Moleskine del flaneur

27 julio, 2015

GUILLERMO BUSUTIL Desde Baudelaire, el flaneur ha tenido ilustres representantes como Walter Benjamin, Cortázar, Peter Handke o León-Paul Fargue. Uno de los más reconocidos por dedicar gran parte de su vida a la creación de un hermoso mapa de París con sus geografías secretas, impresas en Un peaton de París. Un hermoso libro al que sumarle Reflexiones del Señor Z donde H.M. Enzensberger lleva a cabo una peculiar clase de filosofía acerca de qué significa la nada, si se confunde la memoria con los recuerdo o si puede maquillarse la tristeza. Hay preguntas a las que es mejor darle vueltas paseando por un jardín, aislados en algún lugar frente al mar o sentados en un parque público. Lo importante es aventurarse en la búsqueda de la belleza a través de la captación dialéctica de lo inmediato, de los placeres fugaces, instantáneos, desde la conciencia de su finitud. “La felicidad burguesa pretende aislar el placer del dolor, separar el yo de sí mismo, trazando una frontera artificial en el interior del ser” afirma Scaraffia, para quien el dandi, el flâneur, es aquel que trata de reconstruir la unidad de un todo, aquel que busca las correspondencias bajo el predominio de lo singular. Una filosofía presente en Diccionario de un dandi al que Guiseppe Scaraffia enriquece con otro maravilloso libro como Los grandes placeres, en cuyas páginas el lector  realiza un ensayo sobre la condición humana.

Nada escapa a esta joya literaria, este moleskine del flaneur donde la mirada de su autor colecciona conocimientos, felicidades cotidianas, manias, fobias, filias, querencias de numerosos escritores como Rousseau, Voltaire, Dumas,  Balzac, Zola, Baudelaire, Rimbaud, Anatole France, Proust, Gide y Camus, entre unas larga nómian de hedonistas de la literatura. Nombres con los que Scaraffia abona y cultiva reflexiones en torno a la manera del llenar la felicidad que para Jules Renard consistía en un permanente búsqueda. A lo largo de  58 capítulos, Scaraffia aborda comidas, bebidas, drogas, sexos, vestidos, perfumes, coches, chocolates, espejos, trampantojos, flores, postales, fotografías, viejos papeles, maletas o un simple osito de peluche. Caulquier elemento u objeto es útil al flaneur que plantea un  gesto de la identidad, un trozo del yo, una lectura filosófica de la modernidad. De este modo, el lector compondrá el lama de un autor  mediante el signidcado de un detalle de su gusto. Sabrá que para Nietzsche sólo valen la pena los pensamientos que surguen cuando se pasea; que a Joyce le gustaban los besos sonoros mientras que Maupassant prefería los robados en un instante de soepresa; que Mallarmé siempre anduvo fascinado por las bicicletas que a Beckett le hacían sentirse como un moderno centautor o que Talleyrand defendió el café negro como el diablo, puro como un ángel. El mismo bebedizo con el que Balzac consumia sus noches creativas a destajo, alcanzando las 50 mil tazas que le costaron La Comedia Humana. Se conserva en su casa parisina, la cafetera, la taza, y en aire se huele el insomnio del escritor que vivió por entregas el placer, los romances y la literatura. Y del café puede cruzar al champage que Morand consideraba el filtro de Dios mientras que Stendhal lo llamaba el vino del amor. Dos bebedizos que tuvieron el afecto inquebrantable de Jean Cocteau, adicto igualmente al opio y a la fotografía que le covirtió en un ladrón de guante blanco armado con un Kodak. Igual que Rimbaud cuando escapó de la poesía para marcharse a África.

Muchos más placeres como los gatos, los jardines que eran musas para George Sand,  o los espejos que atraían a Carroll y a Thomas Mann hay en este libro que es una pequeña maleta para viajar por el interior de la vida, disfrutando de la pequeña filosofía que contiene y que engloba el alma de quiénes son sensibles a los buenos modales, al disfrute, a los objetos y a todo aquello con lo que sea posible construir una historia y seducir sin hacer ruido.

FICHA
Los grandes placeres
GIUSEPPE SCARAFFIA
PERIFÉRICA
17,90 €

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