Libros quemados

25 abril, 2016
El 10 de mayo de 1933 los nazis se lanzaron a una orgía de destrucción de la cultura.

El 10 de mayo de 1933 los nazis se lanzaron a una orgía de destrucción de la cultura.

ENRIQUE BENÍTEZ

Una periodista catalana quema en directo en televisión la Constitución Española. La vieja tradición de la biblioclastia rejuvenece con nuevos formatos más actuales

En mayo de 1933 los nazis se entregaron a un festín colectivo en torno a la quema en plazas públicas de todo tipo de libros que, en opinión de los censores, fuesen «en contra del espíritu alemán». A lo largo y ancho de todo el país se levantaron miles de piras funerarias en las que ardió el pensamiento libre, la cultura y, también, la cordura. Algunos de sus más conspicuos promotores triunfarían tras la guerra ocultos bajo pseudónimos. Como denunciaba von Rezzori, Núremberg fue una pantomima que permitió el exorcismo de todo un pueblo a través de la condena a muerte y posterior ejecución de apenas veinte de sus más sanguinarios y dementes representantes.

La biblioclastia o destrucción de libros no es una novedad. Ya Umberto Eco noveló las ansias de censura de los guardianes de la moral pública. La historia de la quema de libros es un clásico de las denuncias contra la barbarie y el totalitarismo. Que en el año 2016 en una democracia occidental se queme una Constitución en un programa de televisión obliga a reflexionar en serio y a rescatar a Sartori y su tesis de la política televisada, tan certera (escribió Homo Videns en el año 2000).

La atroz performance, sin embargo, invita a la escritura de una nueva «Coincidencia», esta vez a partir de dos novedades editoriales que comparten el odio que lograron despertar entre los ideólogos y los fanáticos nazis. Por una parte, Acantilado pone a disposición del público español El castillo de Gripsholm, única novela –y bastante menor– del periodista Kurt Tucholsky, amigo de Zweig y que acabaría también suicidándose ante la ola imparable. Por otra parte, la pequeña editorial cántabra El Desvelo ha hecho un extraordinario trabajo de rescate de Hotel América y de la figura de su autora, María Leitner, brillante escritora y periodista húngara, que moriría en Marsella, desesperada, en 1942. Una mujer excepcional que sin duda merecía ser rescatada del injusto olvido de la Historia.

El castillo de Gripsholm

Un autor de ensayos políticos recibe el encargo de escribir una novela más ligera. Tucholsky –trasunto de su propio personaje– aprovecha sus propias y auténticas vacaciones en pecado para poner en pie un episodio que algunos críticos han presentado como parabólico, pero que se queda muy lejos de la contundencia y la brillantez anunciadas. El protagonista viaja a Suecia de vacaciones con su novia –no están casados- y allí descubren un sórdido internado de niñas sujeto a una disciplina férrea y espantosa. Mientras veranean acuden primero un amigo de él y más tarde una amiga de ella. El ambiente es moralmente disipado. La pareja disfruta de la vida y tiene ideas más que avanzadas para la época. Hay mucho más de literatura degenerada, de provocación y de inmoralidad –entendida ésta en el contexto del año 1931– que de parábola política. La obra, además, incluye numerosos giros y referencias a chistes y canciones de la época que habrían necesitado de un mayor desarrollo, a través de notas a pie de página, por ejemplo, que habría enriquecido la lectura y facilitado la comprensión de su irreverencia. Lo mejor del libro de Tucholsky –por otro lado, uno de los periodistas más odiados y perseguidos por el nazismo– es su brevedad y también que permite descubrir a sus lectores que el personaje de la Abeja Maya ya existía en 1931: en efecto, fue creado en 1912 por Waldemar Bonsels, un tipo al que se acusa ahora de antisemitismo pero al que los nazis quemaron todas sus obras, excepto la jovial novela infantil que en los años setenta acabaría convertida en exitosa serie de dibujos animados.

Hotel América
Viky Baum había escrito en 1930 su gran éxito internacional, Gran Hotel. A la Baum también le quemaron los libros, pero esta vez por su alegre frivolidad. Ni corta ni perezosa, la audaz y valiente María Leitner se embarca en la experiencia de trabajar en un hotel de Nueva York para contar la trastienda, lo que se esconde tras el decorado de lujo, éxito y triunfo social.

El resultado es Hotel America, una novela-reportaje que tiene mucho de testimonio y compromiso político. Toda la acción transcurre en un solo día. Una joven limpiadora irlandesa –la maravillosa Shirley O’Brien– intenta salir de la mazmorra vital en la que vive encerrada. Quiere hacerlo de la mano de un vividor, el señor Fish, pero en su camino se cruza la poderosa familia Strong –un magnate de la prensa amarilla cuya hija, Marjorie, se casa en el Hotel América–, y también el joven alemán Fritz Globig, dispuesto a predicar la unidad de los trabajadores incluso en el ambiente hostil del capitalismo americano.

En el hotel trabajan cientos de personas de todas las nacionalidades –hay varias referencias a los españoles–, venidos de todas partes del mundo (desde China a Polonia, Rusia o Java) y cada uno con un gran pasado a sus espaldas. Hay un motín por la mala calidad de la comida que se sirve a los empleados. Peligra la boda y la tensión se dispara: «Los clientes no estaban acostumbrados a que los deseos que manifestaban no se ejecutaran enseguida». La novela mantiene un ritmo trepidante y describe las pésimas condiciones laborales que permiten a una pequeña minoría hacerse multimillonaria. El sueño americano es una gran pesadilla. «El hotel no consiente entre su personal a ningún descontento». Hay un abismo insalvable entre la élite dominante y sus servidores, de mayor o menor rango. La conciencia política de Shirley contrasta brutalmente con la actitud de Marjorie, «una de esas jóvenes que no creen en nada y que quieren poseerlo todo». Funciona muy bien el recurso al enfrentamiento entre dos formas de ver la vida opuestas e irreconciliables.

Volker Weidermann publicó hace dos años un trabajado ensayo, inédito en castellano, sobre la quema de libros por los nazis. El criterio lo marcó un oscuro pero entusiasta bibliotecario, Wolfgang Herrmann, que al parecer se basó en sus propios gustos personales. En Cataluña, otro bibliotecario había presentado en el año 2012 más de cinco mil denuncias contra bares y comercios que no rotulaban en catalán. Mientras que la Nueva York de los 80 casi arde en la hoguera de las vanidades y de la ambición frívola, una parte de la Cataluña actual parece decidida a consumirse a fuego lento en su propia hoguera de las banalidades. Por desgracia no es para tomárselo a broma, porque Hannah Arendt ya nos advirtió sobre el peligro que acecha tras el hombre común. Atentos.

FICHA
El castillo de Gripsholm
KURT TUCHOLSKY
ACANTILADO
15,20 €

FICHA
Hotel América
MARIA LEITNER
EL DESVELO
19 €

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