Los cerdos siempre acaban en el barro

20 julio, 2015
Los escritores soviéticos de  ciencia  ficción, los hermanos Strugatski.

Los escritores soviéticos de ciencia ficción, los hermanos Strugatski.

FRAN ROMERO La puntera editorial Gigamesh recupera del cuasi olvido el relato Pícnic extraterrestre, de los hermanos soviéticos Arkadi y Borís Strugatski, obra que quizá les suene si decimos que en ella se basó Andrei Tarkovski para rodar su película Stalker en 1979

Stalker. Pícnic extraterrestre (1977) no visitaba nuestras librerías desde 2001, año en que Ediciones B decidió rescatarla de un injusto descanso: en castellano sólo existía una edición previa de 1978 publicada por Emecé. Con una nueva traducción del ruso, la editorial Gigamesh -capitaneada por esa suerte de estrella del rock que es Alejo Cuervo- nos trae una de las obras más famosas de la desconocida ciencia ficción surgida en el seno de la extinta Unión Soviética.

La historia relatada se resume fácilmente: unos extraterrestres visitan la Tierra brevemente, sin mantener contacto alguno con la humanidad, pero dejando tras de sí al marchase unos pocos lugares, que pasan a denominarse «Zonas», plagados de aparatos tecnológicos cuyo funcionamiento y uso originales son completamente desconocidos. Esta tecnología alienígena generará todo un mercado negro a su alrededor, gracias a contrabandistas llamados stalkers que se introducen ilegalmente en dichas zonas para sacar todo lo que pueden encontrar. Pícnic extraterrestre es la historia de uno de estos asaltadores, y de cómo se enfrenta a un lugar lleno de peligros y a lo que le espera fuera: la corrupción, la ambición, la avaricia, y, por encima de cualquier otra cosa, la supervivencia.

Así, la historia trata sobre lo que con el tiempo se ha convertido en un cliché dentro del género cientifista, a saber, la imposibilidad absoluta de contactar con otra inteligencia, de comprenderla, de comunicarnos con ella, de saber siquiera si aquello con lo que tratamos de comunicarnos es consciente de nuestra existencia. Quizá, a fin de cuentas, sobre la imposibilidad de entendernos los unos a los otros, de hacernos comprender a los demás. O, quizá, sobre el imposible entendimiento entre el bloque soviético y el capitalista.

Más allá de haber inspirado su Stalker al célebre director de cine soviético Andréi Tarkovski, este relato, como las demás historias de los Strugatski, es poco conocido para quienes no están dentro de la cueva que supone el fandom cientifista. La razón principal es la situación que provocó el telón de acero. Esta separación entre la Unión Soviética y el resto del mundo, que originaría prejuicios y recelos durante décadas, fue la causa de que la literatura rusa no se expandiera a lo largo del globo durante los años de la Guerra Fría (telón de acero, Guerra Fría… qué nombres tan maravillosos para describir una situación tan terrible). El genero de la ficción científica no sería una excepción, por lo que la sci fi anglosajona, con su amplia difusión, fue durante muchas décadas la más conocida y condicionó el devenir del género a lo largo de toda su historia.

Pero en la URSS también se escribía ciencia ficción. No dejaba de ser una grandiosa potencial mundial nacida en mitad de un siglo de expansión científica, que dio origen a las carreras espacial y armamentística, así como al miedo a una guerra termonuclear que acabase con la especie humana. El compost imaginativo era perfecto.

Como corresponde a un régimen totalitario, muchas de las obras escritas dentro de las fronteras soviéticas tienen un marcado cariz ideológico. El control sóviet era férreo; intentar escapar de él, sumamente peligroso. Pero los hermanos Strugatski, tal y como dice la escritora Ursula K. Le Guin en la presentación incluida en esta edición, escribían como hombres libres. Se trata de un prólogo muy interesante, que contextualiza la obra en el momento en que fue publicada en Reino Unido y EEUU, y analiza la repercusión que tuvo entonces y que hoy en día, como es lógico, ha perdido vigencia. Y es que la aparente declaración de intenciones sobre el fracaso soviético, que entrevemos en Pícnic extraterrestre, entremezclado con una crítica al capitalismo feroz, hoy no nos puede parecer tan arriesgada: ya no tenemos fresco en la memoria el horror de la dictadura comunista. Ni siquiera cuando, en un anexo final, Borís Strugatski comenta las dificultades que tuvieron que salvar para poder publicar su novela, que nos recuerda más a las penalidades para publicar de cualquier escritor que al peligro de terminar en un gulag. El tiempo trivializa el sufrimiento.

Pero la libertad de los Strugatski no estribaba en atreverse a sortear la censura escribiendo sobre futuros y mundos en apariencia distintos al nuestro -no eran Yevgueni Zamiatin-, sino porque escribían sobre lo que querían y cómo querían, sin estar manchados por la ideología en la que crecieron, logrando mantenerse al margen y sin sentir la necesidad de denunciarla ni beatificarla.

Arkadi y Borís Strugatski no pretendían con esta obra criticar un sistema social, político o económico; lo que buscaban era escribir sobre las personas, sobre cómo se enfrentan a las circunstancias que les ha tocado en suerte vivir. En Pícnic extraterrestre las críticas, si las hay, van dirigidas a los personajes, a las personas, a los individuos, a esa gente que siempre se comportará de un modo o de otro con independencia del mundo en el que habiten. Los Strugatski escribían, fundamentalmente, sobre los seres humanos: cómo actúan, cómo salen adelante, cómo se relacionan, cómo deciden vivir unas vidas que siempre son duras, pero en las que siempre se puede escoger. Porque siempre podemos escoger. Ya estemos inmersos en una utopía o en una distopía. Porque siempre habrá quien busque el bien, del mismo modo que siempre habrá quien se aproveche de los demás. Porque los cerdos siempre acaban revolcándose en el barro.

FICHA
Pícnic extraterrestre
ARKADI Y BORÍS STRUGATSKI
GIGAMESH
15,20 € | Traducción de Raquel Marqués

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