Las huellas del santo bebedor

26 octubre, 2015

GUILLERMO BUSUTIL Desde el principio, Joseph Roth fue un impostor. Su primer nombre, Moses, lo ocultó para esconderse de su propia identidad judía. Lo mismo hizo con la ciudad en la que nació, Brody, el centro de la Haskala, la unión de la Ilustración judía, cambiándola por Schwabendorf, una ciudad con menos identidad en la que predominaban los alemanes, aunque en sus cuentos, sus novelas y demás textos recurría a Brody como escenario. Se sabe también que ocultó que su padre se suicidó, que se atribuyó un inexistente linaje militar y fantaseó sobre su papel en la Gran Guerra, presumiendo de condecoraciones imaginarias, cuando en realidad realizó trabajos burocráticos en posiciones muy alejadas del frente. Igualmente se conoce su carácter huraño, su mitomanía, su desmedida afición a la bebida y su amistad con Zweig. Y que escribió excelentes novelas como La cripta de los capuchinos, La rebelión o esa joya que fue La marcha Radetzky en cuyas páginas sigue la estela de los Budenbrooks de Mann, al describir a una familia  austrohúngara, en medio de la decadencia de una sociedad. Fue, junto con Mann, Robert Musil y Hermann Broch, el mayor representante de la llamada  «literatura del exilio». Y ahora, gracias al libro de Eduardo Gil, publicado por Acantilado, el lector pueda ahondar en las sombras de su vida dramática y nómada, de ciudad en ciudad, de taberna en taberna, como escritor visceral y díscolo periodista, dotado de una escritura aguda, proclive al daguerrotipo y enriquecida por su talento sarcástico, por su patriotismo doloroso y aislado bajo su máscara cosmopolita, no cierta del todo. No sólo para hablar de las costumbres amatorias de los parisinos y de otros autores contemporáneos. Igualmente lo hizo para inventar y provocar, como cuando realizó una entrevista a Dios (un señor mayor con atuendo extranjero) en la Rusia post revolucionaria.

Eduardo Gil, a partir de sus textos, su correspondencia y los diversos testimonios de contemporáneos y estudiosos de su obra, elabora una biografía de 15 ensayos que nos muestra la sorprendente mezcla de sabiduría, penetración psicológica e ingenuidad que le caracterizaron, así como la desusada conciencia de sí mismo que poseía este testigo heroico de la condición humana, cuya pasión estaba consagrada a la escritura y a una curiosa autodestrucción. La elegancia del espíritu de este trabajo consiste en la manera con la que Gil cede la palabra al personaje protagonista, dejando que sea él quien despliegue su ideas, sus preguntas, sus desarraigos culturales, geográficos y espirituales. Las convicciones de Roth nunca pesaron tanto como su escepticismo: «Acabaré por abandonar toda sociedad y por romper todo contacto». Un nihilismo trufado de mentiras y de opiniones políticas que lo enfrentaban a los suyos, como al manifestar que la «dictadura del proletariado» le parecía tan terrorífica como el nazismo.

A Roth lo que realmente le importaba era una escritura que lo reconciliase con la vida, que mostrase el sentimiento descarnado y un periodismo que le permitiese reflejar su pulso con lo real. Sus reportajes rusos, después de su paso por Francia, fueron un éxito enorme, aunque se acomodó en la ficción para tomar distancia y reflexión. «Yo dibujo las facciones irregulares de la época… Soy un periodista, no un reportero, soy un escritor, no un fabricante de editoriales». Uno de sus editores fue precisamente quién le dijo cuanto más triste está usted, mejor escribe. También un primo de seis años le preguntó: «¿Por qué escribes tanto?». Roth contestó: «Para que llegue la primavera». Nunca llegó la primavera para Roth. Murió en la pobreza.

Sin duda alguna la hondura, los detalles significativos y el arco temporal de estos ensayos procuran una interesante radiografía de un autor que supo responder a la adversidad con coraje, rebeldía, humor y poesía.

FICHA
Esta canalla de literatura
EDUARDO GIL BERA
ACANTILADO
15,20 €

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