La herencia de Merlín

31 enero, 2012

El escritor gallego en una imagen de archivo.

LUCAS MARTÍN

A Álvaro Cunqueiro (Mondoñedo, Lugo, 1911) no le gustaba que se le conociera con el apelativo de gastrónomo. Es más, cada vez que leía en la prensa que alguien le etiquetaba como crítico de cocina, él, que sabía más que nadie de platos y de tradiciones, se huracanaba hasta rivalizar con las corrientes que enfurecen al Atlántico en la frontera de su Galicia natal. No es de extrañar. El sobrenombre habría merecido un episodio de cólera pública, de corte casi babilónico, con grandes zancadas y bastonazos en el templo de las letras, o, mejor dicho, en su política, en su institución. Decir que Cunqueiro era simplemente un gastrónomo es como emparentar a Borges con el estudio de los tigres y poner la cara de Tzara junto a la entrada enciclopédica de alborotador. Con el agravante, además, de la época, de las condescendencias y la letra pequeña de la rivalidad.

Cunqueiro, fallecido en 1981, no era un hombre de pasiones bajas. A cien años de su nacimiento, cuesta imaginarle entregado a las batallas biliares de la literatura, lo que no quita que le doliera no recibir la atención que merecía. En España, ganó premios como el Nadal o el de la Crítica, pero su reputación, y especialmente su eco, se quedó muy por debajo del listón de su escritura. No hay que pensar en conspiraciones; la urdimbre es más sencilla: él era un raro y, además, sin generación.

Quizá le habría ido mejor dejándose adornar por el escándalo. Cunqueiro no era estrambótico, ni siquiera trágico. Físicamente parecía un ingeniero de obras públicas, un notario severísimo, aunque con la mirada tomada por el erizo de la melancolía; una enfermedad casi regional hundida como un géiser en el océano de su literatura; Álvaro Cunqueiro era gallego, rigurosamente gallego, cosa que, más allá del uso del idioma, acreditaba en su poética, en su ademán sentimental. Estaba casi escrito: mientras los escritores de la generación siguiente se aplicaban al tabaco, a Faulkner y al terruño, él, precisamente él, levantaba con las rodillas clavadas a su propia tierra una obra innegociablemente universal.

Merlín y familia, Las mocedades de Ulises, Los poemas do sí y el non, Papeles que fueron vida–una de las formidables compilaciones de sus artículos, publicados, muchos de ellos, en el Faro de Vigo, del que fue director–. La literatura de Cunqueiro parece tocada por la excepcionalidad. Su estilo, su personalidad acostumbraba a aunar propósitos habitualmente inconciliables, el enciclopedismo con la frescura, la tradición con la vanguardia, el sedentarismo con una capacidad para trotar a lo Maistre, desde dentro de la cabeza, de la imaginación. En uno de sus textos confesaba que su placer por la vida era casi proporcional a su capacidad para abotonar una historia, una anécdota, un verso a cada situación.

Cunqueiro utilizaba su prodigiosa memoria, pero no de un modo plúmbeo, sino con gracia literaria, entendiendo por ésta algo que sacude el alma y la cabeza, no el mero júbilo, ni siquiera la explosión. Su prosa imbricaba el pasado en el presente, superponía capas de historia, hacía dialogar en inigualdad de condiciones lo que estaba y lo que no. Muchos de sus artículos comenzaban en una taza de café y seguían con caballeros medievales en los pórticos y tradiciones semíticas y poetas menores del extremo gallego y portugués; todo de manera ingeniosa y pertinente, sin atisbo de exhibicionismo o pedantería. Cunqueiro daba sopas con onda a los paladines de la novela histórica, pero también a los otros, los del realismo sucio, tan pesados en los tiempos posteriores al dictador. A lo del escritor gallego se le dio en llamar, cosas de la época, realismo maravilloso, pero la etiqueta no es más que un producto del contexto, de las modas cabezonas que se impusieron a raíz de la generación latinoamericana del boom.

Como Flann O’Brien, Cunqueiro consiguió levantar un edificio literario prodigioso y moderno desde una realidad profundamente local. Es la Galicia mágica, la de la leyenda y los olores y la tierra la que late en sus libros. Su obra, abrazada también a una poesía sorprendente, con material trovadoresco y atrevimientos creacionistas, del tipo de Vicente Huidobro, olía profundamente a Nobel, pero alguien en alguna parte se olvidó de respirar. El pasado 22 de diciembre se cumplió el centenario de su nacimiento. En mitad de los cohetes y de las serpentinas, su herencia inagotable.

FICHA
Obras completas I
ÁLVARO CUNQUEIRO
FUNDACIÓN JOSÉ ANTONIO CASTRO
48 € En este primer volumen de sus obras literarias completas, publicadas por la Fundación José Antonio de Castro, se compilan los libros Merlín y familia, Las crónicas de Sochantre y Cuando el viejo Sinbad, que son colecciones de viñetas narrativas integradas en un marco que les confiere unidad. También se incluye la novela Las mocedades de Ulises y la obra Flores del año mil y pico de ave, que recoge piezas escritas en castellano en la primera etapa de la posguerra.

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