Los rascacielos de García Lorca

6 febrero, 2012
Federico García Lorca

Federico García Lorca

LUCAS MARTÍN

Se rumia un nuevo homenaje a Lorca. Tápenle los ojos a los niños y a los gusanos de seda. Cubran a los ministeriales de la cultura con una manta. Pocos autores han sufrido tantas humillaciones. La vida trágica. El ostracismo. La conversión en parque, en bandera, en blasón. A los setenta y cinco años de su muerte, el poeta es más que nunca un fetiche, un símbolo. Escritores que en su día habrían abominado de su literatura ganan premios con su nombre, concejales de provincias manosean su obra hasta transformarla en un cliché, los estudiantes huyen de él como de una asignatura obligada.

Son buenos tiempos lorquianos, pero también pésimos tiempos lorquianos. Su figura en el exterior es indestructible, en el interior cada vez resulta más caro el encuentro fresco, sencillo, entre los nuevos lectores de poesía y el poeta devenido en superhombre. Una pena, un verdadero fastidio, casi un drama. No por el patrimonio. Ni siquiera por los concejales, sino por la pérdida de sedimento, o si prefieren de placer, indiscernible en este caso. La lectura de la poesía de Lorca es una experiencia de las que habría que meter en una cápsula y lanzar al espacio. Y hacerlo con una intención exclusivamente estética, sin aporrear a ningún extraterrestre con la paliza krausiana y pedagógica de la exhortación a la cultura. Su literatura está condenada a trascender; ya lo ha hecho con su tiempo y sin que apenas nadie repare en la diferencia. La poesía ha corrido mucho desde su muerte. Casi tan rápido como los relojes, lo que poéticamente quiere decir poco, pero corriendo, no obstante. Se le ha cortado el pescuezo al artista (Adorno) para devolvérselo con galones. Se han buscado callejones sin salida para el género, capitulaciones, revisiones, simplificaciones. Especialmente, en España, simplificaciones. Y nada. Lorca no sólo planea como una cima celeste, sino que además suena radicalmente moderno. Mucho más que sus epígonos y sus profesores.

Sobre todo, el vanguardista, el de Poeta en Nueva York. Un libro que se gestó mientras en España se iba labrando el delirio de la Guerra Civil y que rutila como un objeto-mundo, un corpus total, a la manera de Hojas de hierba o Las flores del mal. Para los lorquianos más puristas se trata de un buen libro, a mí cada vez más me da la sensación que toda la obra anterior del granadino, valga el atrevimiento, está hecha para desembocar en estos poemas, constituidos como el perfeccionamiento de su hallazgo literario y estético, el pistón irrepetible. Sostener que el volumen pertenece al surrealismo carece actualmente de sentido. En Lorca, como en Huidobro o Larrea, los postulados de Breton se convirtieron en otra cosa, en un lenguaje, en una cortina descorrida hacia dentro, hacia el propio tejido. Del cruce del autor con las vanguardias salió una propuesta alada, intransferible, en el que Lorca no deja de ser Lorca y mantener las semillas de toda su obra, aunque con nuevos motivos. El patrón flamenco, el canto popular, la hipersensibilidad mezclada con la oscuridad de los ataúdes y con los rascacielos y con los huevos de avestruz. La plasticidad definitiva. La imagen pura. La metáfora y su cosquilleo, su desgarro, su grito.

FICHA

Poeta en Nueva York
FEDERICO GARCÍA LORCA
AUSTRAL
7,95 €Poeta en Nueva York es una de las obras más crípticas de Lorca, donde la dificultad interpretativa se une a un extremado problema textual. En esta edición, se siguen fielmente los que hoy parecen ser los últimos criterios del autor, publicándose por vez primera las dieciocho ilustraciones fotográficas que debían acompañar sus versos. Igualmente, se incluye una paráfrasis de sus diferentes secciones y poemas.

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