Michel Pastoureau: Evocaciones en technicolor

8 octubre, 2017

ALFONSO VÁZQUEZ

La editorial Periférica publica Los colores de nuestros recuerdos, del medievalista e historiador de los colores Michel Pastoureau (París, 1947), una biografía atípica en la que el hilo conductor lo conforman las evocaciones cromáticas del autor, complementadas con coloristas pinceladas sobre su especialidad

Mientras que a Marcel Proust le obsesionó una pared amarilla en la Vista de Delft de Vermeer, a la que dedicó muchas páginas en su búsqueda del tiempo perdido, al joven Michel Pastoureau (París, 1947) lo que le marcó de por vida fue toda la paleta de colores, la riqueza de tonos, a veces jerarquizados y con una larga historia detrás, simbolizada en los escudos heráldicos que descubrió en su infancia y esos bestiarios coloristas que, con el tiempo, le convirtieron en una autoridad en la materia, en un afamado historiador de los colores, además de en un ameno medievalista.
Después de dedicar muchos libros a su pasión, Michel Pastoureau es el protagonista de su obra en Los colores de nuestros recuerdos, que acaba de editar Periférica, con el curioso detalle de que, dada la materia, abandona la tradicional portada de color rojo por una de mucha más riqueza cromática.

La obra es una evocación de la vida del autor unida, como no podía ser menos, al color, que se convierte en el hilo conductor de estas evocaciones y disertaciones históricas agrupadas por temas (La indumentaria, La vida cotidiana, Las artes y las letras…) y no dispuestas en orden cronológico.

Un par de cosas llaman la atención de este libro, o habría que decir, del biografiado: la sencillez y la amenidad con la que expone sus coloristas vivencias; porque, para alivio del lector, el historiador francés se ríe de sí mismo, de ese niño gordo, torpe y poco atractivo que, pese a sus limitaciones, cargado de sensibilidad y sentido del humor, va descubriendo el color del mundo y su significado.

Ahí lo tenemos, con cinco años, en los Jardines de Luxemburgo, con un traje a rayas, como tantos otros niños, lo que provoca que un vigilante le confunda con un menor infractor con idéntico traje. De paso, nos recuerda que, hasta el siglo XVIII, los trajes a rayas eran considerados «superficies negativas, incluso diabólicas».

La mala fama del amarillo y el verde
Lo mismo pasa con el amarillo o el verde, en muchas culturas, unidos a connotaciones negativas. Y así, al tiempo que desgrana retazos de su biografía, Pastoureau va desgranando pinceladas, nunca mejor dicho, sobre la historia de los colores, una disciplina que abarca más de lo que podemos imaginar y que entra en los campos más diversos, como la neurobiología, la cultura o la sociología; ahí tenemos por ejemplo, la obsesión de la aristocracia y la burguesía, en la primera mitad del XIX, en Europa Occidental, por la piel «lo más clara y lisa posible» para distinguirse de los campesinos, mientras que en la segunda mitad, se puso de moda la tez morena, en contraposición con los obreros que, al trabajar durante horas en recintos techados, tenían «la piel blanca, la tez mate, el rostro pálido o grisáceo».

Pastoureau diserta sobre todo lo divino y lo humano: la evolución de los semáforos; la historia de los blue jeans, cuyo origen del nombre, jeans, hay que buscarlo en Génova; el color de piel de los cerdos durante el medievo; el concepto litúrgico del violeta; la mala fama de los ojos azules en la Roma imperial; la primitiva triada de colores blanco-rojo-negro, que predominó desde el Neolítico hasta la Edad Media; la revolución cromática tras los hallazgos de Isaac Newton… y todo ello impregnado de recuerdos sinceros, tiernos a veces, reivindicativos del mundo clásico, brillantes, propios de un agudo observador del mundo.

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