Los zapatos del Andersen más «gore»

11 marzo, 2012

ALFONSO VAZQUEZ

Hay una escena doblemente terrible cuando Karen, la protagonista del impactante cuento Los zapatos rojos, de Hans Christian Andersen, llega a la iglesia con sus zapatos rojos y los sobrios parroquianos le miran incrédulos los pies, incluidos «los retratos de los pastores y sus esposas», pues la niña ha tenido el descaro de acudir a la parroquia con unos colores tan inapropiados y un calzado, zapatos de baile, que no merece hollar el templo danés.

Ha sabido plasmar a la perfección este ambiente de protestantismo opresivo la brillante ilustradora Sara Morante, quien al dibujar esta escena, además de una siniestra multitud vestida de negro contemplando los pérfidos zapatos rojos, ha puesto al lado el retrato de Lutero, que observa con callada indignación los alegres complementos para los pies de esta huérfana, rescatada de su gris destino por una rica anciana.

La editorial Impedimenta presenta el clásico de Hans Christian Andersen, que si en su día fue concebido como un religioso alegato contra el narcisismo pero que el tiempo lo ha trucado prácticamente en un cuento gore, en un relato implacable y cruel no apto para niños impresionables o con padres políticamente correctos y al que la ilustradora Sara Morante le ha dado, gracias a la gran calidad y originalidad de sus ilustraciones, un aire que recuerda a una película de Tim Burton.

Y es que, el acierto de esta edición no radica sólo en rescatar este cuento oscuro del escritor danés sino en acompañarlo por el universo fascinante e igualmente oscuro de la ilustradora cántabra, autora también para Impedimenta de otra atractiva rareza: las ilustraciones para el Diccionario de Literatura para Esnobs, publicado en 2011.

FICHA
Los zapatos rojos
HANS CHRISTIAN ANDERSEN
IMPEDIMENTA
15,60 €

La pequeña e infortunada Karen es una niña tan miserable que ni siquiera puede comprarse unos zapatos. Tras la muerte de su madre, es acogida por una anciana ciega que la toma a su cargo. Karen es una buena niña, pero algo diabólico anida en su alma infantil: la coquetería.

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