Miaja, por Chaves Nogales

22 febrero, 2012

Manuel Chaves Nogales entrevista a una mujer.

LUIS M. ALONSO

Manuel Chaves Nogales, que se ha quedado en Madrid para contar después las cosas como si las estuviera contando en el mismo momento en que suceden, escribe que la noche ha venido cargada de tristes presagios para el general José Miaja y Menant. El Gobierno de Largo Caballero ha emprendido la huida a Valencia y el presidente del Consejo de Ministros y titular de la Guerra de la II República se ha despedido de un periodista, ya con un pie en el estribo del automóvil, respondiendo ante su pregunta que no hay novedad. ¡Qué va a haber!: ninguna salvo que la capital se encuentra desde hace ya horas bajo una tormenta de fuego de la artillería rebelde.

Miaja y el general Pozas, viejo y sordo, el otro militar de alta graduación que se encuentra en el palacio de Buenavista, han recibido dos sobres con órdenes para abrirlos doce horas más tarde y resulta que, entre las prisas y la zozobra por la huida, los destinatarios vienen confundidos. El que va dirigido a Miaja incluye las órdenes para Pozas, jefe del Ejército del Centro, de que retire las líneas republicanas a Tarancón, a ochenta kilómetros de Madrid, para reorganizarse ante la posibilidad de que la capital no pueda resistir los ataques del bando rebelde. En el de Pozas, que es realmente para Miaja, le encargan al general ovetense la defensa de Madrid a toda costa.

Nada que no estuviese dispuesto a hacer hasta el último instante aquel hombre de alto sentido del deber que no desertará de su puesto pero que, al mismo tiempo, «se niega a descargar al Gobierno de la responsabilidad de su deserción frente al enemigo», como cuenta Chaves Nogales en el libro La defensa de Madrid. Se trata de su testimonio de aquellos días recuperado ahora, muchos años más tarde, en una preciosa edición de María Isabel Cintas, biógrafa del periodista sevillano, con prólogo de Antonio Muñoz Molina.

El pánico ha cundido al divulgarse la noticia de que el Gobierno se encuentra en fuga, los dirigentes de los partidos políticos y de los sindicatos huyen también hacia Valencia tratando de esquivar los controles. El pueblo, imbuido del coraje de los chisperos, lucha en los arrabales para frenar a las tropas franquistas, los moros y los regulares. Mientras, los cañonazos caen sobre los tejados dejando los primeros rastros de destrucción en las viviendas, el general se ha quedado a solas y oscuras en el viejo caserón. Así lo cuenta Chaves Nogales: «Miaja se sienta en el sillón ministerial y pone las manos sobre la mesa de Largo Caballero, en la que no ha quedado ni un solo papel. Luego oprime un timbre y espera. No acude nadie. Insiste. Nadie. Toca otro timbre, y otro, y otro… Termina oprimiendo frenéticamente todos los timbres a la vez. Nadie, nadie, nadie…»

La soledad que embarga a Miaja en aquella su primera noche de pasión y los días que siguieron tras las doce horas angustiosas en las que la defensa de Madrid pendió de un hilo, es la parte más intensa, emotiva y tierna del gran relato del periodista sevillano. Un general abandonado a su suerte al que sólo le queda esperar que los milicianos derrotados lo asesinen por la traición de sus jefes militares o, en último caso, que los sublevados se apoderen de Madrid y lo fusilen por no haber secundado la rebelión. Un general que se obstina en ser fiel a la República pese al caos de los juicios sumarísimos y las ratas que abandonan el barco cuando éste se hunde. A Chaves Nogales le gusta el candor infantil, la decencia y determinación de este triste personaje al que algunos revisionistas de la historia acusaron de mediocre, borrachín y de dejarse caer en brazos de los comunistas por los que no tenía ninguna simpatía pero, sin embargo, sólo con ellos podía contar: con el Quinto Regimiento y con el pueblo. Los pelotones de hombres y silenciosos que se dirigen al Sur y al Oeste, cabizbajos, sin armas ni uniformes, con las manos en los bolsillos de sus monos dispuestos a luchar hasta la muerte. Y a morir.

«Alguien que pasa les pregunta: ¿Qué? ¿Van ustedes a hacer parapetos?

-No. Vamos a hacer de parapeto nosotros mismos.»

El espanto y la soledad

El retrato humano del comandante general de Madrid, el militar asturiano que intentó pararles los pies a los franquistas, después de haberse mantenido leal hasta el último día al monarca y, posteriormente, al orden constitucional y la República, es en sí mismo el mejor reflejo del momento que vive la capital asediada por los bombardeos, diezmada por las deserciones, enfrentada por la división entre comunistas y anarquistas y agotada por la tensión y el hambre. La crónica de la defensa de Madrid, la mejor que se ha escrito, permanecía inédita en España y empezó a ser publicada en 1938 en dieciséis episodios por la revista mexicana Sucesos para todos y algo después por el rotativo londinense The Evening Standard, en doce entregas. Ahora se suma a la obra que se ha ido recuperando del periodista andaluz; a los relatos titulados A sangre y fuego, también sobre la contienda; a La agonía de Francia, que cuenta la ocupación nazi; a sus dos libros sobre la Unión Soviética y a la estupenda biografía de Juan Belmonte.

Lleva razón Muñoz Molina en el prólogo cuando escribe que La defensa de Madrid quema entre las manos. Chaves arrastra al lector a la tragedia de aquellos días con un estilo directo, cortante, épico y hasta reflexivo en algunos momentos. Él mismo no dudó en definirse como un ciudadano liberal de una república democrática y parlamentaria. Espantado por lo que ve, su testimonio de la barbarie es el mejor legado de lucidez que nos ha quedado.

Moderado en sus planteamientos, no puede, sin embargo, dejar de advertir contra el peligro de los totalitarismos. Sus palabras se convierten en un auténtico alegato cuando los hechos le fuerzan a abandonar el país. Entonces escribe: «En mi deserción pesaba tanto la sangre derramada por las cuadrillas de asesinos que ejercían el terror rojo en Madrid, como la que vertían los aviones de Franco, asesinando mujeres y niños inocentes. Y tanto más miedo tenía a la barbarie de los moros, los bandidos del Tercio y los asesinos de la Falange, que a la de los analfabetos comunistas y anarquistas». Las palabras del general asturiano encargado de resistir en Madrid que, ante los enfrentamientos partidistas entre los miembros de la Junta de Defensa para imponer la supremacía del régimen que representan, acaba preguntando con tono enérgico: «Si Madrid se pierde ¿qué régimen creen ustedes que imperará?»

Alguien escribió en los setenta que el entonces llamado nuevo periodismo consistía en contar las cosas de manera distinta, en atrapar la película entera, todas las secuencias, planos largos y cortos, dándole la vuelta a la tortilla después de haber batido más huevos de lo acostumbrado. Manuel Chaves Nogales (Sevilla, 1897-Londres, 1944) lo hizo antes que otros, probablemente primero que nadie.

FICHA

La defensa de Madrid
MANUEL CHAVES NOGALES
ESPUELA DE PLATA
20 € Retrato humano del general que fue encargado por la República de la defensa de Madrid y que es el mejor reflejo de aquellas primeras horas de angustia y soledad, bajo el fuego de las ametralladoras rebeldes.

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