Lucas Martín: “La nostalgia de la nostalgia es la de la infancia”

22 julio, 2018

ALFONSO VÁZQUEZ

El poeta y escritor jiennense Lucas Martín (Úbeda, 1981), Premio Andalucía de Periodismo, publica en la nueva editorial La Caja Books el ensayo Atrapados en Nunca Jamás, un agudo ensayo sobre su generación, a la que retrata como la de unos hedonistas sorprendidos por el fragor de la crisis económica que se refugian en la nostalgia para recuperar un tiempo «en el que todo era posible».

El escritor jiennense Lucas Martín, en la presentación de su ensayo en Málaga el pasado junio. ÁLEX ZEA

Lucas Martín (Úbeda, 1981) disecciona con brillantez y un poso de causticidad a los nacidos en l0s 80, los treintañeros azotados por la crisis económica. Por el camino, analiza los estragos y remedios de la nostalgia, las mil caras de las nuevas tecnologías y no le tiembla el pulso al ponerse de ejemplo de esta generación perdida. Y todo ello, con Peter Pan y su huestes como hilo conductor. La obra forma parte de una caja de tres libros, editada por La Caja Books, que tiene como asunto común la nostalgia.

¿Ha dejado la poesía para abrazar el ensayo o piensa compaginar?
Más allá de la música, de las concesiones, de la forma, toda literatura nace siempre en el poema. O para ser más exactos, en el sentimiento y la intuición que lo antecede. Hace un poco un lector calificaba este mismo libro de «novela» Y otro veía continuidad con mi último libro de poemas.

En Atrapados en Nunca Jamás le ha salido un retrato de su generación, los nacidos en los 80, veraz pero poco indulgente, el de unos jóvenes educados desde temprano para el hedonismo que se han topado con la crisis. ¿Tan hedonistas son?
Evidentemente. Pero eso no debería inducir al ventajismo ni a la satanización. La generación a la que alude es hedonista, claro, pero no como consecuencia de algún tipo de mutación genética o craneal que la haga en esencia diferente a las anteriores. El hombre, con más o menos fortuna, ha buscado siempre el placer, la satisfacción. Lo que pasa es que en esta generación se dan una serie de circunstancias involuntarias radicalmente originales en su tiempo social y económico. En primer lugar, se trata de la primera generación en muchas décadas que ha sido educada en la cultura de la felicidad, en un momento sin paralelo del desarrollo de la industria del placer, que no sólo implica bienes de entretenimiento y de consumo, sino una idea fundamental: la de la vida como un continuo prácticamente alejado del dolor. A eso se suma otro factor, en este caso, de corte muy meridional: el cambio de paradigma introducido por la crisis, que ha hecho que esta generación se quede varada, viviendo un mundo diferente al que le habían contado y para el que no estaban preparados. Todo eso hace que se haya producido un nuevo tipo de hedonismo, que es el hedonismo melancólico, el del refugio tramposo y forzoso en el pasado, en una juventud y una sociedad que ya no está.

Tienen una «desventaja moral» con respecto a sus padres. ¿Por qué?
Por las mismas razones en las que se asienta todo atisbo general de supremacía moral en occidente; el sacrificio por uno mismo y los demás, la prosperidad, por contraste, prácticamente autoinducida, el triunfo del esfuerzo y de la voluntad. Los que hemos nacido los ochenta somos hijos irrepetibles de una generación irrepetible; la que protagonizó el cambio más profundo y acelerado de toda la historia de España, la que se sobrepuso a la miseria, la de los primeros universitarios, la del ascenso social. Y, por si fuera poco, incluso en un país tan grotescamente tolerante a la dictadura franquista, la que cuenta en su orden de méritos con la victoria adicional de haber logrado sobreponerse y derrotar al totalitarismo. Un currículum que, como es natural, empequeñece, sin duda, desde el inicio cualquier tipo de virtud que pudieran abrigar los que llegaron después.

La nostalgia como refugio ante la tempestad ¿funciona?
La idea de habitar en el pasado es perversa, pero al mismo tiempo connatural al hombre, a los mecanismos de composición de la conciencia. Especialmente, de la conciencia de uno mismo, de la identidad. Somos animales que narran, criaturas que necesitan contarse continuamente lo que hicieron, lo que han hecho, lo que pensaron, lo que son. Algo muy presente en este libro es la necesidad de modificar el pasado. Y la nostalgia de la nostalgia, que es la nostalgia de la infancia; la que busca recuperar un tiempo en el que todavía todo era posible, en el que las ensoñaciones tenían tanta o más validez que los hechos. Un tiempo que evocamos sistemáticamente, quizá para conectar con una especie de nostalgia de futuro, de los buenos y anchurosos ratos que pasábamos pensando en definitiva en todo que podríamos llegar a ser.

En esta recuperación-fabulación del pasado dedica muchas líneas a las nuevas tecnologías. ¿Cómo funcionan?
La tecnología, en este caso, sí que produce una transformación superlativa. La introducción de la fotografía y posteriormente de un movimiento tan ingenuo como el forward / rewind, tan popular en vídeos, cassetes y tocadiscos, supuso un antes y después en el enfoque cotidiano de la nostalgia, en la medida que potenció el ensimismamiento, la posibilidad de volver una y otra vez a delectarnos con la asociación elegida, de reproducir casi a voluntad el pasado, de provocar, en definitiva, la nostalgia, su extensísima gama de hemorragias y aditamentos. No es casualidad que los contenidos más demandados en las plataformas y buscadores de internet sean casi siempre los relacionados con la búsqueda del pasado, con la nostalgia. De ahí la devoción y el escepticismo hacia las nuevas tecnologías que rezuma este libro: por un lado, hablamos de medios de posibilidades inauditas, y, por otro, nos encontramos con lo mismo de siempre. Una especie de infrautilización, de uso basado en lo mismo que se ha hecho en umplugged toda la vida: comadrear, fornicar, recordar, buscar comida.

Usted mismo es el ‘objeto’ a analizar, en cuanto miembro de su generación. ¿Cómo ha llevado esta suerte de psicoanálisis literario?
Con absoluta naturalidad. Desde el principio quise escribir un libro que, más allá de sus aciertos y debilidades, mantuviera siempre un pulso vivo y, sobre todo, intelectualmente honesto. Con eso no quiero decir que estuviera motivado por una intención remotamente terapéutica, ni tan siquiera memorialística o confesional; si hay primera persona y partes de mi vida en este libro es porque me apetecía que las hubiera.

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