La Ilustración frustrada o la pura paradoja

3 mayo, 2012

El estudioso alemán Philipp Blom.

ALFONSO VÁZQUEZ

No hay nada más descriptivo que el reconocimiento que en nuestros días reciben los restos mortales de Rousseau y Voltaire, que descansan en el Panteón de los inmortales franceses, como preclaros inspiradores de la Ilustración y en el primer caso, también del Romanticismo. Mientras, los restos de sus contemporáneos Denis Diderot (1714-1784) y el barón alemán Paul Thiry D’Holbach (1723-1789) descansan en una poco conocida parroquia parisina y como pudo comprobar el historiador alemán Philipp Blom durante una visita, todavía sus nombres levantan recelos entre algún párroco.
Blom es el autor de Gente peligrosa, que ahora publica Anagrama, un apasionante ensayo, escrito con la amenidad de una buena novela histórica, que trata de explicar esta paradoja: por qué en la Francia de la segunda mitad del siglo XVIII, el efervescente movimiento intelectual que cambiaría el mundo dejaría un rastro de vencedores y vencidos.
A la vista del tratamiento que reciben los restos de estos ilustrados, está claro que Diderot y D’Holbach fueron los vencidos. Los dos intelectuales han quedado reducidos, el primero a autor de la famosa Enciclopedia, junto a D’Alembert y el segundo a un filósofo de minorías.
Y sin embargo, fueron los máximos exponentes de la Ilustración radical, un movimiento que durante 20 años, de 1750 a 1770, se escenificó en un salón parisino de la Rue Royal, la vivienda del barón alemán, por el que pasaron intelectuales de la talla del filósofo inglés David Hume, el penalista Cesare Beccaria o el propio Jean Jacques Rousseau, hasta que el ginebrino rompió de forma violenta con sus antiguos compañeros.
Los ilustrados radicales creían en una sociedad sin Dios, sustentada por una razón que les ayudara a disfrutar de los placeres de la vida, teniendo muy presentes las pasiones; no reconocían las diferencias de clase; abominaban de la trata de esclavos y del absolutismo; avistaron la teoría de la evolución de las especies y en el caso de Diderot, se adelantó un siglo a las formulaciones de Freud, como puede leerse en El sobrino de Rameau: «Si el pequeño salvaje quedara abandonado a sí mismo, si conservara toda su imbecilidad y si a la escasa razón del niño de cuna añadiera las pasiones violentas de un hombre de treinta años, estrangularía al padre y se acostaría con la madre».
Ateos, librepensadores y firmes seguidores de la Ciencia, sus planteamientos provocaron que Rousseau, que primero los siguió de forma apasionada, los tachara en años posteriores de sustentar ideas «perversas, inmorables, cínicas y peligrosas». El filósofo suizo, por cierto, es uno de los personajes más poliédricos del libro, y en el ensayo aparece como un resentido y atormentado que causó mucho dolor en su entorno.
Ni siquiera Voltaire los apoyó de forma decidida. De hecho, lo que triunfó fue la Ilustración moderada, y la Revolución Francesa se encargó de ningunear a estos intelectuales dado que ni la sociedad de iguales ni el ateísmo iba con unos revolucionarios que perseguían el poder y que, aunque anticristianos, sustituyeron el Dios católico por el Ser Supremo. El Romanticismo tampoco recuperó la figura de estos pensadores. El movimiento romántico tuvo en Rousseau a uno de sus profetas, a pesar de que el suizo aconsejaba la represión para ayudar a que sobreviviera esa sociedad natural por la que abogaba, un planteamiento que sirvió de excusa ideológica a más de una dictadura.
Gente peligrosa es un ensayo delicioso, que recupera con enorme viveza y amenidad a unos pensadores injustamente olvidados que quisieron cambiar el mundo y asustaron, con sus avanzados planteamientos, a los mismísimos revolucionarios franceses. Pura paradoja.
FICHA
Gente peligrosa
PHILIPP BLOM
ANAGRAMA
24,90 €

Desde la década de 1750 hasta la de 1770, el salón parisino del barón Paul Thiry Holbach fue el epicentro del debate, de la audacia intelectual y las ideas revolucionarias, y reunió a personalidades de la talla de Denis Diderot, Laurence Sterne, David Hume, Adam Smith, Horace Walpole, Benjamin Franklin y Jean-Jacques Rousseau, que después se opuso a sus amigos. Aquél fue un instante de tal radicalismo y audacia en el pensamiento europeo, que filósofos rivales se enfrentaron violentamente, y el proceso acabó finalmente sofocado por Robespierre y sus secuaces.

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