Literatura japonesa a flor de piel

27 febrero, 2012

ALFONSO VÁZQUEZ

La editorial Rey Lear ha querido celebrar sus primeros cinco años de existencia con un libro muy especial: una edición de Tatuaje, del japonés Junichiro Tanizaki, ilustrado a color por el académico de San Fernando Manuel Alcorlo, que ha conseguido aumentar con sus trazos insinuantes el sensual contenido de este relato.

Tanizaki (Tokio, 1886-Yugawara, 1965) es un autor que refleja esa etapa revolucionaria en la historia japonesa que es la era Meiji y que supone el abandono de una sociedad atrasada y cuasifeudal para enlazar con la modernidad gracias a una mayor apertura a la vida occidental.

Esta apertura la podemos ver de forma fehaciente en este relato de juventud de Tanizaki, publicado en 1910, y que está cargado de un erotismo decadente muy francés, sin por ello dejar de lado el clasicismo japonés.

El resultado de esta mezcla tan sugestiva es un relato elegante y al mismo tiempo voluptuoso, que narra una relación a flor de piel entre el joven y experto tatuador Seikichi y una prostituta. Seiki, en busca de un lienzo ideal en el que poder plasmar su mejor obra, contempla un buen día de forma casual un pie femenino perfecto, que pertenece a una joven cuya piel se transformará en ese lienzo que tanto ansía completar.

Manuel Alcorlo ha sabido transmitir con sus dibujos llenos de hermosura esa pulsión casi sádica que late en todo el relato entre dolor y belleza y que Tanizaki resuelve primando lo segundo, sin que en este cuento cruel y perverso llegue mucha sangre al río, a pesar de las agujas de tatuar.

Completa el relato un prólogo de Alicia Mariño, una de las traductoras de la obra, y que, todo hay que decirlo, va un paso más allá del prólogo habitual para convertirse en un pequeño estudio de Tatuaje, Tanizaki y su tiempo, lo que es de agradecer.

FICHA

Tatuaje
JUNICHIRO TANIZAKI
REY LEAR
19,95 € Un joven tatuador japonés llamado Seikichi destacaba entre todos los demás por la perfección y delicadeza de sus voluptuosos dibujos excéntricos y sensuales. Sólo las pieles y cuerpos más atractivos tenían acceso a sus agujas, auténticos aguijones expertos en transformar el dolor en arte, de tal manera que cuanto mayor era el sufrimiento infringido mejor resultaba el tatuaje.

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