Moleskine Baudelaire

6 noviembre, 2013

GUILLERMO BUSUTIL

ERA FÁCIL IMAGINÁRSELO. Baudelaire sentado en un café frente a Tullerías, en Montmartre, en la rue Blance, en cualquier calle de París donde el tránsito de la vida pudiese ser el relámpago de un poema, el destello de un dibujo, el aroma de una mujer con la que soñar, la metáfora de una huida dentro de la ciudad que se disfraza y se desnuda cada día. Era fácil imaginárselo. Sobrio y airado el rostro con sombras nocturnas no destiladas del todo, ebrio y a contraluz en una taberna o en la soledad de su casa, volcado en cualquier caso en las páginas de esa moleskine que lleva en el bolsillo todo escritor, todo poeta, el flaneur que intuye un aforismo entre el anonimato d ella gente. Una moleskine llena de flores malditas y tan maldita como la leyenda del propio autor. Es suficiente con saber que su editor Polulet-Malassis la encuadernó con elegancia, que años más tarde la reeditó Euène Creépt, que mucho después llegó a manos de Gaston Gallimard que no pudo evitar imprimir trecientos ejemplares que también se perdieron. ¿Un cuaderno que quema?, ¿una moleskine que huye de su autor y de sus admiradores?, ¿qué misterio hay detrás de una carpeta que aparece y desaparece? La mejor manera de empezar a descifrarlo es abriendo los Dibujos y fragmentos póstumos, editados por Sexto Piso con traducción y trabajo exquisito de Ernesto Kavi.

AL MARGEN DEL CÉLEBRE LIBRO Las Flores del mal, este otro cuaderno-moleskine es su huella inmortal, la que mejor contiene el alma, la absenta creativa del poeta, las penumbras de un universo en el que está presente la pintura de las palabras de Baudelaire. Este libro repleto de vida es Dibujos y fragmentos póstumos, publicado por Sexto Piso. Un libro que podría ser un espejo fragmentado, la memoria partida en pequeños reflejos íntimos que son destellos de la humanidad y del arte de Baudelaire. Cada trozo podría ser una palabra, un silencio, una mirada, un beso, un grito, un ahogo, un sueño, un miedo. Emociones, jirones de vida y mundo en forma de dibujos, reflexiones, notas, exabruptos, aforismos, chispazos de cólera… Una bitácora secreta donde también hay ecos de pelea en forma de tachaduras, de variaciones que parecen buscar respirar, de espacios en blanco –como la mirada que se fuga del dolor–, de manchas que recuerdan la huella de seca de la pólvora derramada de estos textos a los que el propio Baudelaire llamaba proyectiles.

DIBUJOS Y FRAGMENTOS PÓSTUMOS REUNE POR PRIMERA VEZ en un volumen los dibujos del poeta, realizados entre 1843 y 1859, a pluma y a lápiz –el examen del talento, la exquisitez del arte, la marca del artista–, además de los textos fragmentados, de la abstracción literaria y el efecto poliédrico de una mente al borde del abismo. En cada página hay destellos que convierten la contemplación y lectura en una búsqueda incesante de un Baudelaire que a veces se precipita en la frustración. No es extraño que la portada sea un autorretrato de sí mismo, fumando un tremendo porro de hachís y mirando de reojo al espectador, y que abra el libro una conocida fotografía que le hizo Nadar, en la que Baudelaire posa mirando a la cámara y con las manos ocultas en un amplio gabán. Como si guardara en los bolsillos el secreto desangrado de esta escritura, los papeles de estos los fragmentos que reúnen el delirio, la exactitud, los proyectos y las deudas que reflejan cómo se veía a sí mismo, a su amante, la mulata Jeanne Duval, y a otros que estuvieron a su alrededor. Un intenso libro que agradecerle a su editor Poulet-Malassis, guardián de una obra que nunca le hizo ganar dinero pero que, al paso del tiempo, sigue brillando como una obra inconquistable, como la huella de un hombre rebelde en la vida y en la escritura. Las dos pasiones que tuvieron siempre el mismo sabor que el de la locura.

Dibujos y fragmentos postumos, Baudeliere

FICHA
Dibujos y fragmentos póstumos
CHARLES BAUDELIERE
SEXTO PISO
24 €

La gran pasión de Baudelaire fueron las imágenes: las plasmó en poemas perdurables, las coleccionó, fue amigo de pintores, crítico de arte, deambuló en galerías y museos. Pero casi nadie sabe que esa pasión lo llevó a tomar pinceles y colores para liberarse de las imágenes que lo asediaban. Sus dibujos se extraviaron o quedaron dispersos en diversas colecciones. Por primera vez se reúnen todos en un solo volumen. Baudelaire fue, junto con Manet y Guys, el más claro ejemplo del pintor de la vida moderna. El lector encontrará también una serie de fragmentos que Baudelaire escribió poco antes de morir, enfermo, en la miseria, pero con una fe inquebrantable en la poesía y en la belleza.

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