La música encambada

3 julio, 2016

GUILLERMO BUSUTIL

Tuvo siempre el maestro una estilográfica para trazar sinfonías de viaje, el aria de un instante de café o el tango de su mirada alrededor de todo lo que se llevaba al papel con aire de periodismo observador, furtivo y en fuga. No fue nunca Julio Camba una pluma al servicio de ninguna majestad. Tampoco un espía de esmoquin en Londres ni en Berlín, por donde anduvo siempre voltaireniano, de café en café. Igual que no ejerció de literato de prensa rebelde como Chaves Nogales. Más bien fue un tipo elegante, retratista de psicologías humanas y de ambientes, un gallego punzante al que le gustaba la vida en corto que fotografiaba con esa estilográfica impresionista de viaje, y hedonista en los caprichos de su trazo. También lo era  en su conversación. Tanto en casa Ciriaco donde comía a diario bajo la sombra de Valle-Inclán como en el bar del Hotel Palace de Madrid en el que hospedó siempre su personalidad y su sintaxis. Su magisterio es fundamental, al igual que el de Gaziel, el de Chaves Nogales, el de Pla, el de Delibes, el de Umbral y el de Alcántara, para aquellos que hacemos de la crónica y la columna un daguerrotipo de lo real, una brecha por la que escapar del costumbrismo que se desnuda y se abandona. Una página a la que tallarle la literatura de lo efímero. Leerle es una delicia. Descúbranlo con La ciudad automática, La casa de Lúculo o Maneras de ser Camba. Da lo mismo hacerlo en la educación juvenil o en la época adulta y por entregas gracias ahora a la vocación editorial de Fórcola, más bien la de su propietario lector y adicto igual a la etiqueta de pajarita y al bouquet literario. Su último regalo postal es Tangos, jazz-bands y cupletistas. Noventa piezas de partitura social, escritas entre 1905 y 1961 (la mayoría hasta mediando los 20) acerca de la atmósfera soirée de los espectáculos de alma cuplé y del negro corazón del jazz.

Bon vivant, penetrante de mirada y ágil de escritura con alas y humo, el maestro encamba todo lo que escudriña, escucha, oye, admira, indaga, paladea y seguro que, en más de un caso femenino, picardeó con elegancia de seductor flemático y en niebla de solitario sin cadáveres detrás. La mariposa de alas de oro, La Tortajada de canciones onduladas como su cuerpo, el hálito de melancolía de los orfeones gallegos, la seductora danza espiritista de Cléo de Mérode, los negros del Bronx tocando jazz, la bella Otero, Anita Delgado antes de catapultarse a Kapurtala, Clara Ward, ex princesa de Chiny y el violinista Rigo Jancsi, Gaby Deslys y sus amores con el exiliado rey de Portugal, los bailes de carnaval, la tristeza de La Bohème en Berlín, Enrico Caruso, la Bella Otero, la idiosincrasia del educado público de teatro inglés frente al pateo escénico del de Madrid (o actualmente al concierto de toses del Cervantes de Málaga nada más caer el telón de oscuridad del inicio de la obra), la prima donna madame Destinn cantándole a un león berlinés, la dama del antifaz del cabaret Beuz y la sumba-conga-samba, en cuyo baile nadie se vigila y todos se abandonan, son algunas de las historias que nos acerca. El baile es el gesto de un país, y a Camba le interesa retratar y contar donde van «los hombres de todas clases y mujeres de una sola clase». Le interesa cuál es la función de la música en la vida cotidiana de la gente. Y en ese estudio afila su pluma para comparar la política, el cosmopolitismo, el drama bélico y las radios. Los discursos de Negrín, de Campanys, de Álvarez del Vayo a la hora en la que las emisoras de Londres radiaban las orquestas del Piccadilly y del Savoy. Patriotismo y consigna centre saxofones, banjos, swan-wistles y fox-trot. Qué hermosos juegos para nuestros días de hoy de escepticismo sabio el de aquellas ondas herzianas. Recorrer las páginas de este libro de perfiles, estampas y músicas es un goce. El de ir deslizándose de cintura a paso por la música de la Belle Époque a la que el periodista le ajusta exquisitamente los géneros y las sombras, los acordes y sus antifaces, sus clubs de alterne y el ginger-ale de sus intimidades. Brillante, mordaz, con cachaza a veces, como dice Javier Jiménez en el «delantal» a la edición de su amigo Pedro Ignacio López, enamorados ambos de este ateo de la literatura y que en estas páginas recogen, según defienden más cálido, real y cercano.  Un viaje nocturno, un álbum de música, una babilonia de estilos y artistas con patriotismos y sombras de guerra de fondo. También hay algún que otro destello de automóvil de vanguardia en las ciudades de magia de este libro de cine.

Tangos, jazz-bands y cupletistas, de Julio Camba

FICHA
Tangos, jazz-bands y cupletistas
JULIO CAMBA
FÓRCOLA
22,50 €

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