La pobreza de no comer

1 mayo, 2016

GUILLERMO BUSUTIL

Hay libros que te golpean en el estómago y lo encogen. Su lectura aterra e ilumina, son necesarios para comprender lo que se gesta, lo que tiembla, la muerte lenta que se extiende bajo nuestros pies sin que nuestra conciencia, moral y política, alce la voz. Uno de estos argumentos escritos que nos dejan sin aliento es el del hambre en el mundo. Una pandemia con raíces político económicas que se va convirtiendo en un cercano jinete del Apocalipsis. El hambre eterna y agrietada en la esperanza seca de África. Presente hoy en los campamentos de refugiados y a la vuelta de la esquina del agua en sequía en territorios más cercanos a la hipocresía moral de los programas de desarrollo. De 1990 a 2010, el índice mundial de pobreza extrema -referido a las personas que viven con menos de 1,24 dólares al día- se ha reducido en un 50%. Con esa cifra, Ban Ki-Moon, secretario general de la ONU, opina que los Objetivos de Desarrollo del Milenio: reducir a la mitad la pobreza extrema en 2015, ya se han conseguido. David Rieff, apoyado en su propia investigación y en académicos del prestigio de William Easterley, autor de La carga del hombre blanco, afirma que esa cifra no dice la verdad. Desde 1981 tres cuartas partes de la disminución mundial de la pobreza extrema ha tenido lugar en China, país muy ajeno a los «filantrocapitalistas» o las ayudas corporativas. La mejor manera de adentrarse en este problema es leyendo El oprobio del hambre (Editorial Taurus). Un interesante como amenazador estudio sobre alimentos, justicia y economía que, en pleno siglo XXI, busca responder a algunas preguntas clave: ¿es ingenuo creer en el fin de la pobreza extrema y el hambre generalizado? ¿Seremos capaces de proporcionar alimentos a nueve mil millones de personas (dos mil más que hoy) en 2050?

El oprobio del hambre es un toque de atención al optimismo reinante en el ámbito del desarrollo y al consenso que entres sus principales defensores domina: la posibilidad de erradicar, definitivamente, la pobreza en el mundo, y su principal consecuencia, el hambre –que según ellos, está más que nunca a nuestro alcance–. La crisis alimentaria de 2007 y 2008 caracterizada por un aumento súbito del precio de los alimentos a nivel global, ha reabierto la discusión sobre tal posibilidad. Seis años ha dedicado el autor de A punta de pistola o Contra la memoria a escribir esta valiente e inteligente disección de las políticas de desarrollo a las que critica sin remilgos y sobre las que descifra las sombras de su envés.  Hijo de Susan Sontag y encargado de cuidar su legado intelectual, Rieff se ha criado entre celebridades y ha sabido abrirse un hueco intelectual en el que también se rastrea la influencia de su padre, Philip Rieff, profesor de sociología en la Universidad de Pensilvania. Artículos, libros y una constante presencia en los medios de comunicación le acreditan como un autor crítico e independiente, preocupado por el futuro de la humanidad.

El blanco de sus demoledoras críticas en este último ensayo son inversores que especulan con materias primas, el Banco Mundial, las ONGs, la ayuda oficial al desarrollo de los países ricos y, sobre todo, los filantrocapitalistas. De ellos dice que «juegan a ser dios» y que no rinden cuentas más que a sí mismos. A «las élites del desarrollo» les acusa sobre todo de predicar un optimismo casi mesiánico, de no decir la verdad a sabiendas cuando anuncian con estruendo que asistimos al principio del fin del hambre en el mundo. De ellos afirma también que se mueven en un magma en el que los intereses comerciales y los fines altruistas no acaban de estar bien delimitados. «¿Es una exageración aseverar que a principios del siglo XXI a veces puede parecer que cuatro categorías de personas (…) tienen derecho a comportarse como les plazca: los niños, los psicópatas, las víctimas y los filántropos?». El diagnóstico de Rieff es certero, incómodo y real. Actualmente, tres mil millones de personas viven con menos de dos dólares al día. La población mundial sigue creciendo y el cambio climático podría convertirse en una amenaza para el bienestar de las personas y el suministro de alimentos. Mientras que ONGs y corporaciones ofrecen soluciones más propias de la ingeniería, Rieff propone hacer un abordaje más político y apunta a recetas como el fortalecimiento del Estado y la democracia en un mundo en el que «nuestra política se ha corrompido con el dinero y la publicidad». Está claro que si no alimentamos el combate contra esta pandemia será el futuro el que nos devore. Leer este libro es necesario.

El oprobio del hambre, de David Rhieff

FICHA
El oprobio del hambre
DAVID RHIEFF
TAURUS
23,90 €

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