La vida de los pájaros

10 febrero, 2012

GUILLERMO BUSUTIL

SÓLO HACE FALTA ENTRAR EN UNA LIBRERÍA y echar un vistazo para comprobar cómo han proliferado en las últimas décadas los libros de relatos. Hace veintitantos años el panorama era muy diferente. Las editoriales no apostaban por un género considerado menor ni existían talleres literarios ni blogs que avalasen los trabajos de una generación, heredera directa de Ignacio Aldecoa, de Wensceslao Fernández Flores y de los maestros del boom hispanoamericano. Había que conformarse con los premios y con la labor de algunas revistas como Conde Lucanor, Bitzoc o Barcarola. Afortunadamente mucho ha cambiado el panorama y desde hace diez años no cesan de aparecer nuevas e interesantes voces, proyectadas por la apuesta de editoriales medianas y pequeñas que han hecho del cuento sus señas de identidad. Algunas de ellas están arraigadas en Andalucía, como el sello granadino Cuadernos del Vigía que –gracias a su afortunada iniciativa Cuentos para leer en el autobús– se abrió paso y descubrió nuevos talentos que libro a libro se están haciendo un lugar merecido en el mercado. Una de esas nuevas voces es la de Jesús Ortega que anda presentando estos días su segundo libro, Calle Aristóteles.

JESÚS ORTEGA SE DIO A CONOCER con el interesante debut El clavo en la pared, donde trenzaba historias acerca de las relaciones familiares y en las que estaba presente el eco de Chejov y de Alice Munro entre otros maestros. Recuerdo con admiración de aquel libro el cuento El zurdo, cuyas cualidades y perfección he vuelto a encontrar en algunas de las nuevas historias, diez en concreto, que componen Calle Aristóteles, el título con el que este escritor melillense, afincado en Granada, da un paso de madurez en su mirada frontal a la vida cotidiana, al enjambre de emociones que convierten a sus personajes en pájaros que deben aprender a volar, que necesitan curar la herida de un ala o que terminan encerrados en jaulas de oro. Sus vidas urbanas transcurren en el territorio del barrio y están vinculadas al bar habitual, a las relaciones de amistad con aristas envenenadas, a la infancia donde la identidad es un ala suave y delicada, a la familia, al amor, a esos inesperados accidentes que terminan decidiendo el curso de la existencia.

El LECTOR ENCONTRARÁ PIEZAS AMARGAS y de incisiva mirada como Calle Aristóteles acerca de los recuerdos que no resisten el paso del tiempo, y otras de ácido humor y crítica emocional, incluso social, como Hacer las paces o El final. Pero sobre todo disfrutará con la perfección de historias, articuladas en un buen manejo del vértigo del lenguaje que dibuja las emociones, los diálogos intercalados y las verdades ocultas que saca a la superficie, como Otros espejos, Pájaros, Cara de llamarse Antonio o Último samurai. La primera es un lúdico y tierno juego amatorio, no exento de ironía, que reflexiona sobre los ritmos del amor en la pareja y la conversión de la víctima en verdugo, y el último es una interesante indagación acerca del rencor, la culpa y la expiación en la relación entre un padre y sus hijas. Sin duda, la mejor entre estas mejores piezas, es el cuento Pájaros donde Jesús Ortega trama un conflicto protagonizado por el choque entre la infancia, el rechazo, la necesidad de aceptación y el papel determinante de la tribu, que en este caso es un remedo del Opus Dei y sus estrategias para captar numerarios con talento a los que después se «domestica». Un excelente cuento poético y duro que, al igual que la mayoría de los relatos del libro, supone una elección moral y nos muestra que somos pájaros con una vida de la que emprender el vuelo. Sólo por este relato ya merece la pena este libro con el que Jesús Ortega se asienta como escritor y enriquece el género del cuento.

FICHA

Calle Aristóteles
JESÚS ORTEGA
CUADERNOS DEL VIGÍA
17 € Por los cuentos de Calle Aristóteles deambulan personajes atrapados en su propia realidad, hombres y mujeres normales cargados con las deudas de su vida. Son perdedores que miran el mundo desde posiciones frágiles, periféricas, dolientes. Esta inadaptación supone a la vez su castigo y su don.

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