Memorias para jugar

20 febrero, 2016
Ilustración de Marcos Ordóñez realizada por Pablo García.

Ilustración de Marcos Ordóñez realizada por Pablo García.

LUIS M. ALONSO

Marcos Ordóñez enhebra con sus recuerdos un convincente retrato de Barcelona, antes y después de «hundirse el Titanic», en Juegos Reunidos, publicada por Libros del Asteroide

Juegos reunidos, de Marcos Ordóñez, trata de la fiesta del fracaso, de la cual no conviene arrepentirse. Perteneciente al género inclasificable que agrupa vivencias y ficción, contiene las piezas para armar el puzzle de la vida de su autor en el paraíso de la noche eterna que era la Barcelona de finales de los setenta y de la década de los ochenta. En este cuaderno de bitácora no sólo está la noche que arrastraba las horas perdidas y se desbordaba como la espuma en un vaso de cerveza sino los personajes que pululaban por ella, los alcoholes, los misterios, la literatura, las canciones, el cine (mucho cine) y hasta los gatos. Entre estos últimos destacan Bigún, «tumbado boca arriba en el jardín, sobre la gravilla caliente, pero con las patas traseras elevadas, para no quemarse», y el Gato Pérez – «al que se le rompió el corazón de tanto usarlo»–, y sus rumbas. En realidad por las páginas de Juegos Reunidos desfilan todos los rumberos de aquella Barcelona por la que navegaba el Titanic antes y después del hundimiento que anunció Félix de Azúa. La Orquesta Platería, Trópico (La Voss) que reventó a los 53 de «pura exhuberancia, tanto alcohol y tanta risa», y hasta un músico que tras una recuperación milagrosa, segundo antes de morir, le confiesa al oído al médico que le atiende que el mejor momento de su vida no es haber abierto los ojos para acto seguido cerrarlos definitivamente, sino el día en que conoció a El Fary.

El autor ha definido su libro de memorias, continuación de la autobiografía que comenzó con Un jardín abandonado por los pájaros, como un «álbum de cromos, un almanaque o libro de horas». Cualquiera de estas definiciones, no las hay mejores, sirven para encerrar el recuerdo juguetón que despierta su lectura. Obviamente hay cromos dificilmente intercambiables como son el episodio de los gatos, pensado exclusivamente para quienes tenemos simpatía por ellos. Juegos reunidos despliega a veces una complicidad generacional que a simple vista podría resultar insalvable. La oportunidad de haber asistido al estreno de American Graffiti en el momento preciso en que se está dispuesto a cruzar la barrera de la adolescencia que separa del mundo adulto, pues de eso trata la película, es uno de esos ejemplos. Sin embargo, meterse en el puzzle desordenado que propone Ordóñez, un escritor tan solvente como divertido, produce placer para todos los públicos. La memoria sobre Jaime Gil de Biedma, con la entrevista en su apartamento de la calle Maestro Pérez Cabrero, hacen de Después de la noticia de su muerte –así se titula el episodio– un feliz y embriagador destilado necrológico. De hecho, el recuerdo del poeta pervive en otras esquinas del libro.

Por él aparecen de manera fantasmagórica personajes irrepetibles, más o menos conocidos, el Prodigioso Kruger, un émulo de Houdini; el pintor Charchoune, Malé Sataufeld, la actriz argentina «de piernas alegres y sonrisa triste», o el flash de Sharon Tate que le llega al autor del libro mientras lee El álbum blanco, de Joan Didion. Y muchos, muchos más. Tampoco existe un solo paisaje aunque Barcelona ocupa un plano panorámico, la Barcelona de los barrios de la ladera, del Parque Güell y también la de las Ramblas, Zeleste, el Zócalo y Magic. Una ciudad canalla que, como La Habana, dejó un día de existir.

Del mismo modo que antes había desaparecido aquella de la preguerra de Josep Maria de Sagarra, el periodista más leído de su tiempo, el escritor, autor de Vida privada, que utilizaba el mismo equipaje de Paul Morand, bebía picón y Pernod, vestía como un inglés y se divertía en los restaurantes y prostíbulos de lujo. Sagarra tomaba el aperitivo en el Savoy, comía en la Maison Dorée y cenaba en el Café Suizo, antes de empezar su ronda nocturna por el Gambrinus, el Excelsior, y concluir de madrugada en el Edén o el Continental. La imagen de esta Barcelona de Ordóñez, que viene de otras que la precedieron, se proyecta incluso sobre la telaraña bonaerense del Parque Chas, pero también hay escapadas a Londres y un diálogo romano con Jep Gambardella, el protagonista de La grande bellezza, la estupenda película de Paolo Sorrentino. «A questa domanda, da ragazzi, i miei amici davano siempre la stessa risposta…».

A propósito de ello, Ordóñez rescata las palabras de Gil de Biedma sobre lo sagrado, «aquello que nos devuelve una imagen completa y perdida de nosotros mismos». Como les puede suceder a muchos al leer las páginas de esta cuerda entrañable de crónicas titulada Juegos reunidos, que acaba de publicar primorosamente editada Libros del Asteroide.

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