La sinfonía del miedo

25 junio, 2016

GUILLERMO BUSUTIL

Mucho se ha escrito sobre el poder del arte y el arte del poder. Un tema que alcanzó curiosamente su auge en el período de los ismos en la política y en los movimientos de vanguardia. D’Annunzio y Pound con Mussolini, el Wagner de Hitler o Maiakovski y Lenin representan esta extraña alianza que no siempre se fundamentó en la fascinación mutua. También el miedo de los artistas fue la raíz que doblegó su espíritu y los convirtió en colaboracionistas. Dmitri Shostakóvich (San Petersburgo, 1906-Moscú, 1975) fue uno de ellos. El músico protagonista de El ruido del tiempo, excelente análisis con el que Julian Barnes, en traducción de María Luisa Rodríguez Tapia, indaga sobre la sumisión de los artistas al régimen totalitario de Stalin por miedo a ser deportados a los gulags de Siberia. En el caso de este músico la historia se inició con un editorial del periódico Pravda, órgano oficial del PCUS, publicado en enero de 1936, atacándolo por su ópera Lady Macbeth de Mtsensk. Un editorial firmado tal vez por el propio Stalin que asistió a la representación en unos días que Karl Schlögel relató en Terror y utopía. Moscú 1937 contando la locura política que en un año arrestó a dos millones de personas, asesinó a 700.000 e internó en campos a 1,3 millones de personas.

¿qué puede hacer un hombre señalado en medio de esa atmósfera cainita? ¿Puede uno escapar a su destino? Barnes intenta responder con elegancia y humanidad, intentando discernir entre la cobardía del artista y el heroísmo del hombre. No era fácil para Shostakóvich seguir con vida, tutelado por comisarios ideológicos que le indicaban el espíritu de sus obras, y le guiaban por la senda de la redención. Ovacionado como lo fue en su día del desviado Chaikovski, fue perdonado en 1941 al pedir perdón por haber escrito una obra burguesa, leer discursos que le preparaban y por la creación de la patriótica Sinfonía nº 7. El eco oscuro del éxito mundial de su Primera Sinfonía en 1926. No lo ha olvidado la Historia, que lo considera el músico más hostigado por el Estado, desde las caprichosas injerencias hasta las crudas amenazas de muerte. Quizá sea injusto hablar en su caso de un cobarde doblegado y en realidad fue su coraje y talento los que le hicieron resistir. Así lo pensaba su amigo Rostropóvich. El tiempo de shostakóvich fue el de un terror absoluto, antojadizo, voluble, sin porqués. Ni siquiera para quienes interrogaban a los sospechosos. Un tal Zakrevsky, que le interrogó, le dio un plazo de 48 horas para que «reflexionara» y «cantara» los nombres de los que se reunían en casa de su protector Tujachevski, mientras se preparaba un supuesto «complot contra el camarada Stalin». Siempre puntual, Shostakóvich acudió el día acordado para ser deportado al gulag o fusilado. Todo ello, tras ser sometido a un agotador interrogatorio, en el que confesó delitos imaginarios y probablemente, dada su poca resistencia, «implicaría a todo el mundo». Nada más llegar le fue anunciado que ese día no vendría su interrogador. Había sido arrestado como sospechoso. Su pista –como «su propio nombre», dice Barnes– se perdería en la noche de los tiempos. Mientras que el amigo y protector de Shostakóvich, Tujachevski, sería ejecutado, junto a toda la élite del Ejército Rojo, en las célebres purgas de 1937. Diez años más tarde, cuando asistió a dar el pésame a la familia de su viejo amigo Solomon Mikhoels, fundador del Teatro Judío de Moscú, asesinado por Stalin, dijo susurrando antes de marcharse: «Le envidio». En ocasiones, la muerte era preferible a aquel terror sin fin. Lo dijo el hombre que obtuvo seis veces el premio Stalin, que sería condecorado con la Orden de Lenin, y al que le fueron asignados un coche con chófer, servicio y una dacha.

El rumor del tiempo, así tituló Ósip Mandelstam, el gran poeta ruso liquidado por Stalin, sus memorias de San Petersburgo, durante «la prehistoria de la revolución». ¿Qué podía oponerse al ruido del tiempo? nos pregunta Barnes en este escalofriante y quirúrgico estudio entre el Poder y los creadores, bajo las tiranías que les exigía además de sumisión y docilidad, una fe ciega y absoluta en un proyecto. También nos lo relató Ricardo Menéndez Salmón en Medusa. Otra excelente novela que igualmente nos plantea: ¿Quién vencerá por fin, la fuerza de la música íntima, interior, de cada cual y que nos da individualidad o el tenue, borroso susurro de la Historia, cuando ya todo ha pasado y la tragedia se convierte en algo parecido a una farsa cómica y ridícula? El eco de unas preguntas cuya sombra se alarga hasta el presente.

El ruido del tiempo, de Julian Barnes

FICHA
El ruido del tiempo
JULIAN BARNES
ANAGRAMA
16,90 €

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