Las sombras zurcidas

29 junio, 2015

GUILLERMO BUSUTIL

La poesía es una forma de existencia o un trabajo forzado que sólo aspira al silencio. Lo piensa Javier Salvago. Lleva media vida y algo más de vuelta y media ejerciendo de flaneur de sí mismo, en búsqueda y a la deriva, antihéroe con memoria y purgatorio, variaciones y reincidencias, correcciones y nuevas interpretaciones de los sueños, retratos de Dorian Gray y epílogos de Ulises en sus libros de versos. Muchos de los cuales son cuadernos de bitácora sobre las rutas, los naufragios, las islas y los mares dentro de su cabeza del viaje de este poeta sevillano descreído y de verdades sobrias, con cicatrices en la mirada, en los vacíos y en el lenguaje con el que uno talla la pasión de sus aventuras, las arrugas de su pasado, la vida que pasa y a la que de repente un día ya no se la silba. También son los capítulos en los que ha ido narrando los días malos, los buenos días, su  experiencia épica sobre el yo poético que inventa como personaje para preguntarse lo que su respuesta duele o abre en seco, sin que se derrame sangre en la piel del poema.

En La vida nos conoce, publicado por Renacimiento, nos recuerda sus ecos de Cernuda y de Gil de Biedma, las huellas de una vida esquinada en la comisura de los labios, envuelta en humo, asomada al abismo de las cenizas, decidida a brindar por la certeza o la duda de que la poesía es una forma de existencia o un trabajo forzado que sólo aspira al silencio. Lo dije al principio, mis palabras enhebrando las de este poeta que se ganó los jornales escribiendo para otros. Reflexiones, monólogos, poesía en prosa con la que interrogar a la vida y tutearnos a través de voces a las que sí les gustaba mirarse en el espejo para quererse. Dan igual sus nombres. Lo que importa es lo que muchos encontramos en sus versos firmados de libro en libro, en común los sueños y los desencantos, las películas y las lecturas, las tabernas, algunas fotografías en cuyo corazón de un instante uno recuerda haber estado, los brindis y los desacuerdos. Esas pequeñas y valiosas cosas que importan a los que viven para contarlo.

La poesía de Javier Salvago, reconocida con importantes galardones como el premio Juan Carlos I o el Nacional de la Crítica, se ha ido haciendo a fuego lento, curándose las palabras por dentro y por fuera, dedicándole el tiempo necesario a cada una de ellas. Está llena de historias en carne propia sobre los placeres y los infiernos, de retrospectivas y planos americanos, consignas de las lecturas que lo enrolaron en este oficio del que nunca se sabe si amarlo tanto compensa de veras. Igual que contiene fantasmas zurcidos con el humo del recuerdo, caricias que sobreviven a las derrotas y al saldo que arrojan las ambiciones y los empeños, al curso que sigue la lluvia después de mojar con ironía el pesimismo de la nostalgia o despertar las sombras de la memoria a la que zurcirle también mentiras, fábulas, heridas inciertas, la perfecta edad de la felicidad que sólo sucede dentro de los poemas que no se escribieron del todo en el interior de una madrugada.

Su poesía es la de un hombre que ha conocido la tristeza sin causa, las prisas, los atascos, la rebeldía y sus renuncias, y del amor sus promesas, sus pájaros, sus campos de batalla, sus horas bajas y las lumbres que lo abrigan. Aunque algunos lo sientan como un hombre que echa sus cuentas y ve, en la botella medio vacía, el agua inclinándose, yo entiendo su poesía serena y limpia, consentida y cansada a partes iguales, sincera a contraluz y filibustera en voz baja. Huellas y carácter de un buen tipo, a salvago en su poesía de la resistencia. Y que sabe que, en el fondo, cuando la memoria y los libros se cierran, la vida y él no han dejado de entenderse.  Que cuando se apaga la luz de repente y a solas, uno se habla con la luna o consigo mismo en el lecho en blanco de un poema donde volver a enamorarse. Leerlo es leerse.

La vida nos conoce, de Renacimiento

FICHA
La vida nos conoce
JAVIER SALVAGO
RENACIMIENTO
11,40 €

Como dijo Juan Ramón Jiménez, «escribir no es sino una preparación para no escribir». O, como dice el propio Salvago: «Escribo para llegar / serenamente al silencio, / que es el morir. / Para aprender a callar, / en paz conmigo, sin miedo. / Libre, al fin».

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