capítulo El pez piloto y los ricos donde se cuenta el final del matrimonio, aunque acortado de tal modo que Hemingway parece más víctima que culpable.

Al menos eso opinaba Patrick, que animó a Sean Hemingway, conservador del Metropolitan, a que recompusiera la escena. Lo hizo y el resultado fue la edición restaurada de 2009, que añadía nueve esbozos parisinos inéditos, completaba la publicación de todo el material manuscrito existente y reconstruía lo más fielmente posible lo que parecía la intención del escritor. Como al escritor ya no se le puede preguntar sobre sus intenciones, podemos simplemente alegrarnos de disponer de más retazos de recuerdos parisinos. Lo que no ofrece dudas es que el libro no estaba ni estará nunca acabado porque Hemingway no consiguió escribir la introducción ni el último capítulo, y porque París no se acaba nunca.

El año pasado se publicó la traducción de la edición restaurada que ahora reedita Debolsillo indicando que podemos considerarla definitiva en castellano. Sin embargo queda poco justificado lo definitivo de la edición española sin haber incluido el prefacio de Patrick Hemingway y la introducción de Sean Hemingway. En cuanto a que está puesta al día y que todas las enmiendas se han traducido, el que escribe ha encontrado una fundamental que no lo ha sido en la famosa comparación del talento de Scott Fitzgerald con el dibujo del polvillo en un ala de mariposa. Una cosa es que «aprendió a pensar pero no supo ya volar» (edición príncipe) y otra «aprendió a pensar. Y volaba de nuevo cuando tuve la suerte de conocerlo» (edición restaurada). El detalle es más que notable, ya que da un contrapunto a la imagen cáustica de sus tragedias, generosidades y devociones de Fitzgerald.

Pero lo que de ningún modo debería haberse dejado sin traducir son los fragmentos de la introducción fallida. Son meras esquirlas de una escultura apenas empezada pero al leerlas una tras otra, reiterativas y machaconas, resuenan como un panegírico a Hadley, heroína y único personaje con final feliz. Hemingway repite una y otra vez que el libro es ficción porque todas las memorias son ficción pero que la ficción puede iluminar lo que hay de realidad en la obra que el valor de un libro está en lo que se omite. El capítulo de Pauline era la gran omisión ya que Hemingway lo tenía reservado como comienzo de otro libro. Así que después de todo puede que la nueva edición no sea mucho más definitiva que la anterior.

Lo que a mí verdaderamente me impresiona es el intento hasta el último momento de sacar los enseres de los trasteros de la memoria y del corazón, aunque la primera estuviera dañada con la terapia de choque que el escritor recibió en la Clínica Mayo y el último no existiera.

París era una fiesta, de Ernest Hemingway

FICHA
París era una fiesta
ERNEST HEMINGWAY
DEBOLSILLO
20,50€

París era una fiesta, el primer escrito de Hemingway que vio la luz póstumamente, despliega el mítico panorama de la ciudad de París, la capital de la literatura americana hacia 1920. La obra es una mezcla fascinante de paisajes líricos y agudamente personales, con otros más contundentes y anecdóticos en torno a sus años de juventud en aquel encantado lugar en el que fue «muy pobre pero muy feliz», en un tiempo de ilusión entre dos épocas de atrocidad.

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