Música contra el terror

22 mayo, 2016
Barnes ha sabido superar con dosis de calidad literaria la soledad y la extrañeza que le siguió a su viudedad. L.O.

Barnes ha sabido superar con dosis de calidad literaria la soledad y la extrañeza que le siguió a su viudedad. L.O.

Julian Barnes es un escritor mayúsculo. En cada nuevo trabajo aporta nuevos registros a su obra que sorprende y asombra.  Con El ruido del tiempo (The Noise of Time) intenta alumbrar  las complejidades humanas en la que el músico Shostakovich vivió bajo el totalitarismo de Stalin, y tratar de comprender la espantosa situación en la que se encontró el músico y el hombre

JAVIER GARCÍA RECIO

«El arte es el susurro de la historia que se oye por encima del ruido del tiempo». Con esta frase antológica, Julian Barnes intenta en su último trabajo, recién llegado a España, de la mano de Anagrama, El ruido del tiempo, reivindicar en lo posible el trabajo artístico y musical del compositor Dmitri Shostakovich, aunque no tanto el de su actitud personal ante el terror y las exigencias insoportables del stalinismo que  tuvo que soportar y sufrir.

Es cierto que el ruido del tiempo, a medida que ha ido perdiendo fuelle, ha permitido oir con mayor claridad la gran música de Shostakovich, pero también permite ver al hombre, no al artista, y sus complicidades obligadas con el totalitarismo, sus renuncias, sus postraciones ante el dictador, en un periodo, bautizado luego como los años del gran terror, donde para vivir «era imposible decir la verdad».

Enero de 1936. El Bolshoi representa con gran éxito la opera de Shostakovich, Lady Macbeth de Mtsensk, pero una mañana al abrir el Pravda lee el editorial Bulla en vez de música que denunciaba su ópera como desviacionista. Leyó que su música «graznaba y gruñía y resoplaba»; que su carácter «nervioso, compulsivo y espasmódico» procedía del jazz; que el «chillido» había sustituido al canto y lo había trocado en «confusa corriente de sonido». Y señalaba sus consecuencias en tres frases: «es evidente que el compositor nunca ha considerado el problema de lo que el público soviético busca en la música y espera de ella»; «es obvio el peligro que esta tendencia supone para la música soviética»; y tercero: «es un juego de inteligente ingenuidad que puede acabar muy mal».

Shostakovich sabe entonces que se ha convertido en un enemigo del pueblo y eso en la Rusia soviética de Stalin significaba la deportación a Siberia o la muerte. Pero el músico salvó el pellejo. Durante casi 20 años, hasta la muerte de dictador en 1953, y después con menos rigor, nuestro hombre tuvo que adaptarse a las exigencias y los caprichos del poder para seguir componiendo y viviendo. Su obra siguió siendo hermosa y grande, salvo excepciones, pero a costa de dejar ante las botas del dictador grandes dosis de su integridad, de su dignidad, de su cobardía.

La crítica, desde Occidente, parece fácil y condena al artista que no supo convertirse en mártir. Pero hay que ponerse en su papel, y en su situación y preguntarse qué habríamos hecho nosotros en su situación; y eso hace Julian Barnes en El ruido del tiempo, intentar desentrañar las complejidades humanas en la que muchos vivían bajo el totalitarismo; tratar de comprender mejor la espantosa situación en la que se encontró el músico.

El ruido del tiempo es una novela hermosa y terrible, profundamente conmovedora. En ella Barnes hace protagonista al propio Shostakovich y a través de sus recuerdos reconstruye parte de su vida y en especial aquella que le tocó soportar bajo la bota de Stalin. Su terrible situación expresada en esta larga frase que Barnes pone en la boca del músico: «No era fácil ser cobarde. Ser héroe era mucho más fácil que ser cobarde. Para ser héroe sólo había que ser valiente por un momento –cuando tomabas el arma, tirabas la bomba, presionabas el detonador, acababas con el tirano y también contigo. Pero ser cobarde era embarcarse en una carrera que duraba toda una vida. Nunca podías relajarte. Tenías que anticiparte a la próxima ocasión en la que tenías que excusarte, titubear, rebajarte, familiarizarte con el sabor de las botas de goma y con el estado de tu propio carácter caído y abyecto. Ser cobarde requería una pertinacia, una persistencia, un rechazo a cambiar– que suponía, en cierta manera, algún tipo de coraje».

Es cierto que Shostakovich adjuró en público de parte de su propia música, que denigró a Stravinski, que firmó escritos contra Sajarov o Solzhenitsyn, que aceptó ser la cara del régimen en EEUU, y que incluso, ya al final de su trayectoria, muerto Stalin, aceptó afiliarse al Partido Comunista, a lo que siempre se había negado por «ser un partido que mata», pero es necesario entender, o intentarlo al menos, las complejidades de la vida bajo la tiranía. Eso es lo que intenta Barnes, sin prejuzgar y sin atisbo de crítica moralizante. Lo hace con verdadera sutileza, sin asomo de evidencia, paso a paso, dejando el poso necesario y constante en el ánimo del lector para que éste comprenda.

Al abrir un libro de Julian Barnes uno sabe lo que va a encontrar. Barnes pertenece a esa sólida tradición narrativa inglesa que deja bien claro ese hecho. Barnes es un escritor que combina inteligencia y humor con verdadera gracia sin perder por ello un ápice de sordidez, lo que le sitúa en la estela de esos escritores capaces de demostrarnos con una sonrisa el lado mezquino de la vida, que es el más común en la sociedad. El ruido del tiempo es un buen ejemplo, sin duda.

El ruido del tiempo, de Julian Barnes

FICHA
El ruido del tiempo
JULIAN BARNES
ANAGRAMA. Traducción de Jesús Zulaika
16,90 €

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