La voz del fabulador

23 octubre, 2012

EN UNA RECIENTE CHARLA SOBRE LA HUELLA del relato en la literatura española, la mayoría de los lectores, entre los que también había escritores, afirmaban la pobre tradición nacional hasta que apareció el boom hispanoamericano. En defensa de esa tradición, olvidada por unos y desconocida por muchos, tuve que recordar el magisterio de excelentes maestros que fueron francotiradores del género y a los que aún se les debe un reconocimiento mayor. Entre los pioneros del siglo XX se encuentran Ignacio Aldecoa, Medardo Fraile y Antonio Pereira, el leonés nacido entre las nieblas del Bierzo –que favorecen la fabulación de lo cotidiano y de la realidad escurridiza– al que tuve la suerte de entrevistar hace años y del que recibí dos consejos determinantes: «Cada cuento ha de tener una voz y esa voz es la que tiene que escuchar cercana y envolvente el lector al que se debe convertir en escuchador. Para avivar la imaginación nada como escuchar lo que sucede a tu alrededor». Dos claves inconfundibles de la poética de este gran mago del cuento, conversador inigualable y cuentero capaz de detener el tiempo engarzando narraciones breves con el verbo, las manos y los ojos. La mejor manera de entender su magisterio, su condición de autor de culto para poetas y los cuentistas anteriores a la impronta norteamericana, es leyendo Todos los cuentos, publicados por Siruela, con prólogo del poeta Antonio Gamoneda. Sus páginas contienen toda su trayectoria de cuentista sabio, desde que debutó en 1967 con Una ventana a la carretera hasta La divisa en la torre, publicada en 2007.

PEREIRA SOSTUVO SIEMPRE QUE EL RELATO, al igual que la poesía, su hermano gemelo, exigían una pulcra y acertada economía verbal y un poder de sugerencia secreto. Esos fueron el aliento interior de su narrativa breve, aprehendida en noches de tabernas, en conversaciones de paso, en la capacidad de observar y captar detalles de los que puede nacer una buena historia, además de ser las herramientas que bien manejadas confieren pulso a la historia que se cuenta. Y digo se cuenta porque la principal característica de sus relatos es esa voz viva, cercana, que te lleva de viaje y te regresa con la conciencia más despierta, con una sonrisa irónica para defenderte de las derrotas. Una voz prestada a personajes humildes, a los que se inician a la vida, a los solitarios que arrastran un pasado y miran con incertidumbre el futuro, protagonistas del erotismo blanco o huéspedes que agudizan los sentidos, hombres y mujeres que luchan en la comarca interior de la realidad, que son como fotografías en blanco y negro de la memoria, igual que sombras entre la niebla y de las que escuchamos el latido de su corazón, su grito sordo en favor de la libertad, las confidencias que cruzan con el lector/oidor.

EN ESTE ESPLÉNDIDO HOMENAJE IMPRESO DE SIRUELA, los lectores disfrutarán con anécdotas que se convierten en ficciones, con fogonazos de una realidad lluviosa, con cuentos dentro del cuento, con la retranca generosa de este orfebre de la palabra oral y escrita que lo mismo trabajaba finales abiertos, quiebros sorpresivos y cerrados o crónicas cercanas al reportaje literario. El ingeniero Balboa, Palabras para una rusa, La espalda de Elisa, Souvenirs, Rabanillos y otras piezas exquisitas son algunos ejemplos de estas historias civiles –como él mismo la definió en aquella entrevista de mi juventud– que entremezclan el esperpento, la realidad de otra época en la vida sucedía más despacio, el humanismo de Unamuno, la desenvoltura de lo maravilloso de Cunqueiro, la capacidad de fabular lo que vemos y lo que llevamos dentro. Antonio Pereira, un imprescindible maestro

FICHA
Todos los cuentos
ANTONIO PEREIRA
SIRUELA
29,95 €

Cuentos, relatos, narraciones breves, las historias de Antonio Pereira, el viajero visionario y vitalista por los vasos comunicantes de la memoria y el sueño. Desde el deslumbramiento juvenil por Rimbaud y la literatura francesa al diálogo amistoso con sus pares, Borges o Cunqueiro. En cada página un huésped conmovedor, la emoción compasiva por los humildes, la sonriente raíz cervantina del elogio de la libertad. Un maestro de la brevedad intensa en la frontera de los géneros, con la delicadeza cómplice de quien entiende la escritura como otra forma civil de la felicidad.

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