La vida amarilla

20 enero, 2018

GUILLERMO BUSUTIL

Cuánto pesa la memoria si la quemas? ¿Y el amor? Depende tal vez del cuerpo en cuyo interior duerma para siempre el vínculo que se incinera a ochocientos grados el fuego que todo lo vuela. Los recuerdos, las caricias, los sueños, las cicatrices, las identidades y sus tiempos, la infancia, los metros cuadrados de la soledad, el deterioro del cuerpo y su enfermedad. Y también el collar de la madre y la corbata del padre que le dan dignidad a sus cadáveres, con los labios pegados para que la muerte no se queje, a punto de cruzar la laguna Estigia en llamas. Todo, cada cosa, convertido en pepitas de aire y humo en un cielo sobre la intemperie del corazón y de la noche a tres grados bajo cero. Qué difícil y hermoso transformar esa despedida sin aroma, que enseguida se evapora sin dejar rastro, en palabras que desnudan la verdad con la que perdonarse a uno mismo dentro de un libro. De una novela, Ordesa, que es un retrato de clase-baja-media y apretada de sueños y cuesta arriba que Manuel Vilas disfraza de un Seat 600, en el que cabe una familia de los años sesenta y un daguerrotipo de provincias de aquella España en blanco y negro. Una nave, a bordo de la que el escritor gira sobre los secretos del fracaso y de la orfandad emocional en medio de ese espacio de estrellas y de agujeros negros que es la vida, y de la que termina abriendo la escotilla para posar un pie en la memoria de la que uno imagina una cara que nos atrae entre el pasado y el futuro. Al igual que Armstrong, Vilas convierte su huella en un paso adelante del hombre, en un exitoso alunizaje sobre la vida amarilla.

barbastro. Un matrimonio de enero y de silencios afectivos. El hijo que crece entre paternales por teléfono y de los que se aleja durante un divorcio de amantes y copas. Siempre hay un joker en la bocamanga del destino. Lo mismo que un tipo Hopper que un día descorcha una Coca-cola y brinda por la memoria de los padres y su pérdida. Ese vacío que nos enfrenta al individuo único que somos, a los fantasmas que se asoman frente al espejo para ver qué hemos hecho con lo que de ellos hay en nosotros, con lo de nosotros que hubo en ellos. Un viaje con el que Vilas exorciza en poética literatura una confesión existencial, sin trampas, con dolor y con la justa penumbra que permite intuir las arrugas del enigma del pasado. Un acto de contrición y de amor, sin la amargura que siempre hay en el fondo de la botella de la memoria que se consume en tragos cortos, y deja el poso de la resaca de todo lo perdido: el matrimonio, la casa, los amigos, la falta de sintonía con los hijos adolescentes, los auxilios mutuos que nunca llegaron, la plancha con la que alisar las arrugas de la soledad, el primer pinchazo de lo que se sueña, las palabras que nunca se dijeron y se apolillaron dentro del armario, una corbata con el nudo hecho.

La desesperanza y el desgarro no saben jugar a la brisca, pero Manuel Vilas las maneja como cartas de espadas y de corazones para escribirse con sus padres. Igual que los mueve como una caricia de naipes para enseñarles a sus hijos la música del afecto y su naturaleza incierta, y que después de todo la familia es una forma de felicidad a la que a veces se llega tarde. Razón suficiente para limpiar la casa de la memoria, deshacerse de sombras, repasar el álbum de aquella España zurcida de la guerra y del pluriempleo para conjurar la ruina económica, y de paso evaluar la moralidad y la burguesía que nos queda, el vacío del que están llenos los políticos, el destino que a casi nadie le llega certificado junto con las cartas del banco. De todo, de los suyos, de él, de nosotros, del amor del que nadie sabe con certeza, de la conciencia del dolor y de la vida en un puñado de espléndidos poemas nos cuenta Manuel Vilas mirándonos a los ojos, y sin maquillaje.

 

FICHA
Ordesa
MANUEL VILAS
ALFAGUARA
18,90 €

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