Las bellas ruinas del mundo

9 julio, 2016

GUILLERMO BUSUTIL

Pensar. La música interior que nace del adagio de la memoria y del andante, allegro vivace alrededor del presente que nos viaja. El mismo que nos engaña dejándose ser, por fuera, nuestro paisaje. Viajar. La escritura indispensable de la mirada que se escenifica en una libreta donde lo estilográfico es el trazo de las huellas del camino, la firma del viaje. Lo sabe bien César Antonio de Molina. Varias viejas meigas le avalan. Es de tierra donde lo oral es una voz que transita la memoria entre las noches, las nieblas, los bosques y los mares. Es poeta de ficciones y de lecturas clásicas en las que se calma el sueño de las cicatrices. Ha sido gestor de la cultura como proyecto y como problema, y siempre ha tenido buen gusto para los zapatos. Poco más necesita para ser caminante cortazariano de mundos a los que despedirle el prestigio del pasado y el aura de la vida que amenazan los vientos bárbaros que todo lo destronan, emborronando el Humanismo. Un canto del cisne y homenaje rilkeniano es lo que nos regala César Antonio de Molina en Todo se arregla caminando. Un libro, el sexto de sus memorias, como viaje, y el viaje como destino.
Robert Walser, el santo pagano de los hombres que caminaba indagando en esa otra misteriosa naturaleza que son las ciudades, las calles, las esquinas, las plazas, los cafés, los museos, las películas en las que reconocer nuestras emociones secundarias, los protagonismos que soñamos, es la brújula de Molina. Todo se abre en su dirección: el pensamiento y la cultura, los lugares en los que pernocta la luz de la memoria, los días dichosos, las causas o destinos de imborrables lecturas, el rostro de la Historia a la que uno pertenece y cuyo corazón alberga el fuego primigenio que encendió el hombre para alumbrar la belleza y la palabra. Por todo ello nos conduce, con admiración y vínculo privado, César Antonio de Molina, igual que un cicerone ante la tumba de Bella Cohen, enterrada en el cementerio de Carouge, espíritu de aquella Bella del señor de Albert- Cohen-la búsqueda del absoluto del amor- ; frente a  la villa Diodati en Cologny en cuyo invierno de tormenta y agua nació Frankestein de la mano pálida de una hermosa mujer;  o buscando las mariposas adas de Nabokov allá en Montreux. Todos los caminos son las cuentas de un collar en el que brillan Pompeya y Herculano, la pequeña ermita románica de Baudelio en Soria, mezquita, sinagoga e iglesia  donde un león porta un castillo y el sireno se enroca en los capitales. No faltan paradas  en el taller de Morandi , admirador de Cezanne y amigo de De Chirico, ni tampoco la lápida de la «escritora, pintora y prostituta» Crisélidis Réal, yacente junto al eterno sueño de Borges que parece custodiar su misterio. Con todos dialoga el viajero autor, lo mismo que lo hace con cuadros, poemas, canciones, películas o sombras que nos enseñan a no dejarnos olvidar por el efímero consumismo de las cosas y la escasa filosofía de los sentidos.

A veces hace frío dentro de este ensayo hermoso de Molina. Llueve melancolía  y cruje en ocasiones la queja de la escritura frente a la quiebra del conocimiento de nuestro presente bárbaro. En ocasiones se siente uno intruso porque leer un libro en el que se recuerda y se vive es como estar dentro del sueño de otro. Es aconsejable por tanto detenerse instantes a saborear murmullos de fantasmas, admiraciones del joven lector Molina que ha seguido construyéndose y reconstruyéndose, según los retos y las batallas, de sus tiempos las intimidades y sus causas. A reflexionar acerca de lo cotidiano  y de los pequeños detalles, sobre el reencuentro con las voces de Ovidio, Sócrates, Montaigne, Cervantes, Musil o Pessoa.  También ellos están en la erudita voz de Molina,  a la contra de la vulgaridad y de la masa, con la honestidad del que sabe lo que existió detrás de la piel de las piedras,  y en el legado de la pretérito subyace la alegría de la vida, y la meiga creatividad del hombre sobre las que el autor nos susurra. Después de todo ejerce de juglar que nos cuenta y nos encanta. De flaneur de sus caminos a la vez que nos enseña un destello sobre la muerte o la vida, de la libertad y los equívocos, de la extraña metamorfosis de una sociedad tecnológica y narcotizadora que supone el final de la civilización que hemos leído.

No se sabe qué vendrá a ocuparnos pero este libro podrá acompañarnos como un mapa sobre otra manera de  estar en los mundos del mundo. Y si la incertidumbre y el desencanto nos pesan, es fácil. Salgamos al paisaje porque le dijo a Molina su padre, todo se arregla caminando.

Todo se arregla caminando, de César Antonio Molina

FICHA
Todo se arregla caminando
CÉSAR ANTONIO MOLINA
DESTINO
22,50 €

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