Pablo D’Ors: “Concibo la escritura como un ejercicio espiritual”

25 febrero, 2018

ANTONIO J. UBERO

En tiempos sombríos, la luz es un regalo valioso. No importa de dónde proceda si logra mostrar un camino que conduzca al conocimiento de sí mismo, a la propia revelación. En su nueva novela, Entusiasmo (Galaxia Gutenberg) Pablo D’Ors propone una historia de autodescubrimiento mediante el viaje iniciático de un joven, Pedro Pablo Ros, al encuentro de Dios. Se trata de una obra tan sencilla como profunda que el madrileño califica de «autobiografía ficticia»

Pablo D’Ors, autor de la novela Entusiasmo.

 

Parece que con esta novela se suma a la tendencia de la autoficción tan de moda ahora, como si los escritores quisieran mostrar al lector los rigores del oficio.
Es cierto que vamos teniendo más consciencia del oficio de novelista. La novela es la épica del individuo y por tanto siempre hay un yo que escribe y que se expone de alguna forma. Por eso, hoy en día los escritores no sólo ofrecen su poesía sino también su poética; nunca antes como hoy ha habido tanto interés por el hecho artístico, por el hecho creador. Y sí es cierto que hay un movimiento en el que la ficcionalización es cada vez más autorreferencial. En Entusiasmo es clarísimo: mi personaje, Pedro Pablo Ros, no es que sea más yo que ninguno de mis otros protagonistas, pero aquí es de una manera más explícita, mas autorreferencial. Entonces se puede creer que hay menos ficción, pero realmente lo que hay es menos ficcionalización porque las autorreferencias son mayores. En esta novela todo es verdad pero nada es histórico; prácticamente nada o poquísimas cosas sucedieron tal cual se relatan, pero todo tiene que ver con mi verdad.

Sin embargo, con esa actitud corre el riesgo de devaluar la historia.
Escribimos para conocernos a nosotros mismos; esa es la pulsión que mueve el acto de escribir. No es una mera pretensión de comunicación sino de revelación; que la propia palabra escrita vaya revelando quién eres tú. Si supiese quién soy no escribiría. No escribo para comunicarlo sino para descubrirlo. Y en esa medida, si ficcionalizas mucho, si el referente es demasiado lejano a tu propia vida, puede ser menos sencillo. La literatura es un espejo del alma en el que uno quiere mirarse. Yo concibo la escritura como un ejercicio espiritual que conduzca a ese yo más profundo que está más allá de lo que se pueda pensar o sentir, y eso exige un trabajo de purificación de la manera de mirar o de escuchar la realidad, la manera de sentirla. Por eso, para mí palabra y silencio, escribir y meditar, están muy unidos.

En su novela narra la vida de un sacerdote, su diálogo íntimo con Dios, pero también su relación con la Iglesia. ¿Temió que su novela fuese interpretada como proselitista?
Entusiasmo significa sentirse habitado o poseído por los dioses y el libro habla de esto, de un joven que se siente poseído por el espíritu y que le obliga a cambiar de vida. Quien vea proselitismo en este libro tiene un problema personal. Es cierto que hay quien pueda leer esta novela con cierta precaución, pero es preciso saber desde donde se escribe. Es preciso ajustar cuentas con nuestro pasado espiritual, cultural, que para los europeos es el cristianismo. Y uno de mis empeños vitales, pastorales y literarios es mostrar que el cristianismo es nuestro patrimonio cultural con independencia de que se viva de manera confesional o no. Poseemos un tesoro de sabiduría, de ritualidad, de simbología, de entendimiento de la conciencia sin los cuales el trabajo de la identidad es imposible porque somos seres de cultura. Con este libro quiero contribuir a mostrar cómo lo religioso y lo espiritual nos configura. Supongo que si hoy no se escriben libros así, porque no cabe duda de que es un libro insólito que habla sobre Dios y sobre la Iglesia, seguramente es porque Dios y la Iglesia tienen poca importancia en la vida de los escritores.

Estoy de acuerdo con el valor cultural del cristianismo, pero ¿se puede ser cristiano sin tener fe en Dios?
Claro que sí. Lo espiritual es aquello que tiene que ver con el mundo del alma, con lo que te anima por dentro. Y el mundo de la cultura no es un mundo exclusivamente mental. Lo espiritual tiene que ver con una forma de cultivo singular del ser humano. Si te cultivas eres culto, es decir tienes cultura; y si eres culto das culto, es decir, tienes una actitud profundamente religiosa en el sentido más profundo de la palabra. Lo que sucede es que nosotros, por circunstancias históricas, nos acercamos a todo esto con precaución porque en el pasado hemos tenido experiencias traumáticas o difíciles y no queremos repetirlas. Hemos identificado escribir novela con bucear en la sombra y creo que no es hacer justicia narrativa, porque la sombra está ahí, es un hecho, pero no es lo único que hay. También está la luz y hay que hablar de ella y casi ningún novelista lo hace porque no tiene una concepción espiritual de la literatura. De manera modesta pero rotunda quiero ocupar ese lugar, que mis libros sean luminosos, lo cual no quiere decir que uno no se haga cargo de la gravedad de la vida, de las sombras, de las dificultades, aunque creo que ese camino está por explorar en buena medida.

Su novela ofrece muchos motivos para la reflexión.
La novela tiene que funcionar como novela, es decir como una historia que te cuentan y que te interesa. La novela tiene que ser arte, no filosofía. Eso no quiere decir que pueda haber novelas ideológicas, novelas de pensamiento, que ofrezcan propuestas; pero lo esencial de una novela es que más que con ideas el autor trabaja con imágenes. La imaginación no es más que memoria mas fantasía; recuerdas cosas que has oído, que te han contado, que has investigado y luego las elaboras con la fantasía. La imaginación es eso. Si esa historia que te ha atrapado te hace reflexionar, bien porque haya reflexiones más o menos explícitas o bien porque la historia en sí misma induce a ello es una consecuencia, pero primero tiene que funcionar como historia y todo lo demás es añadidura.

Sin embargo, su novela va más allá de la mera narración; es mucho más profunda de lo que parece. Incita a buscar un mensaje más allá de lo narrado.
Prefiero hablar de hondura, pues prefiero escribir de manera muy sencilla. La simplicidad es una virtud: que el lector sepa en todo momento qué le están contando, dónde está, qué está sucediendo. La claridad narrativa es algo que persigo cuando escribo, La virtud del narrador es ser ligero y profundo, no grave y complejo.

Y abrir puertas al conocimiento.
La misión de la literatura, del arte y de un buen pastor, un buen guía, es abrir puertas. No se trata de ser expeditivo sino abrir para que se pueda entrar si se quiere y como se quiera.

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