Las ruinas de Roma

20 febrero, 2016

TINO PERTIERRA

Digamos que se llama Ulises. Ulises Roma, un tipo en ruinas  que encuentra casualmente una agenda de tapas negras que esconde consecuencias imprevisibles para su existencia sombría. Y que garantizan una lectura cargada de vaivenes, sorpresas y vértigo narrativo. Manuel Moyano afrontó la escritura de La agenda negra  (Pez de Plata) empujado por la necesidad de «tejer una trama, que es lo que básicamente impulsa a cualquiera que escribe». Además, «desde el punto de vista de la ‘tesis’ quería hablar de la inevitable diferencia entre ley y moral, entre lo que es legal y lo que es justo, puesto que no siempre coinciden. Todos tenemos la sensación de que el criminal no siempre paga; o, incluso, de que a menudo no paga».

Volvió a enfrentarse a problemas que ya eran viejos conocidos: «Eché los dientes –literariamente hablando– en la narrativa corta, y para mí desarrollar una novela es siempre un desafío al que me enfrento con cierta inseguridad. Aunque las dos novelas que he publicado antes de ésta han sido reconocidas (premio Tristana a La coartada del diablo; finalista premio Herralde y premio Celsius a El imperio de Yegorov), esa sensación de combate, de reto, no me abandona». Suele estar orgulloso de «aquellos pasajes o personajes que no había previsto, los que de algún modo nacieron ‘por sí solos’ durante el proceso de escritura. En La agenda negra me satisface en particular el personaje de Cifuentes, ‘el reclutador’, ese personaje dinámico y tan convencido de sus ideas que le cuesta comprender que Ulises Roma, el protagonista, no las comparta. Creo que una de las cosas que mejor han salido en la novela son esos diálogos entre ambos personajes, que de algún modo van impulsando la trama. También hay algunos giros bastante bien conseguidos: el primer asesinato, la visita de los policías, el ataque de la viuda… En cualquier caso, siempre es una satisfacción acabar cerrando una trama coherente y que tenga cierto empaque».

El mismo día en que puso punto final a la novela «vi por televisión, de noche, el tráiler de una película norteamericana que iba a estrenarse en cines. El número de coincidencias argumentales era tal que, la verdad, me deprimí un poco. De hecho, si llego a ver ese tráiler sólo medio día antes creo que no termino la novela. Prefiero no decir de qué película se trata, para no dar pistas (tampoco fue un gran éxito), pero durante un tiempo me negué a verla. Al final lo hice, y aunque seguía habiendo bastantes puntos en común en la trama, el tono con el que estaba contada era absolutamente distinto. Para empezar, creo que en mi novela hay bastante humor, incluso en las partes truculentas hay cierto humor subterráneo (un humor negro). Con el tiempo he llegado a comprender que la ironía, no necesariamente explícita, forma parte de mi estilo y por tanto, imagino, de mi forma de ser. Azorín decía que el estilo es una resultante fisiológica».

Es una novela de género policíaco, al menos en parte, «pero en mi mente, más que Hammeto Chandler, por ejemplo, estaba Chesterton, el Chesterton de El hombre que era Jueves: una organización secreta, personajes más o menos disparatados. Aunque, por otro lado, en esos diálogos mordaces entre Cifuentes y Ulises Roma sí está, creo, la influencia de la novela negra propiamente dicha».

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